Menagerie Intime

Archivar para el mes “noviembre, 2011”

Comunidad

El 8 de octubre del año pasado fue viernes. Fue, además, el día en que salí de la cárcel.

Tras concluir las investigaciones sobre mi y a punto de agotar el plazo máximo que la ley marcaba para tenerme en prisión preventiva, la fiscal y el juez de turno determinaron que era inocente y que no debía de estar en la cárcel. No obstante, y con el único fin de tenerme retenido todo el tiempo posible, decidieron tenerme bajo arresto domiciliario durante 20 días más en Roma.

Para optar al citado arresto, se deben cumplir unos requisitos previos: tener un lugar en el que vivir en el área metropolitana de Roma, vivir con alguna persona que se responsabilice de ti y no salir de casa en el periodo de tiempo ordenado. La verdad es que podías salir, pero te arriesgabas a que una pareja de carabinieri pasaran por tu casa en ese momento, descubrieran que te habías ido y te llevaran de nuevo a galeras, con el incremento de pena correspondiente por prófugo. Eso era así.

Como yo no tenía a nadie que me pudiera cuidar de esa forma y que cumpliera todos los requisitos exigidos por el juez, mi abogado me envió a un centro de acogida creado para este tipo de situaciones. Un comunidad pseudo religiosa en la que mi vida, a pesar de estar encerrado, se empezaba a teñir de color. Una comunidad que daba la oportunidad de pasear al aire libre siempre y cuando no saltaras las vallas y escaparas, una comunidad en la que varios detenidos esperaban, con más o menos desdicha, su suerte. Algunos esperábamos el momento de salir libres y declarados inocentes, otros el momento en que una pareja de policías vinieran a la casa y los volvieran a llevar a la cárcel por algún otro proceso judicial pendiente. Estaban los que soñaban con escapar de todo. También los que, resignados y cautelosos, simplemente esperaban el momento en el que su pena concluyera.

Una comunidad en la que estuve tres semanas. Una comunidad en la que volví a sentir el frío de las mañanas de octubre en las manos, en la que volví a fregar suelos de pasillo y comedor. Una comunidad en la que aprendí a conducir un tractor amarillo y a sembrar lechugas, tomates, guisantes y coles. Una comunidad en la que, a pesar de seguir encerrado, volví a disfrutar de la libertad. Una comunidad de la que empezaré ahora a escribir poco a poco. Para que la conozcáis.

Mañana por la tarde pasaré por la comunidad. Por mi comunidad. Les llevaré a los chavales tabaco, cervezas, tequila y vodka. Pizzas y chocolatinas. Ropa de abrigo y un par de balones. Sé que volveré a jugar al futbolín con una pelota de papel de plata, sé que volveré a hablar con el tío Dino de las aventuras del Corto Maltés y que me volverá a contar las peripecias que él y Hugo Pratt vivieron juntos. Lo sé. Sé que lo haré con toda la felicidad del mundo.

Lo haré, exactamente, como otros lo hicieron conmigo.

Tristeza

Soy un animal de costumbres, como todos los humanos. Por eso mismo escribo hoy esta entrada desde donde la escribo.

Hay personas que cuando se encuentran tristes, beben para olvidar y olvidarse, para tratar de sobrevivir.

Hay personas que cuando se encuentran tristes, comen. Y se comen. Desde las uñas de las manos hasta las del pie. Alguno habrá, incluso, que intente jugar al contorsionista con tal de darse alguna alegría temporal.

Hay personas que cuando están tristes, lloran. Con ese llanto tratan de sacar su tristeza temporal. Enjuagar de ojos y almas.

Hay personas que cuando se encuentran tristes, leen. Eso me pasa a veces a mi. Hay, concretamente, “un libro vestido de rima que a veces me calma”. Se llama “Hasta que la piedra”, y lo ha escrito mi amigo Rubén.

Los hay, también, que cuando se topan de bruces con su tristeza, la única vía de escape que tienes es gritar. Hasta quedar afónicos. Hasta que la garganta les cruje de dolor. Ahogar la tristeza a base de gritos.

