Menagerie Intime

Archivar para el mes “octubre, 2011”

Enfermería

Había, en la sección en la que estuve preso en Regina Coeli, tres enfermeros a tiempo parcial mientras que una cuarta hacía las veces de correturnos. Esta última trabajaba en todas las secciones de la cárcel, por lo que solo pasaba por la sección cuando acudía para asistir alguna emergencia o cuando cubría los descansos de los tres enfermeros titulares.
Dos de los enfermeros eran rumanos. Creo que por eso mismo despreciaban a sus paisanos encarcelados. Uno se llamaba Adriano, mientras que la chica se llamaba Valentina. Con el resto de presos, los que no eran rumanos, eran, simplemente, correctos en el trato. Así, cuando por las noches pasaban repartiendo los sobres de medicina a los enfermos, siempre paraban un par de minutos en cada celda para dar algo de charla. A pesar de ser tarde, siempre encontraban a alguien despierto con quien pegar la hebra.
Recuerdo cómo Adriano se reía cada vez que le decíamos a Mimmo que se levantara para recoger la metadona y de cómo Valentina estuvo a punto de desmayarse cuando le enseñamos la polla recién operada de Rami. No es que se la enseñáramos por morbo, que también. Necesitábamos que le diera algún antibiótico para que no se le pusiera peor y eso, allí en la cárcel, está totalmente prohibido, a no ser que te lo recete el médico o que sepas a quién preguntar. Por supuesto, Valentina nos daba las pastillas bajo cuerda cada noche. Por supuesto, recibió su recompensa por aquello.
De la tercera de las enfermeras titulares, no podría comentar nada. Nada más que era una hijaputa de cuidado. Bastaba una mirada para que se emputara con la celda y eso, como todo en la cárcel, tendría sus consecuencias. Todo lo que tenia de rubia y de tía buena lo tenía de cabrona. Una noche, mientras repartía las correspondientes medicinas en la celda 38, un preso, un viejo, le espetó que llevaba casi un año en la cárcel y que todos los días le daban una pastilla de color rojo para dormir. La de ese día era azul, y quería saber si se habían equivocado o le habían cambiado el tratamiento. Por desgracia, en la cárcel las conversaciones no se hacen a baja voz ni con palabras amables. La enfermera buenorra dio parte de la subversión y los guardias acudieron a realizar una perquisición en la celda a las 6 de la mañana. Encontraron, en un vaso de plástico, la pastilla azul que el preso, por prudencia, no había tomado. Les costó, a todos, dos semanas en celdas de aislamiento y traslado de sección pasado ese tiempo. Así se las gastaba la rubia. Mejor no tener contacto con ella. Hijaputa, como ya he dicho.
A la correturnos le debí, durante mucho tiempo, algunos favores que hizo por mi. Cada vez que venía a la sección hacía que me llamaran como si tuviera cita con ella para tratar algún asunto médico. En realidad, en aquel cuarto pequeño, antesala de la enfermería, me daba varias hojas, normalmente dos veces a la semana, que yo me encargaba de esconder y destruir tras leerlas. Me daba, dos veces a la semana como digo, los mails que mi familia y mi ex-pareja le enviaban para mi. A la vez, yo le daba unas cuantas hojas manuscritas que ella, en su tiempo libre escaneaba y enviaba, con total dedicación, a mis familiares. Nunca nadie supo de esta forma de contacto con el exterior: ni los compañeros de celda, ni los abogados y mucho menos los guardias de la sección. Hay cosas que mejor callar. Esos favores quedaron pagados en su día. Concretamente a los tres días de salir de la cárcel.
Aun a día de hoy, a veces recibo algún mail de esta mujer, preguntándome cómo estoy y deseándome siempre lo mejor. Es lo que tiene el haberse conocido por casualidad en la cárcel y el haber pagado, de forma generosa, los favores recibidos.

Hoy (II)

Hace exactamente un año que publiqué esta entrada:

http://lamenagerieintime.com/2010/10/24/hoy/

Sin lugar a dudas, y a pesar de encontrarme en aquella época fuera de la cárcel, en arresto domiciliario pero fuera de la cárcel,aquel fue el día más duro, sentimentalmente hablando, de todos los que he vivido.

Hoy, con todo lo que me pasó grabado con tinta en la piel para no olvidar nunca, el día se presenta muy diferente. Muy animado. Muy lleno de sorpresas.

