Menagerie Intime

Archivar para el mes “diciembre, 2011”

Surcos

Tras mi paso por la cárcel, y en el periodo de tiempo que pasó desde mi excarcelación hasta mi total puesta en libertad, la fiscal solicitó al juez que me mantuviera en arresto domiciliario hasta agotar una especie de detención preventiva.

Ese tiempo, tres semanas, lo pasé en una comunidad dedicada a ayudar a personas que no tienen familia ni vivienda habitual en Italia. Una comunidad religiosa venida a menos en las que, mientras hacía tiempo, volví a coger rutinas, tan necesarias en la vida de las personas libres. Una comunidad religiosa. Sobre todo porque antes de ingresar, antes incluso de que el juez te diera permiso para pasar allí un tiempo, tenías que abonar, religiosamente, el dinero correspondiente a seis mensualidades. A tocateja. Nada de cheques ni de VISAS.

Allí, entre otras cosas, me acostumbré a levantarme pronto para poder cumplir con mis quehaceres diarios, asignados por el que decía ser el gerente de la comunidad que resultó ser un chupatintas manipulado por los responsables reales de la comunidad. Un amargado que respondía al nombre de Maiorca y al que le gustaba que le llamásemos doctor. Un ex-militar italiano que se jactaba de haber luchado en no sé qué guerra, a la par que se callaba los motivos por los cuales ni su mujer ni sus hijos le hablaban. Un amargado de la vida que pensaba que lo tenía todo bajo control, cuando lo que de verdad pasaba era que todos nos saltábamos las leyes bajo cuerda.

Durante tres semanas fui el amo y señor del pasillo de la primera planta de la casa, concretamente del pasillo en el que se situaban todas las habitaciones. Al decir amo y señor me estoy refiriendo, claro está, a que era el que se encargaba de barrerlo y fregarlo todas las mañanas. Solía levantarme temprano, antes incluso que ningún otro en la comunidad, de forma que cuando todos se levantaran, se encontraran el pasillo limpio. Así me evitaba pisadas que enturbiaran mi trabajo. Mientras el suelo se secaba, y tras vaciar el cubo de la fregona, solía acercarme a la máquina de cafés de la planta baja e intoxicarme con alguna bebida matutina.

En un par de ocasiones intentó el doctor Maiorca colarme la limpieza del comedor. El primer día no bajé a limpiarlo porque tenía un resacón de tequila tremendo y me levanté demasiado tarde incluso para comer. El segundo, me hice el longuis. Dejaron de asignarme tal tarea.

Justo después de limpiar el pasillo, y cuando el resto de habitantes de la comunidad ya estaban levantados, solía irme al huerto a trabajar un rato. Recuerdo cómo el frío que hace a las siete de la mañana en octubre en Roma se me clavaba en la cara y en las manos. Lo recuerdo, incluso, con cariño. Recuerdo cómo marcaba con hilos, junto con Alí, por dónde pasaríamos con el tractor para hacer los surcos rectos en los que meteríamos las semillas de las lechugas y las coliflores, de los guisantes y del tomate. Recuerdo, esta vez con más pena que gloria, el día en que me fui terraplén abajo mientras conducía el tractor y tracé un surco con forma curva a través del cual se podía ver la trayectoria de mi caída por el barranco. Un surco a lo “se va el caimán, se va el caimán, se va por la barranquilla”. Recuerdo, esta vez con cariño, cómo nos descojonábamos de la risa mientras íbamos metiendo semillas en el surco, arado en la tierra, con forma curva. Un surco que nada tenía que ver con la alineación de sus vecinos ni con lo que nos habían dicho desde la dirección de la Comunidad. Estaba claro que no teníamos propósito de enmienda. Ninguno.

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Líderes

Hace unas semanas, impartí formación a un grupo de directivos de esos que van de agresivos pero luego, a la mínima de cambio, se les va la carga atrás. Sobre todo cuando algún trabajador a su cargo les lleva la contraria o les rebate cualquier decisión tomada. En el curso, como decía, les hablé, entre otras cosas, de liderazgo. Poco, muy poco, me faltó para comentarles mi paso por prisión y cómo ese periodo de mi vida no ha hecho sino reafirmar mis teorías acerca de estas habilidades directivas.

En la cárcel, como en el mundo real, las mayoría de personas, de reclusos, tenían la necesidad de seguir a alguien. Había, también, personas que, queriendo o no, servían de referencia a algún grupo de presos. Personas espejo, a las que muchos querían parecerse. Personas erigidas por el resto como líderes de la sección.

En la tercera sección contábamos con varios.

Estaba Roger, que se había erigido líder de los presos de la planta baja en base a mentiras. Quiso hacer ver que su influencia fuera de la cárcel era mayor de la que realmente era. Una persona a la que cuando le pedían ayuda de algún tipo siempre escurría el bulto. Una persona que acabó con un tiro en la nuca a los dos días de salir de la cárcel.

Estaba, también, Maurizio. Un preso italiano al que sus compatriotas adoraban por su manera desenfadada, a la vez que violenta, de solucionar los problemas que se iban presentando. Un líder duro, fuerte y sincero. Un líder que no dejaba que nadie tomara decisiones por él. Un líder por el que pasaban casi todo lo que pasaba en la sección y estaba relacionado con los italianos.

