Menagerie Intime

Archivar para el mes “junio, 2012”

Dos

Hace exactamente dos años mi día comenzó tan temprano como lleno de dudas por lo que pasaba a mi alrededor.

Hace exactamente dos años me despertaba después de haber pasado mis primeras horas en la cárcel, después de haber dormido como un tronco sobre un colchón de gomaespuma cubierto con las sábanas que había usado un preso que tenía pulgas. Eso, lo de las pulgas, lo descubriría algo más tarde.

Hace exactamente dos años me veía por primera vez librado de libertad sin saber porqué.

Era esa falta de conocimiento, ese no saber, lo que me comía por dentro. En aquellos momentos no podría ni imaginar que pasaría el verano completo y parte del otoño detenido.

Me vi alejado de mi familia, separado de mi hija sin ningún motivo. Desaparecí de su vida durante cuatro meses y
medio sin dar más señales que las cartas que su madre le leía. Ella tenía apenas tres años. Bien entrado el verano pudo escuchar mi voz por primera vez en ese periodo. Una vez. A día de hoy puedo leer en sus ojos el miedo a que eso suceda de nuevo cada vez que vuelvo de Israel (donde ella vive) a España. Por eso, por ese miedo, cada vez que las circunstancias me impiden poder hablar con Noa un día siento, como cantan Los Secretos, “arder puñales en el pecho”. Porque sé lo que puede estar sintiendo mi hija. Por eso.

Han pasado dos años ya. A veces, sin darme cuenta, me sorprendo recordando algún momento de los allí vividos. Basta una simple palabra para que mi cabeza vuelva, como si hubiera salido ayer mismo, a mi celda, al patio, a las charlas con el resto de detenidos. A veces sobra con un determinado olor para que mi cabeza vuelva a Roma. Al verano del 2010.

Dos años que han dado para perdonar todo lo vivido, para reflexionar, para asentar los conocimientos adquiridos a la fuerza allí. Dos años para darme cuenta de que soy una persona distinta a la que entró. Tiempo suficiente para darme cuenta que todo es relativo, pero insuficiente para perdonar lo que sufrió Noa, privada de herramientas de defensa ante tal pérdida.

Dos años para perdonar, pero no para olvidar.

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