Menagerie Intime

Archivar para el mes “agosto, 2011”

Cagadas

Creo que he comentado en alguna ocasión la disposición que tenían las celdas en Regina Coeli. Se trataba de tres pequeñas estancias interconectadas por una especie de hueco en el muro, que hacía las veces de puerta, sin puerta. En la última estancia, en la del fondo a la izquierda, se situaban la cocina y el baño, separados estos por un cierre metálico con cristales de esos que no se pueden romper fácilmente.

Lo de que no se pueden romper fácilmente lo averigüé el día en que vi cómo un tío de más de 100 kilos caía como el plomo sobre una de estas cristaleras y esta no se resentía. Ni lo notaba.

Esta separación por cristaleras hacía que tanto el íntimo momento de cagar a pulso, como el necesario momento de cocinar la cena, fuera un engorro. Total. Porque aquí cagar, lo que se dice cagar, cagamos todos. También a veces a pulso, como digo. Pero ahora de hacerlo para ti a hacerlo en público, la diferencia es grande. De hacernos pajas ya ni hablamos, claro.

Los presos solíamos arreglar este problema de intimidad con un poco de papel de periódico y mucha cola vinílica. Concretamente, con dos periódicos y con ocho botes de cola a diario. Cada vez que hacían conteo en la celda, el guardia de turno decía que o quitábamos los papeles de los cristales y los dejábamos más limpios que una patena o nos empapelaba él a nosotros y nos llevaba a todos al séptimo, a las celdas de aislamiento.

El periódico lo recibíamos gratis a diario. Solo algunos privilegiados. La cola, la comprábamos los martes y llegaba los jueves. Bastaba ver en el cuaderno de la compra 56 botes de cola para averiguar lo que íbamos a hacer. Cubrir una y otra vez los cristales del baño. Varias veces al día.

Eso era así hasta que un día, con mucha tranquilidad y más discreción, hablé con el guardia encargado de revisar mi celda. Desde ese día, y a cambio de 100 eurazos semanales, dejamos de cambiar los papeles dos veces al día y pasamos a tener que cambiarlos una vez al mes. Lo que viene siendo “hacer la vista gorda”. Sí. He pagado 400 euros al mes por cagar tranquilo. ¿Qué pasa?.

Presos astutos, como Albano, tardaron un día, solo un día, en darse cuenta de que no cambiábamos las cubiertas varias veces al día. Fue al ver un periódico del día anterior aún pegado en la cristalera. Es lo que tiene la vista gorda.

Desde ese día, algunos presos amigos venían a defecar a nuestro baño por las mañanas, mientras las puertas de las celdas estaban abiertas. A bote pronto sé que puede parecer escatológico, pero ni os imagináis la de pago de vuelta que recibí por este favor de mierda. Aquí estoy, vivo y coleando, con diez dedos en mis manos y diez más en mis pies.

A la segunda semana de no tener que cambiar los periódicos, estuvimos a punto de romper nuestro trato con el guardia. No porque él no cumpliera, que cumplió como un campeón, sino porque nos aburríamos. Leer las mismas páginas del periódico durante un mes seguido cansa mucho. Muchísimo.

Alguna persona, posiblemente, se preguntará cómo hacía para que el dinero en efectivo entrara en la cárcel. Meter 100 euros semanales en chiqui-chiqui en la cárcel no es fácil. Ni fácil ni está permitido. Otro día lo contaré. Cuando todo acabe.

Mohammed

A lo largo de mi vida, he tenido la ocasión, en innumerables ocasiones de comprobar que casi todas las personas tenemos un olor característico que nos define, que nos delata. Algunas personas desprenden un olor fuerte, como a amoniaco. Hay otras, sin embargo, que desprenden un olor natural del que fácilmente podrías quedar prendado.

He dicho que casi todas las personas tenemos un olor característico porque no todas las personas que conocí lo tenían. Por ejemplo, me acuerdo ahora de Mohammed. Un morito marroquí que conocí en la cárcel y que no tenía un olor característico, sino tres. Uno diferente cada semana. Además, los tenía de forma rotatoria, con lo cual uno siempre podía calcular en qué semana del cautiverio se encontraba con el mero hecho de olerle.

Mohammed, como buen morito marroquí, estaba en la cárcel por no se qué de hachís. Un clásico, claro. Era un charlatán. No paraba de contar historietas, algunas descaradamente inventadas, y con ello ayudaba a que alguna que otra mañana en el patio el tiempo transcurriera más rápido. Mohammed además de ser un charlatán era sordo de un oído. O eso decía él, porque bien que cuando la conversación era interesante se enteraba de todo a la primera. También respondía si por el lado del oído sordo se le decía: “Mohammed, mierda para los sordos”. Siempre se giraba el tío. No fallaba. Así que llegué a la conclusión de que se lo hacía. El sordo, digo.

Comentaba que Mohammed tenía tres olores, a saber: olor a Fairy, olor a Ariel y olor a gel de baño Neutrogena. Uno cada semana. El motivo era muy simple y muy complejo a la vez. Mohammed no tenía mucho dinero. Tampoco su familia le ingresaba dinero suficiente como para vivir medio en condiciones en la cárcel. Así que lo que hacía Mohammed era apañarse con lo que iba pidiendo y con lo que los presos le iban dando. Y lo hacía con una planificación bestial. Había días en los que pedía un poco de Ariel para la ropa. Cuando se le daba, lo guardaba. Guardaba todos los cacitos de Ariel que le dábamos todos los presos generosos para usarlo a la semana siguiente. Había días en que Mohammed, en lugar de pedir Ariel, pedía a los presos un poco de Fairy. Y todo el Fairy que le iban dando, era guardado para ser utilizado a la semana siguiente. Otros días, como se puede intuir, lo que pedía era gel de baño. Y lo guardaba, también, lo recolectado para ser usado a la semana siguiente.

