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Días

Hace un rato me ha pasado una cosa muy curiosa. Algo en lo que no me había parado a pensar en los tres años que han pasado, ya, desde que salí de la cárcel.

Noa me ha preguntado cómo se dice lunes en italiano y no he sabido qué responderle.

A pesar de que aprendí un más que aceptable italiano los meses que estuve en la cárcel –a fuerza ahogan, que se dice – y a pesar, incluso, de que han sido múltiples las ocasiones en las que he hablado y escrito en italiano desde entonces, hoy me he dado cuenta que solo sé citar, a ciencia cierta, dos días de la semana en italiano: el martes y el domingo. Creo que no es casualidad el hecho de que esos días fueran especiales allí dentro: solía pasar las mañanas de los martes en la biblioteca y buscábamos pelea con los presos de otras secciones los domingos, a la hora de la misa.

Otra forma más, supongo, de recordar que el resto de días eran totalmente iguales allí dentro. Eran, simplemente, días.

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Correo postal

Tres años después de salir de la cárcel sigo recibiendo cartas desde Roma, desde las distintas prisiones en las que se encuentran los que durante algunos meses fueron mis compañeros de vida.

 

Sé que puede resultar paranoico, pero no las recibo en casa. No le he dado, nunca, a nadie que haya conocido en la cárcel, la dirección de dónde he vivido desde entonces. Supongo que por seguridad, porque vi de lo que eran capaces de hacer con tal de salirse con la suya. Por suerte eso no es problema para recibir correo en otra dirección y que desde allí me lo reenvíen a casa. Hasta ahora aprovechaba mis múltiples viajes por trabajo para enviar las respuestas a esas misivas. Porque, además de recibir cartas, las respondo. Todas.

 

Hoy, hace un rato, he recibido una carta de Leonardo, el de la celda 25. Me informaba, con mala expresión verbal y peor caligrafía, que Mimmo ha muerto. Mimmo, el que fuera mi compañero de celda durante unos meses, se suicidó hace unas semanas. Siempre mantuvo intacta la ilusión por salir, en gran medida por las conversaciones que mantenía con su abogado: un mentiroso desalmado que le prometía que saldría cada dos por tres; un cabrón sin escrúpulos que bien merecería pasar unas horas, unos días, en la cárcel para darse cuenta de lo duro que es vivir manteniendo una única ilusión, de lo difícil que es vivir tu día a día cuando te das cuenta que esa ilusión que tienes es, simplemente, humo.

 

La carta de Leo me ha llenado, para qué decir lo contrario, de tristeza. Mimmo era un personaje muy peculiar al que, de una forma u otra, se le cogía cariño. He releído la entrada que le dediqué en su día, cuando yo estaba recién salido de la cárcel y no he podido evitar levantarme, buscar la libreta que hice en la cárcel, coger el papel en el que escribió su primer MIMMOAMAANNA. Le he recordado con ternura.

He llorado –supongo que lo necesitaba –. No como se llora a los muertos, con pesadez y dolor, sino con alegría. He celebrado, con este llanto, el haberlo conocido vivo. Tan vivo.

 

Descansa en paz, Bebillacqua, descansa en paz Mimmo.

 

 

 

¿Por qué?

Tras varios meses esperando, algo más de un año si no recuerdo mal, el 24 de abril pasado se leyó la sentencia mediante la cual un tribunal italiano condenaba a una jueza de primera instancia (GIP), a un juez y a una fiscal por retención ilegal. Mi abogado quiere seguir llamándolo secuestro, mi secuestro, aunque técnicamente no fue así. Me tuvieron más tiempo del estrictamente necesario en la cárcel. Ya sabéis. Cosas que pasan.

 

Les condena, además, por la indefensión en la que viví las cuatro primeras semanas en la cárcel.

 

Ese día, ese 24 de abril, estuve en Roma acompañado de familiares y amigos. Por sorpresa estuvieron en la lectura de la sentencia mi expareja, Sarit, y mi hija, Noa.

 

A la GIP se le condena por dejación de funciones, ya que no avisó al Consulado Español sobre mi situación de encarcelado e hizo caso omiso de los informes de los Carabinieri que afirmaban que mi detención había sido un error. También se refiere la sentencia al hecho de que no me comunicaran en tiempo y forma que la abogada de oficio italiana que se me asignó en el momento de mi detención rechazara defenderme por problemas de idioma. Por ese pasotismo, ha sido condenada.

 

A la fiscal se le condena por las mismas razones, así como por tenerme totalmente aislado del mundo exterior durante los tres meses y las tres semanas que estuve en la cárcel. El tribunal no ha considerado lógico que no me autorizara a llamar a la familia una vez por semana y que no permitiera que me llegara ningún paquete con ropa o enseres personales.

 

Al juez se le condena por dilatar en el tiempo una decisión que debería haber sido tomada en 10 minutos, tras leer el informe preliminar de los Carabinieri.

 

La sentencia les condena a abonar todos los gastos ocasionados en los procesos en los que me he visto envuelto desde aquel 15 de junio de 2010. Tendrán, así, que pagar al estado italiano 40 euros por cada noche que pasé en la cárcel, abonar las costas del juicio por el cual se me declaró inocente y pagar, también, las costas del juicio que se abrió para pedir una compensación por el tiempo perdido, por los ratos pasados. Tendrán que abonar, también, los gastos de mi defensa y la cantidad que tuve que pagar cuando pasé a una comunidad, en el instante previo de que me concedieran la absoluta libertad.