Hay personas que cuando se encuentran tristes salen a dar un paseo. Los urbanitas saldrán a la urbe, los camperos al campo y los hortelanos al huerto.

Hay todo tipo de personas y todo tipo de soluciones a la tristeza.

Cuando yo me encuentro triste, muy triste, siempre recurro a lo mismo. Me voy a un aeropuerto y cojo el primer avión que haya disponible para venir a Roma. No se trata del manido “viajar es un placer”, sino de una terapia de choque. Ningún sentimiento de tristeza es ya lo suficientemente importante como para compararse con el que sentí aquí, en esta ciudad, durante tantos meses. El que no se consuela es porque no quiere.

“Una luz para cada belleza,
un abrazo para cada pasión,
un tono para cada palabra,
un beso para cada traición.”

“Hay”. Rubén del Río.

Televisión

Teníamos inicialmente, en mi celda 35, una televisión. Una de esas pequeñas que, apoyada sobre una estantería empotrada a la pared, nos hacía disfrutar a diario.

Una tele pequeña como digo, enana para los que estamos acostumbrados a grandes plasmas reinando en el salón, que solo estaba apagada entre las 1 de la madrugada y las 9 de la mañana. El resto del día estaba encendida. Sufriendo.

El sufrimiento se le acabó cuando una mala tarde de julio, entre calores y sofocos, decidió apagarse para no volverse a encender más. Lloramos aquella tarde tan dura pérdida y rezamos una oración por el alma de nuestra amiga la tele.

Nos duró la pena menos de un día. El tiempo justo de que abrieran las puertas a la mañana siguiente y de bajar a la celda 25 para decirles que sí, que les cambiábamos la tele que teníamos en la celda por la que ellos tenían, que estaba un poco estropeada. Jugada maestra que a punto estuvo de costarnos un disgusto y una manta de palos. Menos mal que sabíamos que en esa celda, en la 25, eran todos poco bravos. A eso se llama dar un cambiazo en toda regla.

Con el tiempo llegamos a tener otra televisión más en la celda. Otra televisión pequeña, esta vez con mando a distancia que nos costó 50 euros en compra dentro de la cárcel.

Tener dos televisores en una celda era un puntazo, sobre todo porque podías usarlas como moneda de cambio. Así, y al poco de comprar el nuevo aparato, nos apostamos a las cartas la televisión vieja que habíamos conseguido con el trueque. Había dos posibilidades ante tal juego: o perdíamos la tele mala, por lo que nosotros pasaríamos a tener una nueva en la celda y los que ganaran tendrían dos; o ganarles una tele casi nueva y tener en la celda tres receptores. Ganamos, claro. Y no tuvimos piedad con nuestros contrincantes y les dejamos sin entretenimiento en la celda. A pasar 15 horas encerrados al día sin ruido de fondo, sin RAI DUE.

Nosotros, que éramos unos presos con algo de corazón, devolvimos la televisión estropeada a los timados, a los de la celda 25; y recogimos el televisor que sirvió de germen a toda esta andadura televisiva. A todo este “sube y baja las escaleras con un pequeño televisor a cuestas”.

Les devolvimos el suyo y recogimos de nuevo el que era nuestro. El roto, como digo. Como éramos muy poco ambiciosos, y la mayoría de jugarretas que hacíamos era para pasar el tiempo, les dimos el televisor roto a los de la celda 21. A Costolica, a Rosso y a sus tres compis. Durante un tiempo usaron el televisor como soporte en el que esconder la droga que entraba en la sección, los cuchillos que algunos usaban en las peleas y el primer teléfono móvil que yo vi en la cárcel. Lo guardaron dentro del televisor justo hasta el día en que tuvieron revisión en la celda.

Daba mucho el cante tener una tele siempre apagada en la celda. Sobre todo cuando se iban a otra celda a mediodía, mientras daban tres capítulos de Alias y salía Jennifer Garner con todo su potencial para encendernos.

