Menagerie Intime

Archivar para el mes “septiembre, 2011”

Vacío

Una de las cosas que he aprendido en la cárcel es a estar solo. No me refiero a estar sin gente alrededor, sino a estar solo interiormente. Vacío.

Esta sensación de vacío, de soledad, me ha ayudado a hacer más llevaderos mis días allí. Me ha ayudado, también, a estar ahora entero o incluso vivo, que ya es algo. Esa sensación de soledad, digo, me ha ayudado a sacarlo todo de mi. A veces he tenido que sacar lo peor, a veces lo mejor; porque cuando te ves solo, cuando no tienes a nada ni a nadie en quien agarrarte ni que se agarre a ti, comienza la lucha por sobrevivir, y entonces haces cosas impensables en otros momentos de tu vida.

He aprendido, también, a enchufar y a desenchufar esta sensación de vacío de la que hablo. Y lo hago de una forma tan natural que, a veces, llega a sorprenderme. Desconecto del mundo con la misma facilidad con que vuelvo a conectar. Esa desconexión, también, es la única forma posible de pasar el tiempo en la cárcel sin que la ganas de colgarte con las sábanas pasen por tu cabeza. El tapar los recuerdos de hechos y de personas te ayudan, también, a estar vivo y a que el tiempo que pasas encerrado en la celda no se haga eterno. Otro mecanismo de supervivencia.

Hoy estoy solo. Desconectado. Y en esta soledad voy a declarar, dentro de unas tres horas, ante el tribunal que juzga al juez y a la fiscal que me tuvieron durante cuatro meses y medio en la cárcel sin motivo.

Sin lugar a dudas, se trata, creedme, solo de sobrevivir.

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Metadona

En la cárcel, y ahondando en la clasificación de personas, además de con los buenos con los malos, te puedes encontrar con los pensadores y con los no pensadores; esto es, con los que necesitan medicina para dormir y con los que no.

Los que necesitan la medicina para dormir (normalmente gotas) son ese tipo de personas que fuera de la cárcel van de duros, pero en verdad son como mantequilla en una sartén. Ese tipo de personas que se comen la cabeza por cualquier nimiedad y no están tranquilas ni en su propia casa. Ese tipo paranoico que no puede dejar de pensar que los astros se han alineado en contra de él.

Lo peor de estos tipos no es que se enfadaran cuando les decías “prepárate, que viene la enfermera repartiendo la metadona” cuando por la noche pasaban repartiendo la medicina. Le peor, digo, es que se hacen tolerantes y adictos, a la vez, a la medicina, de forma que la dosis que hoy les hace efecto, a la semana siguiente no deja de ser un chupito que más que calmar da alegría durante 5 minutos. Entonces, cuando el que no duerme se empieza a poner nervioso, se suple la carencia de medicina con golpes. Bien fuertes.

Y así, casi sin haberlo pensado, hemos obtenido otra clasificación de personas: las que golpean y las que son golpeadas.

Por suerte, entendí esto a la perfección desde mis primeros días en la cárcel, así que me puse del lado de los que golpeaban. Evidentemente, la vida iba a resultarme mucho más fácil.

Otro día, por puro interés antropológico, contaré cómo hacer para poder dormir bien. Para no necesitar medicinas.

El novio de Antonella (RIP)

En este mundo hay dos tipos de personas. Los buenos y los malos. Y nada más. En esas dos categorías se pueden englobar todas las personas.

Lógicamente, como en todo, siempre hay algunos que intentan parecer malos, pero son más buenos que el pan y otro que intentan parecer buenos, pero en realidad son más malos que un dolor. Estos, evidentemente, son los peores. Sobre todo si no los ves llegar, si no te das cuenta de que son un lobo con piel de corderito. Vaya cabrones.

En la cárcel también es así. Están los buenos y los malos. Los indios y los vaqueros. Y los peores son los mismos, los que llevan plumas en la cabeza y revólveres en el cinto.

Así era Giorgio. De los malos, malos, malos. De los que trataban de engañarte diciendo que no había roto un plato en su vida. Realmente no lo había roto nunca hasta que se lió la manta a la cabeza y con premeditación y alevosía mató al novio de su hija. Cuatro disparos en la espalda, a bocajarro. Simplemente porque no le gustaba. Porque Giorgio esperaba para su hija Antonella, a pesar de ser la hija de un frutero, un príncipe azul. Con caballo y castillo. O eso parecía.

