Menagerie Intime

Ferragosto

Hoy se celebra en Italia uno de los días más festivos del año. Ellos lo denominan así. Ferragosto.

Hace dos años lo pasé en la cárcel, entre barrotes, delincuentes varios y políticos. Es un día tan especial que los políticos de toda calaña se reparten a lo largo y ancho de las cárceles del país con tal de hacerse la foto solidaria de la semana.

Recuerdo, de aquel día, cómo le dimos una bofetada al sistema cuando nos dimos la vuelta y nos encerramos de nuevo en las celdas en el mismo momento en que los políticos, entre ellos el alcalde de Roma, empezaban a hablar. Un portazo a una sociedad totalmente ajena a las necesidades de los detenidos a los que niegan, incluso, el derecho al voto. Porque si alguno de los amantes incondicionales de Italia no lo sabe, allí no se trata a los presos como personas. No se les permite ni votar en caso de elecciones. Son, supongo, pesos muertos en medio de la sociedad.

De los días venideros recuerdo las palizas que les dimos a los presos que no se encerraron en su celda. A los lameculos que tenían la mente más puesta en la libertad que en la cárcel. A los que querían volar o justificar sus actos a base de hacerles la pelota a los visitantes. Pobre Ferrucci. También por eso le llovieron hostias.

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Dos

Hace exactamente dos años mi día comenzó tan temprano como lleno de dudas por lo que pasaba a mi alrededor.

Hace exactamente dos años me despertaba después de haber pasado mis primeras horas en la cárcel, después de haber dormido como un tronco sobre un colchón de gomaespuma cubierto con las sábanas que había usado un preso que tenía pulgas. Eso, lo de las pulgas, lo descubriría algo más tarde.

Hace exactamente dos años me veía por primera vez librado de libertad sin saber porqué.

Era esa falta de conocimiento, ese no saber, lo que me comía por dentro. En aquellos momentos no podría ni imaginar que pasaría el verano completo y parte del otoño detenido.

Me vi alejado de mi familia, separado de mi hija sin ningún motivo. Desaparecí de su vida durante cuatro meses y
medio sin dar más señales que las cartas que su madre le leía. Ella tenía apenas tres años. Bien entrado el verano pudo escuchar mi voz por primera vez en ese periodo. Una vez. A día de hoy puedo leer en sus ojos el miedo a que eso suceda de nuevo cada vez que vuelvo de Israel (donde ella vive) a España. Por eso, por ese miedo, cada vez que las circunstancias me impiden poder hablar con Noa un día siento, como cantan Los Secretos, “arder puñales en el pecho”. Porque sé lo que puede estar sintiendo mi hija. Por eso.

Han pasado dos años ya. A veces, sin darme cuenta, me sorprendo recordando algún momento de los allí vividos. Basta una simple palabra para que mi cabeza vuelva, como si hubiera salido ayer mismo, a mi celda, al patio, a las charlas con el resto de detenidos. A veces sobra con un determinado olor para que mi cabeza vuelva a Roma. Al verano del 2010.

Dos años que han dado para perdonar todo lo vivido, para reflexionar, para asentar los conocimientos adquiridos a la fuerza allí. Dos años para darme cuenta de que soy una persona distinta a la que entró. Tiempo suficiente para darme cuenta que todo es relativo, pero insuficiente para perdonar lo que sufrió Noa, privada de herramientas de defensa ante tal pérdida.

Dos años para perdonar, pero no para olvidar.

Minutos filosóficos

Cada vez que paso por una cárcel, de forma inconsciente miro el reloj y me paro a imaginar en qué estarán haciendo los presos en ese mismo momento. También pienso en qué hacía yo en la cárcel, en Roma, a esas horas. Qué rutinas estaría haciendo, qué hacía para pasar el tiempo.

Invariablemente, esto me lleva a tener unos minutos filosóficos sobre el paso del tiempo, o la percepción del mismo que tenemos tanto desde dentro de la cárcel como desde fuera. También pienso en qué cúmulo de circunstancias se han dado para que justo en ese momento yo pase por la puerta de una cárcel y pueda pensar en estas cosas. Intento pensar, también, en la posibilidad de que algún preso se esté interrogando, a la misma vez que yo, sobre estas cosas.

Estos pensamientos me abordan siempre, no importa donde esté. Hoy, como de costumbre, han venido a mi cabeza cuando iba por la carretera número 4 de Israel, la que une Haifa con Tel Aviv por el interior, justo en el cruce donde se desvía para ir a Natanya.