 

Pasatiempos

Una de las cosas que más se valoran en la cárcel son los pasatiempos. Por lógico que pueda parecer, el hacer que el tiempo pase cuanto antes allí es fundamental, bien sea por la mañana, cuando se baja al patio y cuando se hacen las relaciones sociales, bien sea por la tarde, encerrado como se está en la celda durante 15 horas del tirón sin salir.

Entre los pasatiempos más habituales había uno que nunca dejó de llamarme la atención: contar los anuncios. Dicho así, de repente, bien podría parecer que la cárcel debería de ser la sala de prueba de muchos jóvenes creativos. Más que eso, yo prefiero pensar que la cárcel es el lugar en el que deberían de ir a parar los huesos de muchos de esos sesudos trabajadores, sobre todo los del anuncio de Gallina Blanca de ahora.

Lo cierto es que cuando hablo de contar los anuncios, hablo, literalmente, de contarlos.

La dinámica era bastante fácil. Lógicamente, los primeros que los leíamos éramos los que teníamos a suerte de recibirlo a diario y a primera hora. Nos repartían gratis Il Messagero y un suplemento local incluido en él: Cronaca di Roma. Semanalmente, y para estar al día de las noticias más importantes ocurridas fuera de Italia, recibía, no sin antes pagar un precio excesivo por ellos, El País, The Times y Haaretz. Cada uno de estos periódicos me costaba 10 euros y recibía las ediciones de los domingos cada martes. No se nos puede olvidar que estaba en la cárcel, no en un colegio mayor.

A diario, decía, abríamos el periódico por la parte de atrás, por la sección de anuncios por palabras y buscábamos los anuncios más interesantes para cada uno de nosotros. Normalmente siempre eran los que se referían a contactos sexuales, claro.

Antes de seguir leyendo, hacíamos apuestas. Nos jugábamos una despreciable cantidad de cigarrillos que ganaba el que averiguaba, a bote pronto, de qué país serían la mayoría de las prostitutas que se anunciaban cada día. Así leíamos los anuncios, con detenimiento, como disfrutando de los servicios ofrecidos, tratando de averiguar de qué país provenía la anunciante. Normalmente venia indicado en el mismo anuncio. Cuando no era así, contábamos el anuncio como nulo y lo tachábamos para no confundirnos en el recuento final. Casi siempre solían ganar los que apostaban por las albanesas, seguidos muy de cerca por los que pensaban que ganarían las chicas de sudamérica.

Así, entre bromas y conteos, recuerdo el día en que Claudio, un rumanito de la celda 37, descubrió cómo su hermana se anunciaba en el periódico. O eso decía él. Eso era, más que un anuncio de putas, una putada. En toda regla, supongo.

Vergüenza

Anoche, tras un duro día de trabajo, vi un pequeño reportaje en la televisión sobre un chico español que por circunstancias y por error está cumpliendo condena en una cárcel en Nápoles. Lo podéis encontrar aquí.

Al verlo, y a pesar de conocer el caso con anterioridad, dos sensaciones terribles me invadieron.

Una fue impotencia. Impotencia de ver cómo en Italia puedes acabar con tus huesos en la cárcel sin pensarlo, sin depender siquiera de ti. Sin haber hecho nada malo.

La otra sensación fue la vergüenza. Vergüenza al escuchar a sus amigos leer las cartas que les envía; vergüenza superlativa al recordar a las personas a las que como él, como Óscar, yo golpeé. Vergüenza de mi mismo porque ayer, y solo ayer, comprendí que esas palizas no eran el único camino. Vergüenza porque en un mundo asalvajado y rodeado de lobos yo, en lugar de marcar mi criterio, me vi arrastrado por las costumbres de allí.

Para ser sincero, he de decir que esa vergüenza me duró solo un rato. El tiempo justo que tardó en llegarme a la cabeza qué me hubiera ocurrido si no hubiera plantado cara, si no hubiera peleado, si no hubiera golpeado, si no hubiera partido recios palos de escoba en lomos de malhechores y cabrones. Y me he dado cuenta de que si hubiera sido vergonzoso, vosotros, hoy, no estaríais leyendo esto. A buen seguro.

Le deseo mucha suerte a Óscar. Fuerza a sus familiares y amigos.

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