Menagerie Intime

Archivar para el mes “febrero, 2012”

Hasta que se demuestre lo contrario

En cinco ocasiones me ha tomado declaración un juez.

La primera vez que declaré fue delante de una jueza de instrucción. En Italia se la llama GIP (Giudice di Instanza Preliminare). Fue en el mismo edificio de la cárcel, en Regina Coeli, en unas oficinas que estaban enterradas bajo las salas en las que teníamos coloquio con los abogados. Fue el día 19 de junio. Llevaba cuatro días sin ducharme. Iba esposado.

La segunda vez fue ante otro juez. En el Palacio de Justicia de Roma. Salí de mi celda a las 6 de la mañana y regresé a las 5 de la tarde. Todo ese tiempo lo pasé esposado a un tóxicodependiente que no dejaba de darme la murga. Justo en el momento de montarnos en el autobús que nos transportó, emparejados, desde la cárcel al Palacio de Justicia, nos dieron una bolsa de plástico transparente con un pequeño sándwich y una manzana. La comida del día. Como si nos fuéramos de excursión. Yo, por si acaso iba vestido de domingo, con mis pantalones vaqueros limpísimos y la camiseta blanca de rigor.

La tercera vez que tuve que declarar delante de un juez, la justicia italiana aún me consideraba culpable. De nuevo esposado. De nuevo 11 horas fuera de mi celda, de mi cárcel. De nuevo de excursión. De nuevo con el uniforme dominguero.

La cuarta vez que declaré fue en la vista en la que me declararon inocente. Una declaración por todo lo alto en la que desafiante miraba al juez y a la fiscal mientras mi abogado soltaba sapos y culebras por su boca. Esta vez ya era libre e iba sin esposar. Llevaba un traje gris claro, zapatos y cinturón negro, camisa blanca, corbata oscura y mis sempiternas gafas RayBan. Me había vestido para matar. Me había vestido para ganar.

La quinta vez que declaré fue en el juicio gracias al cual se tendrá que decidir si el juez y la fiscal que me mantuvieron en la cárcel durante casi cinco meses aun siendo inocente deben responder con su propio patrimonio de la indemnización que me corresponde. Esta vez ya iba de vuelta de todo. Ya estaba cansado de hablar de lo mismo. No obstante, y esperando que fuera la última vez, me volví a arreglar y entrené mi mirada de desprecio. De odio.

No sé si alguno de los que me leéis habéis declarado alguna vez delante de un juez. Por lo que acabo de escribir, sabéis que yo sí.

No sé si alguno de los que me leéis habéis declarado alguna vez delante de un juez acusados de un delito del que erais completamente inocentes. Sabéis que yo sí.

No sé si alguna vez os han tomado por delincuentes sin haberlo merecido. A mi sí.

En base a esto, en base a mis vivencias en Italia, el yernísimo es –para mi- inocente. Al menos, hasta que se demuestre lo contrario.

 

Biblioteca

Hoy he vuelto a ir a una biblioteca. No había pisado una desde el último martes que pasé en la cárcel. Eso fue, si la memoria no me falla, el cinco de octubre del año dos mil diez.

Sin pensarlo ni darme cuenta, he ido directo a las estanterías en las que se encontraban los libros de economía. Luego he pasado por los de filosofía, los de religión, los de divulgación científica y, finalmente, por las estanterías de las novelas. Entonces, allí, me he dado cuenta de que he seguido el mismo recorrido que hacía en la biblioteca de la cárcel. He pasado una a una por todas las secciones que me interesaban allí dentro.

Hoy, como la primera vez que pisé la biblioteca de la cárcel, he cogido para leer “El pintor de batallas” de Pérez-Reverte. Fue el primer libro que, infructuosamente, intenté leer en italiano. Por si acaso, lo he sacado en español esta vez.

Hoy, como la última vez que pisé la biblioteca de la cárcel, unos de los bibliotecarios celebraba su cumpleaños. Recuerdo que el de la cárcel, contando con el beneplácito del Brigadier, nos invitó a cocacolas, fantas de naranja y galletas saladas. Ha venido a mi memoria aquella patética imagen de 20 presidiarios cantándole con desgana el “tanti auguri a te”. Cumplía 40 años, 10 de los cuales llevaba yendo a trabajar, a diario, a la cárcel.  Por ese y otros motivos pensé, mientras le cantaba en voz bajita, que sería más feliz, a buen seguro, si le diera el pésame.

