Menagerie Intime

Archivar para el mes “enero, 2012”

Pasos

De mi estancia en la cárcel guardo, como mínimo, dos manías.

Una de ellas es preguntarme, cada vez que veo a alguien con unos labios tatuados en el cuello, cuánto tiempo le queda para volver a entrar en la cárcel y cuántas condenas acumula en su haber hasta ese mismo día.

La otra, más personal, es contar los pasos que doy.

Desde que salí de la cárcel, las pequeñas distancias -para mi- no se miden en metros, sino en pasos. Así, soy capaz de contar mis pasos de una forma autómata, sin siquiera pensar en que lo hago mientras mantengo una conversación totalmente cabal o mientras canturreo algunas de las coplas que suenan en mi iPhone.

Esa manía, la de contar los pasos que doy, la adquirí mientras paseaba por el patio de la cárcel. Desde el primer día, en que estuve 10 minutos de reloj en el patio del séptimo, me acostumbré a contar los pasos. Al principio comenzó como un pasatiempo, fruto del aburrimiento y de la curiosidad por saber la distancia aproximada que había de una pared a otra, luego continuo como una forma de relajarme en medio de aquel ambiente, hostil los primeros días.

Con el tiempo pasó a convertirse en un contador automático que lo mismo arrancaba a contar estuviera corriendo o andando. En el momento más álgido de la obsesión llegué a apuntar los pasos que daba cada día para sumarlos y calcular la distancia que había andado estando en la cárcel. Al tercer día, y gracias a mi inconstancia para según qué cosas y a que comprendí que se trataba de una auténtica chorrada, decidí dejar de anotarlo.

Ahora, que estoy mudándome de casa y que me hayo inmerso en unos días de ajetreo físico sin parangón, estoy en condiciones de afirmar que desde el ascensor de mi nuevo edificio hasta la puerta de la que será mi casa hay, exactamente, 42 pasos.

Al final va a resultar que lo de contar los pasos que doy no era fruto del aburrimiento…

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Asesino

Había en la cárcel, en mi sección, un chico bajito, de piel blanca y pelo negro. Un muchacho menudo, de piel clara y de maneras educadas. Un rumano al que todos llamaban “Asesino”. Nunca llegué a saber su verdadero nombre.

“Asesino” era uno de los trabajadores de la sección. No tenía un puesto fijo, sino que un día estaba repartiendo el desayuno, al rato lo veías barriendo el pasillo. Como los presos de la planta baja, los trabajadores, tenían sus puertas abiertas hasta las nueve de la noche, por las tardes veías a “Asesino” darse vueltas por la sección de arriba abajo mientras el resto de presos estábamos encerrados.

Así, por ejemplo, si algún preso necesitaba un sello para enviar una carta importante, se asomaba al ventanuco de la puerta de su celda y gritaba “Asesino” y él iba a preguntar celda por celda a ver quién podría dejar el sello, “per cortesia”. No puedo ser capaz de recordar las veces que de llamaba a “Asesino” cada tarde, pero sí que recuerdo cómo sonaba aquel nombre. “Assssessssinoooo”. Así. Con las eses silbantes y largas y con una o final infinita. “Assssessssinoooo”.

Recuerdo el día en que le pregunté, a Barone, por el apodo. El día en que me interesé y pregunté, inocente de mi, a cuántas personas había matado para ponerle ese nombre. “¿Personas? ¿matar?– me respondió Barone – Ninguna. Ahora, piernas jugando al fútbol, todas las que se le pongan por delante”.

 

Diario Fénix

Ayer comenzó su andadura un nuevo diario digital. Un periódico independiente, en español, y destinado a todas las personas hispano parlantes. El Diario Fénix.

Uno de sus colaboradores, mi amigo Francisco Navarro, así como en director del diario, han considerado que lo que me pasó en Roma, lo que aquí cuento, tiene interés general y que este tipo de errores judiciales deberían ser conocidos por todas las personas que lean el Diario Fénix. Así, semanalmente extraerán alguna de las entradas ya escritas y las pondrán en el propio periódico. Todo un ejercicio de responsabilidad que me abruma, ciertamente.

En la edición de ayer, y como prólogo a esta colaboración, publicaron una entrevista en la que respondo a las preguntas que Paco me hizo. Preguntas cortas, pero llenas de contenido. La podéis encontrar aquí.

Por mi parte, y ante la afluencia de personas ayer al blog y a mi perfil en twitter, he de decir GRACIAS. El saberme leído me ayuda a escribir; el escribir, como digo en la entrevista, me limpia y me cura.