A pesar de todo, y gracias a ese no querer olvidar, me acuerdo, mucho, de Ali. Su hija nació estando él ya en la cárcel y no la conoce todavía. Tiene ya cuatro años. Me acuerdo, mucho, de Albano. Casi cuatro años ya sin ver a su Fabrizio. De Rami. Casi tres años sin ver a ninguno de sus seis hijos. Y de muchos más.

Aun siendo, hoy, mi felicidad plena, no puedo evitar, de vez en cuando, dejar de sonreír, mirar al cielo y desearles suerte. No tanto a ellos, sino a sus hijos.

Bendito dinero. Maldito dinero.

Antes de ayer, mientras veía esta noticia en el Telediario de la Primera, me indigné. Más aún, si cabe. Me indigné y me enfadé.

No solo por el hecho de que el chico del que habla la noticia lleve en una cárcel italiana más de un año, sino porque, posiblemente, esa estancia se haya visto prolongada por culpa de un abogado inútil, como estuvo a punto de pasarme a mi.

Recordé, entonces, cómo la abogada de oficio que me asignaron tras mi detención, una tal Manuela Palmaria, no vino a visitarme a la cárcel en un mes. Ni siquiera me dirigió la palabra cuando, tras cinco días preso, me llevaron ante el Juez que llevaba la instrucción preliminar del caso (GIP). Cómo ni siquiera fue capaz de mirarme a la cara.

Recordé, también, cómo el abogado español, Emilio, me pidió un pago inicial de 3000 euros para sacarme de allí. Justo al día siguiente después de hablar conmigo, recibió ese dinero. Desde entonces hasta mi liberación solo se encargó de estar en contacto con mi familia, si aportarles ningún dato claro y sin hacer ningún trámite ante el Juzgado. Simplemente, decía, había que esperar a que las “indagini”, las investigaciones, acabaran. Después haría lo que tuviera que hacer.

Recordé, también, cómo, tras ver la pasividad de Emilio, contacté con Nicola, un abogado italiano. Cómo él me dijo, desde el primer momento en que se sentó frente a mi, que todo había sido un error, que sería fácil sacarme de la cárcel y probar que yo era inocente y que para ello, no era necesario esperar a que los Carabinieri concluyeran la investigación. Eso sería una pérdida de tiempo. Tiempo que yo pasaría en la cárcel, mientras tanto. Me acuerdo cómo me dijo que era un caso que, a pesar de corroborar claramente que era inocente, era complejo en cuanto a la excarcelación. Recuerdo cuando me dijo que sus honorarios para sacarme de la cárcel serían de 5000 euros. También me acordé, mientras veía el Telediario, de cómo le dije, con la tranquilidad que daba el llegar holgado a final de mes, que le pagaría cuatro veces lo pactado si me sacaba de la cárcel antes de que acabara julio, el triple si lo hacía antes de que acabara agosto y el doble si lo hacía antes de que acabara septiembre.

Salí de la cárcel el 8 de octubre. Debería de haber salido antes de que acabara septiembre, pero un familiar de la fiscal murió en esos días y se cogió unos días de descanso. Como Nicola cumplió todo lo que me había ido diciendo, no tuve problema alguno en pagarle el doble de lo que habíamos pactado inicialmente. Nunca he pagado 10.000 euros con tanta alegría. Bendito dinero, para el que lo tiene. Maldito dinero.

Dependientes

La cárcel, vista desde fuera, puede parecer el mismísimo infierno. Una vez que entras y te amoldas a sus reglas no escritas, no pasa de ser un sitio desagradable, feo y bruto al que todos, al menos los presos, acaban por acostumbrarse. Acabamos por acostumbrarnos.

Lejos de dar miedo, y una vez pasados los primeros días, llega a dar risa la cantidad de situaciones que allí se pueden vivir. Al menos si estás en el lado de los ganadores y tienes un buen padrino que te ampare y que responda por ti. Porque si no estás en este lado, es verdad que se puede hacer algo difícil, sí.

Así, por ejemplo, puedes llegar a descubrir que la cárcel es un lugar en el que no tienes que hacer nada. Al principio, como digo, solo sobrevivir; pero luego, una vez amoldado y acostumbrado a la vida allí, solo vives. Te dejas llevar mientras la vida exterior pasa sin más. Sin que te des cuenta. Sin que tú lo notes.