He recordado hoy, en la biblioteca de mi barrio, el silencio sepulcral que había en la de la cárcel. Me han venido a la cabeza las risas con uno y otro preso mientras íbamos camino de la biblioteca, mientras cruzábamos un largo pasillo, largo, alto y frío a pesar de ser verano. Me he acordado cómo esas risas se convertían en respetuoso silencio un segundo antes de entrar en la estancia atestada de libros. He deseado sin malicia, por unos instantes, que un grupo de estudiantes pasen una temporada en la cárcel. Al menos, allí, aprenderán modales.

 

 

Ring, ring

Varias de las entradas de este blog tienen el mismo comienzo. Un comienzo real, verdadero que, a pesar de lo que se pueda pensar si nunca se ha estado en la cárcel, se cumple siempre. Así, esta entrada, también va a recomenzar con esa fórmula.

En la cárcel, como en la vida, no hay cosas imposibles, sino muy probables o poco probables. Así por ejemplo, no era imposible ver dinero en efectivo en la cárcel, a pesar de que su uso en el interior de la misma estaba radicalmente prohibido. Había cierta probabilidad de encontrar drogas dentro de la cárcel también. Algunas más duras que otras. Unas de calidad contrastada y otras mediocres, hasta el punto de llegar a atizar bien fuerte al intermediario que las hace llegar, haciéndole así responsable de la mala calidad ofrecida. Cortauñas, cuchillos con punta y sierra, tijeras, trozos de cristal afilado, lápices de colores, pinceles, bolígrafos Edding… había probabilidad de encontrar casi de todo. Incluso sin buscarlo.

Vi, en mi sección, dos teléfonos móvil. El primero fue un móvil cuyo propietario, Costoleta, dejaba usar al mejor postor. Una llamada al día que se subastaba entre los presos interesados. Un teléfono móvil desde el que me ofrecieron llamar, gratis, a mi hija. Ofrecimiento este que rechacé porque en la cárcel, además de ganas y huevos, has de tener cabeza. El error del propietario del citado móvil fue uno. Solo uno. Pero fue lo suficientemente grave como para que le costara la libertad varios meses más, así como un par de meses en las celdas de aislamiento. En la séptima sección. Su único error, como digo, fue hacerle saber a todos los presos que tenía un móvil. Eso hizo que todas las mañana hubiera revuelo en su puerta y que los Policías Penitenciarios, que eran muy cabrones pero que de tontos no tenían ni un pelo, se percataran de que algo estaba pasando allí. Una perquisición que no dejaría de ser una más si no fuera por todo el material “ilegal” que encontraron. Por desgracia todos y cada uno de los presos que habían llamado desde ese teléfono en las dos semanas que estuvo por allí fueron transferidos s diferentes cárceles en Italia. Comprobaron todos y cada uno de los números a los que se había llamado. Mi cabeza, de nuevo, me salvó de estar metido en un lío más gordo por aquella época.

A nadie se le puede escapar la idea de que si hay móviles dentro, es porque alguien los mete. Y si alguien los mete, es porque alguien lo deja pasar. Creo que me estoy explicando bien. No obstante, y para aclarar un poco las ideas, he de decir que el segundo móvil que vi en la sección, en la cárcel de Regina Coeli, lo llevaba yo en el bolsillo. Un móvil Nokia de esos malos, de los que se compran de segunda mano por dos perras. Un móvil que pasó los controles de seguridad de acceso a la cárcel en mi bolsillo y que pasó a la mano de Albano cuando por arte de birlibirloque me invitaron a volver a la cárcel en diciembre para celebrar una especie de misa navideña. Un teléfono que entré sin batería, sin cargador y sin tarjeta SIM por seguridad. Un móvil desde el que Albano me llamó para confirmar que funcionaba bien cuando recibió las partes que faltaban, justo una semana después de yo entregárselo a escondidas aprovechando el momento de darnos la paz en la celebración eucarística.

Un teléfono móvil para el que lo más difícil de entrar en la cárcel fue comprarlo sin necesidad de dar mi pasaporte. Un teléfono que entró en la cárcel con relativa facilidad gracias a que los Policías Penitenciarios de segundo grado trabajaban en un ambiente hostil 72 horas a la semana, en turnos de 24 horas seguidas y cobraban por ello 1200 euros brutos. Un teléfono que entró en la cárcel para ser utilizado solo por Albano, solo para llamar a su hijo y su mujer. Todo hubiera ido bien a lo largo del tiempo para él si no llega a dejar que Cipria, uno de sus compañeros de celda, uno de mis guardaespaldas, llamara a su madre. A voces.