 

También de forma solidaria, deberán pagarme una indemnización, sensiblemente inferior a lo que mi abogado y yo considerábamos justo.

 

No podrán desempeñar su trabajo como jueces y fiscal durante los próximos cuatro años y, una vez que vuelvan, estarán sujetos a una estricta vigilancia.

 

Cuando se acabó de leer la sentencia, y mientras mi abogado observaba cómo me abrazaba a mi gente, Noa, de forma totalmente autónoma, se dirigió hacia los tres condenados y les preguntó, muy tranquila: “¿Por qué no dejaron que mi papá me viera cuando me fui a Israel ni que pasara mi cumple conmigo?”

 

En ese momento comprendí que esa era la peor sentencia que ellos podrían recibir.

 

En ese momento pensé que no les perdonaría, que no olvidaría. Al menos, hasta que Noa siga recordando mis ausencias.

Casi el desenlace.

Hay momentos en los que anhelas que lleguen noticias, novedades sobre algo que te interesa.

A veces, con el paso del tiempo, llegas incluso a olvidar la posibilidad de que lleguen, de que puedan, algún día, surgir.

Y de repente, las noticias, simplemente llegan. Cuando tienen que llegar.

Me acaban de confirmar que hay sentencia firme sobre mi caso. Se leerá en Roma, el próximo día 24 de abril a las 10 de la mañana. Y yo estaré allí.

Nicola, mi abogado, prefiere no hacer pronósticos. Yo tampoco.

“Desaparecidos”

Hoy he comido en Madrid. Un dato, este, que podría pareceros sin importancia, banal. Sin embargo, para mi, comer con mi amiga Marta es siempre un placer. Hemos estado hablando de lo divino y de lo humano. En las casi cuatro horas que hemos estado juntos nos ha dado tiempo de ponernos al día. Por fin.

Entre otras cosas, claro. Hemos hablado de la cárcel. De cuando pasé por la cárcel. Ella, que es madre, me ha preguntado, a bocajarro, cómo se tomó mi familia el hecho de que ingresara en la cárcel. Por error, pero en la cárcel.

Con total sinceridad le he comentado que llevaba un tiempo dándole vueltas a esa pregunta sin llegar a saber muy bien la respuesta y que desde hacía solo unos días, después de visitar la exposición del proyecto fotográfico “Desaparecidos”, de Gervasio Sánchez, era capaz de responder a esa duda.

El caso es que antes de ir a la citada exposición pedí al autor, a través de twitter, algún consejo a la hora de encararla, de verla. Gervasio, muy amablemente, me respondió: “En el drama de los Desaparecidos lo mejor es ponerse en el lugar del Otro para sentir lo importante que es la memoria”.

Así, como le he comentado hoy a Marta, fue allí, en la exposición, cuando pude comprobar que, salvando las distancias, yo fui un desaparecido para mi familia y mis amigos durante un mes. Concretamente entre lo días 15 de junio y 12 de julio no tuvieron noticias mías. Ninguna.

Por primera vez, y tras seguir el consejo de Gervasio, me di cuenta de la angustia que mi familia tuvo que sentir. Sé que llamaron, infructuosamente, a todos los hospitales de Roma para preguntar por mi. Sé que llamaron, en repetidas ocasiones, a la Embajada y al Consulado de España en Roma. Sé que Sarit viajó a Madrid para preguntar en la Embajada de Italia sobre mi, al igual que también lo hizo en la Embajada de Italia en Israel. Sé que movieron cielo y tierra para localizarme. Y nada. Ninguna noticia mía. Para mi familia me había tragado la tierra.  Para mis amigos, había desaparecido.

Mientras el fin de semana pasado veía las fotografías de los enseres personales de personas desaparecidas en zonas de conflicto, me vino a la cabeza la imagen de Sarit, o de mi madre, o de mi padre, o de alguno de mis hermanos doblando una de mis camisas y oliéndola para percibir si aún tenía algo de mi olor. Una imagen tan tierna como dura. Intenté meterme en la cabeza de las personas que han desaparecido. Comprendí el dolor, la angustia, el desasosiego que genera el no saber, el que te ronde una u otra idea en la cabeza sin poder verificarla. Debe ser horroroso.

Sentí, en primera persona, todas aquellas sensaciones negativas que durante tanto tiempo tuvieron que vivir mis familiares, mis amigos, la gente que me quiere. Y lloré. Mucho.

Recordé las palabras que Sarit me escribió en una de sus primeras cartas y que me repitió de viva voz el primer día que nos vimos, una vez que yo había sido puesto en libertad: “No me entiendas mal pero el saber que estabas en la cárcel supuso un alivio para mi. Al menos tenía la certeza de que estabas vivo y conociéndote sabía que tenías los recursos necesarios para que no te pasara nada”. A lo largo de estos últimos años, sin querer, he enterrado en la memoria este tipo de frases; este tipo de sensaciones.

Gracias, Gervasio, por desenterrarlas.

Gracias, Marta, por no permitir que se vuelvan a esconder.

 

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