Había otro líder, del que no recuerdo el nombre. Un morito alrededor del que se agrupaban los pocos musulmanes que teníamos en la sección. Un líder inofensivo, que siendo consciente de la inferioridad numérica de los de su grupo, trataba de no meterse en problemas con nadie. En caso de que así fuera, prefería hablar a pelear. Por eso mismo le dejaron la cara y los brazos marcados con cortes. Por ir de Gandhi en un lugar erróneo.

Albano aglutinaba al sector rumano y albanés a su alrededor. Sus decisiones nunca eran cuestionadas y siempre eran ejecutadas por sus manos derechas. A veces él mismo tomaba parte de las soluciones. Su problema era que basaba su liderazgo en el miedo que le tenían el resto de presos. El miedo que hacía que los demás siguieran a pie juntillas sus órdenes. El mismo miedo que hará, antes o después, que acaba con un cargador de pistola totalmente vacío contra su pecho. Pero eso él ya lo sabía.

La Taberna Galáctica

Hace unos días tuve el placer de compartir charla con @rayjaen. Parte de aquella charla, así como un texto navideño que no ha sido publicado en el blog todavía, han quedado reflejados en el podcast número 4 del programa “La Taberna Galáctica”. Lo podréis encontrar aquí.

Gracias

Fiestas de guardar

Hoy, esta noche, he pensado mucho en todas las personas a las que conocí en la cárcel, cuando estuve preso.

Hoy, esta noche, he pensado también en las familias de estas personas.

Hoy, esta noche, he brindado a su salud y les he deseado, a mi manera, felices fiestas.

Hoy, esta noche, me he vuelto a sentir miserable. Nunca una fiesta podrá ser feliz allí dentro. Nunca.

Piel

Ayer me hicieron varias preguntas sobre la cárcel. Sobre mi ingreso, mi estancia y mi salida. Me preguntaron por las circunstancias que rodearon el error judicial que me tuvo encarcelado en Roma durante cuatro meses y medio. Me preguntaron sobre el pasado, sobre el presente y, de forma indirecta, sobre el futuro. Me preguntaron, ayer, cómo se le arranca la piel a jirones a una persona. Qué se siente. Cómo es la textura de la piel por dentro. Cómo se hace teniendo herramientas muy básicas. Me preguntaron, como digo, cómo se inmoviliza a una persona, cómo se marca el área a recortar y cómo, efectivamente, se le arranca la piel estando vivo. Me preguntaron cómo se siente una persona en la cárcel cuando enarbola, como una bandera tras la victoria, un trozo de piel tatuada. Arrancada. Cómo se despelleja, literalmente, a un preso.

Me preguntaron. Y yo respondí como pude. Con evasivas casi siempre. Fue ayer por la tarde cuando me preguntaron. Fue ayer por la noche cuando no conseguí pegar ojo. Ayer no pude dormir. No paraba de pensar en las circunstancias y en los hechos. En cómo se sucedieron. En cómo pasó todo.

Arrancar la piel de una persona varía poco de arrancársela a un pollo. La gran diferencia es, según yo noté, la tensión de la piel. Mientras llega un momento en el que al pollo se le queda la piel fofa, ancha, y es fácil tirar de ella, a las personas, al menos cuando están vivas, no les pasa eso. Recuerdo que tuvimos que arrancar la piel a golpe de cuchillo sin afilar y de cuchilla de afeitar oxidada.

El primer corte, acaso el más profundo, lo realizó Albano. Con él marcó la parte inferior del la zona de corte. El límite inferior. En principio intentamos arrancarla tirando de allí, haciendo que la piel se fuera separando poco a poco del músculo o de donde cojones se ancle. Como eso no funcionaba demasiado bien, desde un lateral marcamos el otro límite. Dibujamos así una L que empezaba a sangrar. Desde la esquina fuimos tirando para arriba. Uno cogía la piel, como si estuviera separando una pegatina de una superficie porosa. El otro iba recortando las fibras a base de pequeños y repetidos cortes.

Mientras nos afanábamos en esta tarea, dos personas sujetaban al paciente boca abajo, mientras que dos más cuidaban que la bolsa que tenía en la cabeza no se le saliera y se encargaban de abrir las botellas de camping gas lo suficiente como para mantenerlo mareado. Dormido.

El despelleje se fue haciendo mayor hacia el lateral derecho y poco a poco fuimos subiendo en el mismo. Cuando ambos laterales estuvieron más o menos igualados, empezamos a realizar, esta vez sin tirar mucho de la piel, cortes en la parte superior, de forma que las heridas de ambos lados se fueran juntando. En estos momentos la sangre que salía nos impedía ver con claridad el trazado, por lo que la herida no quedó de forma completamente rectangular, sino un poco convexa en la parte superior. Las cosas del directo.

No sé si lo recuerdo porque ocurrió o si es algo que mi cabe ha añadido luego, pero tengo la sensación de haber escuchado un ligero crujir cuando dimos el último tirón de la piel. Cuando la arrancamos. De lo que sí me acuerdo perfectamente es de cómo mascullaba e intentaba gritar mientras se le aplicaba una dosis extra de gas de cocina. De cómo salimos corriendo por orden de la celda, de cómo Albano, al salir, colgó el tatuaje en la puerta de la celda de la víctima. Para que todos supieran que no había tonterías. Que yo, ya, era intocable. Que me había bautizado.

Creo que, de todo lo que recuerdo, lo que no me dejó dormir ayer fue el acordarme de cómo teníamos las manos. Rojas. Un rojo brillante. Un rojo cirujano.

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