Todo acabó con transferimiento. Y conmigo acojonado un tiempo por si descubrían que al primer número al que llamó fue al mío para agradecérmelo.

 

 

El Caribe

En la Comunidad en la que estuve en arresto domiciliario tras mi salida de la cárcel y justo antes de que se declara mi inocencia y el juez me dejara en plena libertad, había unas reglas, a priori, muy estrictas.

Desde que pasé mi primera noche allí, cuando te hacen leer y firmar el citado reglamento, me di cuenta de que el que las había escrito era, cuanto menos, gilipollas. Lo digo porque no se pueden marcar leyes a personas que han estado en la cárcel, fundamentalmente, por incumplirlas. No se puede marcar un horario estricto para levantarse o para apagar las luces, así como no se puede obligar a este tipo de personas a pasar el día bebiendo agua con gas, agua sin gas o zumos azucarados. No se nos podía tener sin cerveza ni algo de alcohol. Yo pasé cuatro meses sin beber alcohol, salvo aquella vez que hicimos nuestro propio destilado para celebrar el cumpleaños de uno de mis hermanos; pero había gente que había estado en la cárcel 10 años antes de pasar por la Comunidad. Imposible que las leyes, al menos la del alcohol, se cumplieran.

Así, cuando venía alguien a visitar a alguna de las personas que estaban acogidas, siempre traían algo de beber y nosotros, aprovechando los momentos de menos trasiego en la casa, lo subíamos a la habitación de uno u otro para esperar el momento oportuno de brindar por nuestra semi libertad. El que no se consuela, verdaderamente, es porque no quiere.

En mi habitación, por suerte, formábamos un equipo perfecto. Mi compañero, Henry, gozaba de un régimen algo especial y podía salir a la calle dos horas al día; y yo, no bebedor consumado pero sí generoso con el resto de compañeros, tenía dinero. Todos los días, de una u otra manera le pedía a Henry que trajera, a escondidas, algo de alcohol. Él se convirtió en la mano ejecutora de la fechorías, mientras que yo era el que las pagaba. Recuerdo cómo le pedí, y pagué, una mochila nueva con mayor capacidad de la que él tenía, de forma que pudiera traer la mayor cantidad de bebida posible. Cuando a día de hoy miro la mochila, no puedo dejar de reírme de las barbaridades que hacíamos. Cuando el frío llegó recuerdo cómo le pedí, y pagué también, un pequeño calentador de aire, de esos que en cinco minutos son capaces de aumentar la temperatura de un cuarto en 20 grados.

Todos los días traía en la mochila 12 botellines de cerveza, a veces Peroni, a veces Heineken; los días pares traía, además, dos botellas de limoncello, mientras que los impares venía con una botella de tequila. José Cuervo Reposado, claro.

Las noches eran una fiesta. Un incesante trajín. Un ir y venir de personas de otras habitaciones a la nuestra. Cervezas para todos. A diario. Limoncello para todos. En días alternos. Adiós, ley.

El tequila lo teníamos escondido en el armario para nosotros dos solos. Así, cuando todos se iban de nuestra habitación nosotros nos sentábamos tranquilos, relajados, serenos. Hablábamos de nuestras cosas. De nuestras familias. De nuestros amigos. De lo puta que es la vida a veces. De lo bien que se está acompañado en momentos como los que estábamos viviendo. Encendíamos el calentador de aire y sacábamos unos vasos de chupito que compramos y nuestra botella de tequila. Nos reíamos. Brindábamos. Bebíamos uno de tequila. Sin limón. Sin sal. Sin mariconadas. Había tres frases que siempre, que a diario, decíamos. Era como un ritual. Una. “Somos tíos que hemos estado en la cárcel, joder. Supervivientes”. Seguíamos hablando. Otro chupito. Y otro más. Así. A razón de media botella al día. Otra. “Tío, de verdad que no te lo vas a creer, pero yo no bebía nada de nada antes de entrar a la cárcel”. Cada noche. A veces nos grabábamos en vídeo para recordar esos momentos. Tras el tercer trago, siempre salía la misma frase, la tercera, unos días dicha por Henry, otros días dicha por mi. “Apaga el calentador, tío, que entre el tequila y el calorcito que hace aquí, parece que estamos en el Caribe”.

El Caribe. Así se llama en mi casa desde entonces, y en homenaje a aquellos buenos momentos, al calentador de aire. El Caribe.

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