La crema del café

En unas de las primeras entradas de este blog, no recuerdo si fue en la que hablaba de mi llegada a la sección tercera o si fue en la que hablaba de Tibi, explicaba que en la cárcel bebíamos café con crema. Hacíamos café en una de esas cafeteras convencionales para los italianos y los españoles, de las que llevan el receptáculo para poner agua abajo, café en el medio y en la parte superior, enroscado, el depósito en el que el líquido elemento se almacenará tras hervir y pasar por el café. Digo que para los españoles podría considerarse una cafetera estándar, normal. No así para los sudamericanos, que cada vez que veían una de esas cafeteras quedaban prendados ante la inteligencia de tal artefacto. Rolando, por ejemplo, guardó una de las que me trajo bajo cuerda Popeye para llevársela a Panamá en cuanto saliera de allí.

Hoy mismo, me han preguntado cómo conseguíamos hacer el café con crema. Sirva esta entrada como explicación y manual para poder conseguirla. Os animo a que lo probéis en casa y a que comentéis aquí qué tal os ha quedado.

Los pasos a seguir son fáciles y cualquiera con buena forma física podría conseguirlo sin ningún problema. No obstante, os sugiero que si no os sale a la primera, lo volváis a intentar en sucesivas ocasiones. Antes o después saldrá.

Necesitaremos:

Un vaso

Una cuchara sopera

Una cuchara de madera con el mango redondo

Una cafetera

Café

Azúcar

Agua

 

Rellenamos la cafetera para un uso normal, esto es, con el agua en su compartimento y con el café en el suyo. La ponemos al fuego, como es usual. Mientras la cafetera esté al fuego, la tapa de la misma deberá estar abierta, ya que es fundamental detectar el momento en el que el café sale.

Mientras el café sube, en un vaso pondremos dos cucharadas soperas de azúcar.

Cuando el agua comienza a hervir y sube el café, apartaremos la cafetera del fuego y verteremos las primeras gotas del mismo en el vaso con azúcar. Es fundamental que se haga con el primer café que sale, ya que es algo más espeso que el resto. Este es el secreto de la crema. Acto seguido, volvemos a poner la cafetera al fuego.

Con el mango redondo de la cuchara de madera, comenzamos a batir la mezcla de azúcar y café. El método más sencillo para hacerlo es coger el vaso en la mano izquierda, algo inclinado, mientras que con la derecha se gira mezclando con brío el azúcar y el café. Yo solía mover el mango de la cuchara y contar hasta cien mientras lo mezclaba hacia delante y a volver a contar hasta cien mientras lo mezclaba para atrás. El resultado es una pasta marrón con fuerte olor y sabor a café.

Si mientras estamos haciendo la pasta del café hierve todo el agua de la cafetera, no os olvidéis de apagar el fuego.

Una vez la cafetera ha concluido su trabajo y ha hecho el café, vertemos este café en el vaso en el que tenemos la mezcla. Tras remover ligeramente un par de veces, veremos cómo se forma la tan preciada crema de café en la parte superior.

Lo único que resta es servirlo en las tazas o vasos y disfrutarlo. No os olvidéis que ya lleva azúcar, así que no es necesario ponerle mucho más cuando se sirve.

Puede parecer un proceso largo pero no se tarda más de lo que tarda en subir todo el café. No obstante, y como he comentado antes, la práctica es fundamental.

Espero que os salga bien y que lo disfrutéis.

No sé a quién se le ocurrió hacer el invento este de la crema, pero creo que queda claro que en la cárcel, de una forma continua, no había nada que hacer.

Vinagre

“A falta de pan, buenas son tortas”. Esta frase, muy representativa de la pasividad en la que la sociedad actual se encuentra inmiscuida, no tendría validez en la cárcel. Allí debería ser reformulada. Quedaría así:

“A falta de pan, bueno es el vinagre”.

Sin lugar a dudas, si había en la cárcel un producto que ayudara para todo, ese era el vinagre.

Para limpiar la celda, y a falta de lejía, se echaba un chorreón de vinagre en el suelo dos minutos antes de fregar.

Si tenías caspa, se hacía una loción de vinagre y agua caliente (a partes iguales) y te la aplicabas sobre el cuero cabelludo durante cuatro días seguidos.

Si tenías una herida, nada mejor que sumergirla en un poco de vinagre para que se desinfectara.

Los cuchillos rudimentarios que hacíamos quedaban limpísimos, como una patena, tras darles su repaso con vinagre.

El arroz de los domingos y  cualquier guiso elaborado sabían mucho mejor si se les añadía medio vaso de vinagre con azúcar. Un barato imitador del sabor que podía darle el vino blanco.

Antes de ponerse una bolita de plástico en el capullo para ganar grosor en el mismo, los presos las metían en un bote con vinagre para que estuvieran libres de bacterias y gérmenes.

El baño, a veces, también se limpiaba con vinagre.

A la ropa interior y a los calcetines también les añadíamos algo de vinagre a modo de desinfectante.

A los presos tontos, se les partían las piernas. A los malos, o a los que iban así, se les daba de beber vinagre. Durante varios días. Hasta para infligir servía.

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