Llegas a pensar, y esto pasa al mes de estar preso, que la vida real es la que se vive en la cárcel, mientras que la vida que vivías fuera de ella se antoja como un espejismo. Y mientras te pasa esto, notas qué fácil es ese tipo de vida en la que no tienes que preocuparte por otra cosa que no seas tú mismo y tu seguridad. A veces, y a los que nos gusta la marcha, pensabas, también, en la de las personas detenidas cercanas a ti. En tus amigos, si acaso puedes denominar así a las personas que conoces en tan extremas circunstancias.

A lo largo de los meses, te vas cerciorando de que la vida es eso. Es un continuo pensar en ti mismo, en tu seguridad, en tu estabilidad, en tu felicidad y en poner estos aspectos como base fundamental de tu vida. A veces, incluso, llegas a engañarte diciendo que necesitas esa vida plena para poder, entonces, aportar algo a los demás. Y posiblemente, en la cárcel, la vida tenga que ser así.

El caso es que los que salimos de allí y, a veces, recordamos que la vida no es otra cosa sino resolver tus problemas personales, nos equivocamos. Y tras casi un año en completa libertad, te das cuenta de que hay momentos puntuales en los que, sin darte cuenta de una forma consciente, echas de menos esa vida. Hay veces en las que, de una forma inexplicable, puedes llegar a echar de menos la vida en la cárcel.

Hay momentos, como digo, en los que, sinceramente, puedes llegar a pensar que te estás volviendo loco.

Repetidores

Hace poco más de un año que salí de la cárcel y aún a día de hoy sigo asombrándome de la cantidad de repetidores que había por allí, de la cantidad de personas que entraban y salían, continuamente, de la prisión.

Había personas, como digo, que habían hecho de la cárcel su forma de vivir, su hogar. Eran los mismos cuya filosofía de vida se basaba en delinquir, en joder a los demás. Podríamos pensar que eran personas egoístas, cuando la realidad es que eran personas que no pensaban ni en sí mismas. Eran, simplemente, actores en su propia vida y la veían pasar sin darle importancia.

Así, por ejemplo, estaba Manolito. Un chileno soplapollas, amable, pero soplapollas, al que tuvimos que darle una palia por bocazas. Tenía 29 años y había ingresado en el Gran Hotel Regina Coeli 14 veces. En total había pasado unos 9 años en la cárcel.

También estaba mi compañero de celda Rami. Mentor excepcional donde los haya, conocedor de la filosofía de la cárcel en lugares tan dispares como Sudamérica y Europa. Ex asaltador de bancos, traficante aficionado de droga, charlatán y parlanchín como el que más. 39 años, de los cuales 20 los había pasado, completos, en la cárcel. A veces me sorprendo pensando en las batallitas que me contó, tratando de averiguar cuál era verdad y cual mentira. Una de las que más me llamó la atención por su espectacularidad, y por consiguiente la que menos me creía, resultó ser verdad: se fugó de una cárcel en Ecuador a punta de fusiles de asalto. Es lo que tiene saber buscar en Internet.

Otro de los repetidores que conocí era un clásico de la cárcel. Un barbón que vivía tirado en algún callejón cercano a la estación de Termini, sin agua, sin comida y sin televisión. Un hombre clásico, digo, que un día descubrió que lo mejor de tirar de los bolsos de las turistas incautas no es el botín en sí, sino la temporada que pasas durmiendo en una cama, con duchas, con comida a diario y con tele, al calor del hogar del presidio. Así teníamos uno en nuestra sección, en la celda 31, si bien es cierto que en cada una de las secciones de la cárcel te encontrabas alguno en su misma situación.

Y como ellos, 170 más en mi sección.

Posiblemente podría echarle la culpa a la sociedad, al sistema, a los políticos. Eso lo pensaría, posiblemente, si fuera seguidor y/o correligionario de los anarkas del 15-M (rejuvenecido ahora bajo las siglas 15-O). También podría pensar que han tenido una infancia traumática, alguna circunstancia que les ha hecho crear un tipo de relación dependiente de la cárcel. Eso lo pensaría si fuera un gili. Posiblemente, y para no pecar ni de una cosa ni de la otra, la solución al porqué hay tantos repetidores la deberíamos encontrar a medio camino. Mitad sistema, mitad dependencia. Lo explicaré, creo, otro día.

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