 

Hoteles

En la cárcel, y entre los presos, un tema recurrente de conversación era comparar las prisiones de un país con las de cualquier otro. Algunos de los presos tenían elaborado un ranking sobre en qué país era mejor delinquir, sobre todo en el caso de que la policía te detuviera.

Algunos, muchos, comentaban que las cárceles en Italia estaban en parte media de la clasificación. Sin embargo, especificaban que esa regla se cumplía para todas las cárceles italianas menos para Regina Coeli. A esta la situaban en el penúltimo lugar de las cárceles europeas, seguida muy de cerca por las rumanas.

Hablaban de las bondades de las cárceles en el norte de Italia, por ejemplo. Nuevos edificios repletos de comodidades y quehaceres: gimnasio, porterías de fútbol, talleres de manualidades, … esas cositas que a los presos tanto nos gustaban. Un paraíso.

Alguno habló de las de Alemania. Un verdadero hotel con celdas y duchas individuales y con mezcla entre hombres y mujeres en la misma sección en caso de que así se solicite. El hecho de que no se pudiera salir a la calle en libertad era, evidentemente, accesorio.

Entre las cárceles europeas que mayor puntuación tenían estaban las españolas. Decían muchos presos que la mayoría tenían piscina que se disfrutaba a razón de dos horas a la semana en verano. Gimnasio, comedores comunes y limpios, baños dentro de las celdas, funcionarios fáciles de corromper y, aquí estaba el gran secreto de su alta puntuación, tu mujer podía ir a verte de vez en cuando y follar como animales en un cuartito habilitado para ello. Desfogarte, que se llama en mi pueblo.

Algún que otro preso, el que basado en mi templanza aseguraba que yo había pasado más de una temporada en la cárcel, me preguntaba si era verdad que en España los presos al salir recibían una ayuda económica para “reinsertarse” en la sociedad mientras planeaban su nuevo golpe. “No sé, no contesto”, era mi respuesta.

Como ya he comentado, en la parte baja de la lista se encontraban las cárceles de Rumanía y la de Regina Coeli, en Roma. Lo único que, decían,las diferenciaba era la cantidad de presos que cabían en una celda. En Rumanía, según contaban, no existían celdas en sí, sino grandes barracones en los que metían, hacinados, a 40 personas. Olvídate de camas. Allí dormían en el mejor sitio los más fuertes, los más brutos. El resto, o de pie o enculados por cualquier bárbaro. Por lo que narraban, los demás servicios disponibles diferían poco de lo que teníamos en Roma. Duchas sin agua caliente, patios pequeños, escaleras gastadas y sin pasamanos, mala comida… Así, y nos reíamos de ellos, era normal que los presos rumanos se sintieran como en casa.

Cada vez que hablaba de esto con algún preso me sentía extraño. Era difícil para mi hablar de la cárcel como un hogar. Como una casa. Como mi casa, aunque lo fuera de una forma fugaz. Sí que sentía que mi celda era mi hogar, pero solo mi celda. No quería que el resto de la cárcel, sus fríos pasillos y sus salas de coloquio formaran parte de mi vida. Que lo hiciera mi celda ya era bastante duro.

Recuerdo, y se me dibuja una sonrisa en el rostro cuando lo hago, el primer correo electrónico que me envió Claudio B. cuando salió de la cárcel. “Caro amico Javier”, decía, “sono Claudio, il tuo amico che hai conosciuto al Grande Hotel Regina Coeli a Roma”. En el Gran Hotel Regina Coeli.

Por cierto, Claudio que sigue con la idea de hacer el timo de la película. Yo no lo tengo tan claro…

Giuseppe

En la cárcel, como en la vida fuera de ella, y para simplificar el tema, te puedes encontrar tres tipos de personas: las buenas, las malas y las tontas. Yo, he de reconocer, que en la cárcel me he hecho de las malas.

Si queremos seguir profundizando en esta clasificación, podríamos dividir a las tontas en dos subcategorías: las que son demasiado buenas y las que se creen que son malos, pero luego son unos mierdas.

Yo me encontré a una de estas últimas en la comunidad en la que estuve en arresto domiciliario tras mi excarcelación. Se llamaba Giuseppe. Era joven y estaba completamente abandonado. Su familia, si acaso la tenía, no iba a verle nunca a la comunidad. Sus amigos, si acaso existían, tampoco. Nunca supe porqué estuvo en la cárcel ni porqué seguía en la comunidad, pero el caso es que tenía un permiso especial del juez para salir los domingos por las tardes. De eso ya me enteré después. La verdad es que nunca me interesó. Se trataba de un chico marrullero, bronco en el trato, un tipo extraño. El caso es que por estos detalles de su carácter, podría pasar por ser una persona de las que he definido como malas, pero eso es lo que él creía.