Así era Giorgio. Se le cruzaron los cables, se compró una pistolita de las que disparan hierro y esperó a que su futuro yerno, ayudándole en la frutería, cargara con una caja de melones. Apostando a caballo ganador, y viendo que el muchacho no tenía escapatoria, sacó la pistola y le disparó por la espalda. Cabronazo.

En la cárcel se las daba de bueno, de enrollado, pero siempre supe que era una máscara. Tenía cara de mamón. Y eso no se lo quitaba ni con gafas ni sin ellas.

Románticos

Hay un hecho que tiene un peso sumamente importante en la cárcel, por lo menos en Regina Coeli: casi todos los presos son unos románticos con las parejas que dejan fuera. O eso era lo que decían. Al menos los presos que recibían visitas semanales.

Hay una actividad en la cárcel que, a pesar de lo que pueda parecer, da mucho juego, es muy divertida y en la que se disfruta a rabiar. Hablo, sin duda alguna de la misa de los domingos. Digo que es divertida porque es una de las pocas oportunidades de ver a presos de todas las secciones juntos. Las otras son los coloquios con el abogado o los posibles traslados al Tribunal. Así, la misa de los domingos era tan concurrida que el director de la prisión tomó una medida para que la misa no fuera muy multitudinaria: solo podían asistir dos presos de cada celda.

Así, la misa dominical, se convertía en un punto de unión, una quedada de amiguetes a los que menos les interesaba eran los rezos, los cantos o la homilía del capellán. Allí lo interesante era contarse cómo había pasado la semana, qué novedades había en tu caso y, en semanas puntuales, a quien atizar el siguiente domingo. Un aspecto fundamental de ir a misa llegaba al final de la misma, justo cuando los guardias se afanaban por enviar a cada preso a su sección y estos, a su vez, ponían todos sus esfuerzos para llegar al altar y coger alguna de las flores naturales que allí habían. Era la única forma de coger una flor natural en la cárcel. Era la única forma de llevar una flor a tu pareja cuando viniera a verte a lo largo de la semana. Por estos motivos estaba muy mal mirado por los románticos detenidos ser egoísta con las flores y coger más de una significaba, automáticamente, ser señalado para la semana siguiente. Eso, evidentemente, no lo sabía el nuevo preso, gordo como un tonel de vino, tóxicodependiente que se encontraba alojado en la cuarta sección. Por eso mismo, cuando aquel domingo de comienzos de septiembre cogió todas las flores blancas que había en al altar escribió su sentencia. Y él no lo sabía, pero le quedaba, exactamente, una semana de tranquilidad.

Al domingo siguiente, cuando llamaron para la misa, yo bajé. Me habían recomendado que fuera a la misa de ese domingo, que sería movida, que no me la perdiera. Y fui.

Fue justo al final, cuando entonábamos las últimas estrofas del Salve Regina que tan bien recordaba de mis años escolares, cuando el gordo se acercó, de nuevo como una apisonadora, a robar las flores. Fue también en ese momento, justo cuando el gordo se disponía a acercarse a la puerta de su sección, cuando los guardias se dieron la vuelta e hicieron caso omiso a lo que sabían que iba a pasar. Los 15 policías penitenciarios que habían estado velando por el orden durante la misa, decidieron, supongo que incitados por alguien, no ver nada.

Yo me mantuve al margen, tal y como se me había comentado, de forma que si había problemas con los guardias no me viera implicado en medio de una batalla campal. Vi cómo al gordo, al florista, le caían floreros sobre la cabeza, cómo le llovían golpes de casi todos los presos allí presentes. Vi cómo le patearon la cabeza. Vi, de forma clara, la expresión de su cara cuando perdió el conocimiento. Luego vi cómo se repartían las flores, cómo los presos se dispersaban, cada uno de camino a su sección y vi cómo llamaban a enfermería.

Desde entonces hasta hoy, cada una de las pocas veces que he visto un ramo de flores blancas en una iglesia me acuerdo de este gordo. Del gordo tóxicodependiente que desde aquel entonces no ha abierto la boca. Sigue en coma.

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