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Archivar para el mes “julio, 2013”

¿Por qué?

Tras varios meses esperando, algo más de un año si no recuerdo mal, el 24 de abril pasado se leyó la sentencia mediante la cual un tribunal italiano condenaba a una jueza de primera instancia (GIP), a un juez y a una fiscal por retención ilegal. Mi abogado quiere seguir llamándolo secuestro, mi secuestro, aunque técnicamente no fue así. Me tuvieron más tiempo del estrictamente necesario en la cárcel. Ya sabéis. Cosas que pasan.

 

Les condena, además, por la indefensión en la que viví las cuatro primeras semanas en la cárcel.

 

Ese día, ese 24 de abril, estuve en Roma acompañado de familiares y amigos. Por sorpresa estuvieron en la lectura de la sentencia mi expareja, Sarit, y mi hija, Noa.

 

A la GIP se le condena por dejación de funciones, ya que no avisó al Consulado Español sobre mi situación de encarcelado e hizo caso omiso de los informes de los Carabinieri que afirmaban que mi detención había sido un error. También se refiere la sentencia al hecho de que no me comunicaran en tiempo y forma que la abogada de oficio italiana que se me asignó en el momento de mi detención rechazara defenderme por problemas de idioma. Por ese pasotismo, ha sido condenada.

 

A la fiscal se le condena por las mismas razones, así como por tenerme totalmente aislado del mundo exterior durante los tres meses y las tres semanas que estuve en la cárcel. El tribunal no ha considerado lógico que no me autorizara a llamar a la familia una vez por semana y que no permitiera que me llegara ningún paquete con ropa o enseres personales.

 

Al juez se le condena por dilatar en el tiempo una decisión que debería haber sido tomada en 10 minutos, tras leer el informe preliminar de los Carabinieri.

 

La sentencia les condena a abonar todos los gastos ocasionados en los procesos en los que me he visto envuelto desde aquel 15 de junio de 2010. Tendrán, así, que pagar al estado italiano 40 euros por cada noche que pasé en la cárcel, abonar las costas del juicio por el cual se me declaró inocente y pagar, también, las costas del juicio que se abrió para pedir una compensación por el tiempo perdido, por los ratos pasados. Tendrán que abonar, también, los gastos de mi defensa y la cantidad que tuve que pagar cuando pasé a una comunidad, en el instante previo de que me concedieran la absoluta libertad.

 

También de forma solidaria, deberán pagarme una indemnización, sensiblemente inferior a lo que mi abogado y yo considerábamos justo.

 

No podrán desempeñar su trabajo como jueces y fiscal durante los próximos cuatro años y, una vez que vuelvan, estarán sujetos a una estricta vigilancia.

 

Cuando se acabó de leer la sentencia, y mientras mi abogado observaba cómo me abrazaba a mi gente, Noa, de forma totalmente autónoma, se dirigió hacia los tres condenados y les preguntó, muy tranquila: “¿Por qué no dejaron que mi papá me viera cuando me fui a Israel ni que pasara mi cumple conmigo?”

 

En ese momento comprendí que esa era la peor sentencia que ellos podrían recibir.

 

En ese momento pensé que no les perdonaría, que no olvidaría. Al menos, hasta que Noa siga recordando mis ausencias.

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