Apenas llevaba yo una semana en la comunidad cuando le vi por primera vez. Para él yo era poco más que un recién llegado mientras que bajo mi punto de vista yo ya tenía mi vida hecha allí. Al menos yo era consciente de que había pasado allí gran parte del tiempo que pasaría en total. El caso es que ese día, ese primer día en el que nos encontramos en el comedor, justo a la hora del almuerzo, yo ya estaba sentado en la silla en la que llevaba una semana comiendo. Entre Alí, mi compañero de huerto y Dino, un viejete al que le gustaba mucho hablar, contar historietas de su juventud y el Corto Maltés. Presumía de haber sido amigo del mismísimo Hugo Pratt, cosa que podría ser real ya que ambos vivieron mucho tiempo en Venecia.

Así, estando yo sentado, sentí cómo Giuseppe empezaba a gritarme, justo de pie a mis espaldas, para que me levantara de la silla, que por lo que se ve era suya. Muy tranquilamente le invité a relajarse y a sentarse en el sitio que estaba frente a mi, que quedaba libre. Justo entre Lunerti y Haidar. Soltó por su boca improperios de todo tipo, a veces incluso gritando. A todos hice caso omiso y seguí hablando con Alí como si nada pasara. Como si no fuera conmigo.

Pero fue cuando Giuseppe se dio por vencido y se sentó en la silla que yo le había indicado cuando me sacó de mis casillas. Soltó un “Mortacci tua” por lo bajini. Un cagarse en mis muertos que bajo ningún concepto yo iba a dejar pasar así como así, sobre todo teniendo en cuenta que el que lo decía no me conocía de nada. Ni yo a él.

Aproveché el momento en el que nos levantábamos para servirnos la comida en los platos para situarme estratégicamente detrás de Giuseppe. Con voz muy calmada, sin gritar, sin hacer aspavientos, le dije que cuando acabara de comer saliera al patio. Que fuera al huerto, que allí, donde no nos vieran ninguno de los responsables de la comunidad ni ninguno de los “huéspedes”, podríamos dirimir nuestras diferencias y hablar de sus muertos y de los míos. Los dos solos. Eso se lo decía yo a sabiendas de que los problemas, tanto entre presos como entre ex-presos, deben ser resueltos de forma totalmente personal, sin tratar de involucrar a nadie. Sin hacer publicidad de los mismos.

Me acordé, en el rato en el que estuve comiendo, de las barbaridades que llegué a hacer en la cárcel, así como de la carta que días antes me había enviado Rami. Acababa con una frase muy gráfica: “y no te dejes ber las huebas por nadie, si tienes problemas, acuchiya a todos!”. Así. Literal. Con sus faltas de ortografía y todo. A por ello iba.

Justo cuando acabé de comer me guardé un cuchillo pequeño con algo de sierra en un bolsillo y salí al patio. Estuve esperando un rato. Alguna de las personas que estaban en la comunidad se acercaban a hablar conmigo mientras esperaba, otros vinieron a traerme café. Los más preocupados por mi, esperaban sentados bajo una pérgola, a unos 50 metros de mi, por si la cosa se ponía fea y tenían que saltar en mi ayuda. O al menos así lo intuía yo.

Giuseppe no salió. No vino a hablar conmigo. No aceptó mi duelo. Me dejó con un palmo de narices. Desde ese mismo día, y en base a su comportamiento, empecé a tratarle como lo que era: un muerto que andaba, como se decía en Regina Coeli.

Cuando limpiaba el pasillo, dejaba en su puerta amontonado todo el polvo y la suciedad que recogía tras barrer y dejaba el camino que iba desde la escalera hasta su habitación sin fregar. Las veces que veía que él estaba fregando el comedor, yo entraba y salía de la sala mil veces con tal de pisarle el suelo recién fregado. Cuando me tocaba servir la comida, siempre tenía algún resto de comida quemada o con mucha sal que preparaba para mi el cocinero y que yo guardaba solo para Giuseppe. Pequeñas putadas ante las que él no rechistaba porque sabía que ante su siguiente subida de voz no habría huerto que mediara de por medio. Ya tenía permiso para atizarle allí en medio.

Pequeñas bromas molestas que nada tuvieron que ver con el miedo que pasó cuando, el primer domingo en el que yo estaba completamente libre, me vio en la puerta de la comunidad esperándole. Con Denis y con dos amigos suyos albaneses. Para dirimir lo de los muertos, que se me había quedado pendiente.

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