Menagerie Intime

Archivar para el mes “septiembre, 2013”

Días

Hace un rato me ha pasado una cosa muy curiosa. Algo en lo que no me había parado a pensar en los tres años que han pasado, ya, desde que salí de la cárcel.

Noa me ha preguntado cómo se dice lunes en italiano y no he sabido qué responderle.

A pesar de que aprendí un más que aceptable italiano los meses que estuve en la cárcel –a fuerza ahogan, que se dice – y a pesar, incluso, de que han sido múltiples las ocasiones en las que he hablado y escrito en italiano desde entonces, hoy me he dado cuenta que solo sé citar, a ciencia cierta, dos días de la semana en italiano: el martes y el domingo. Creo que no es casualidad el hecho de que esos días fueran especiales allí dentro: solía pasar las mañanas de los martes en la biblioteca y buscábamos pelea con los presos de otras secciones los domingos, a la hora de la misa.

Otra forma más, supongo, de recordar que el resto de días eran totalmente iguales allí dentro. Eran, simplemente, días.

Correo postal

Tres años después de salir de la cárcel sigo recibiendo cartas desde Roma, desde las distintas prisiones en las que se encuentran los que durante algunos meses fueron mis compañeros de vida.

 

Sé que puede resultar paranoico, pero no las recibo en casa. No le he dado, nunca, a nadie que haya conocido en la cárcel, la dirección de dónde he vivido desde entonces. Supongo que por seguridad, porque vi de lo que eran capaces de hacer con tal de salirse con la suya. Por suerte eso no es problema para recibir correo en otra dirección y que desde allí me lo reenvíen a casa. Hasta ahora aprovechaba mis múltiples viajes por trabajo para enviar las respuestas a esas misivas. Porque, además de recibir cartas, las respondo. Todas.

 

Hoy, hace un rato, he recibido una carta de Leonardo, el de la celda 25. Me informaba, con mala expresión verbal y peor caligrafía, que Mimmo ha muerto. Mimmo, el que fuera mi compañero de celda durante unos meses, se suicidó hace unas semanas. Siempre mantuvo intacta la ilusión por salir, en gran medida por las conversaciones que mantenía con su abogado: un mentiroso desalmado que le prometía que saldría cada dos por tres; un cabrón sin escrúpulos que bien merecería pasar unas horas, unos días, en la cárcel para darse cuenta de lo duro que es vivir manteniendo una única ilusión, de lo difícil que es vivir tu día a día cuando te das cuenta que esa ilusión que tienes es, simplemente, humo.

 

La carta de Leo me ha llenado, para qué decir lo contrario, de tristeza. Mimmo era un personaje muy peculiar al que, de una forma u otra, se le cogía cariño. He releído la entrada que le dediqué en su día, cuando yo estaba recién salido de la cárcel y no he podido evitar levantarme, buscar la libreta que hice en la cárcel, coger el papel en el que escribió su primer MIMMOAMAANNA. Le he recordado con ternura.

He llorado –supongo que lo necesitaba –. No como se llora a los muertos, con pesadez y dolor, sino con alegría. He celebrado, con este llanto, el haberlo conocido vivo. Tan vivo.

 

Descansa en paz, Bebillacqua, descansa en paz Mimmo.

 

 

 

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