Cuando llegaba la semana de usar el Fairy, por ejemplo, lo hacía todo con Fairy: lavaba la ropa con Fairy, se duchaba con Fairy, se lavaba el pelo con Fairy, se lavaba las manos antes y después de comer con Fairy… Era la semana Fairy. Semana si grasa, supongo,

Durante la semana del Ariel, ídem de ídem. Ducha con Ariel en polvo. Bestial. En la semana del gel de baño seguía el mismo procedimiento, llegando a lavar también la ropa con este gel. Llegué a imaginármelo afeitándose tras hacer espuma con el Fairy o con el Ariel. Un puntazo tendría que ser, sí. Lo de lavarse los dientes preferí no pensarlo. Porque sí. También usaba Ariel o Fairy para los dientes.

Así era lógico que todo él, ropa incluida, desprendiera un olor muy característico semanalmente.

Recuerdo que cuando tuve conocimiento de que mi orden de excarcelación había sido firmada y de que sería puesto en libertad en las siguientes horas, cómo le llevé a su celda todos los productos de aseo personal que tenía en mi armarito: gel de baño, crema Nivea, champú, pasta de dientes, cepillos de dientes sin usar, espuma de afeitar… Todo. Me acuerdo cómo me miró y cómo lo rechazó todo. Sus palabras fueron muy claras: “Ahora que me he aprendido el orden de los olores, a quién pedir cada producto y el sistema, no me jodas ni me hagas cambiarlo”.

Noticias

Recuerdo que hace un año recibí una visita muy especial en la cárcel. Una visita de la que nadie ha sabido hasta hoy. Bueno, casi nadie.

Me acuerdo perfectamente de aquel momento porque tuvo lugar tal día como hoy, 8 de agosto. No lo podré olvidar porque este día es el cumpleaños de mi hermano mayor. Concretamente, él es el único que conoce de este coloquio que mantuve. Supongo que porque es el que mejor me conoce, supongo que es porque es el más cabal de mis hermanos, supongo que se lo conté a él porque sabía que sería el único en creerme. Hoy lo escribo aquí, aun a riesgo de que los que lo leáis penséis que estoy loco. Pero pasó así, tal y como lo comento.

Recibí, decía una visita muy especial. Al igual que había pasado 18 años antes, mi abuela materna vino a visitarme en sueños. Aquella vez, en una trágica noche en junio del 92, vino para despedirse. Para acariciarme y para decirme que se iba. Que se moría. O que ya había muerto, que es lo mismo, pero no es igual. Recuerdo cómo me desperté con su tacto en mi mano, con sus palabras en mis oídos y su beso en la mejilla. Dos minutos después, justo dos minutos después, sonó el teléfono de casa. Era mi tía, que llamaba de madrugada para decir que mi abuela había muerto. De aquel episodio solo tienen conocimiento un puñado de amigos y personas de confianza. Por no despertar susceptibilidades, ninguno de mi familia. Ni siquiera mi hermano.

El verano pasado, la noche entre el 7 y el 8 de agosto, mi abuela volvió a venir a mi sueño. Vino para decirme que no me desesperara, que me olvidara de salir en septiembre, como mi abogado había pedido al tribunal. Mi salida sería a primeros de octubre. Y todo iría bien. El día 8 de octubre, casi sin recordar lo que me dijo mi abuela, salí de la cárcel. Habían firmado mi excarcelación.

No vino solo a decirme eso. Me dijo muchas cosas más. Me dijo que Noa, mi hija, estaba bien. Que me echaba de menos, pero que estaba bien. De salud y de ánimo. Me dijo que la pequeña empresa de mi padre y mis hermanos había empezado a sentir la crisis, que le habían dejado un par de facturas grandes pendientes de cobro y que a raíz de eso se iban a complicar las cosas mucho. Pero que de todo se sale.

Me dijo que mi madre había estado dos días antes en el hospital. Había ido de urgencias por una subida de tensión motivada por mi situación y por las noticias derrotistas que el abogado español, el que no contaba para nada en mi defensa, el que ha cobrado pasta solo por informar a mi familia y tratar de darles ánimos. Por esta subida de tensión y este acudir al hospital, le detectaron una flebotrombosis en la pierna derecha (así de concreto me dio el diagnóstico mi abuela) que podría haberle causado una trombosis. Por suerte había ido al hospital y no llegaría a nada más. Eso me lo prometió mi abuela.

Me habló de mis hermanos, de los cuales me explicó cómo uno de ellos se había ido a vivir con su novia, de cómo mi hermano menor tenía problemas con mi sobrina y su madre, de cómo mi hermano mayor, a pesar de lo que podría parecer a primera vista, se había convertido en el pilar de la familia.

Me explicó cómo mi familia había decidido no decirle nada de mi situación a mis tías con el fin de no preocuparlas. Les decían, simplemente, que estaba muy liado con el trabajo, viajando de allá para acá. Me explicó cómo no entendía la decisión que había tomado mi madre, cómo no se apoyaba en sus hermanas, cómo no trataba de buscar apoyos en lugar de tapar la situación.

Todo eso y muchas cosas más, tan privadas que sería un delito por mi parte publicarlas aquí. Cosas que se quedarán conmigo.

Recuerdo cómo me dijo cuando ya se iba, justo antes de darme un beso, que ella estaba para protegerme. Que siempre me protegería como me dijo el día que se despidió de mi. Que ella y su padre eran mis ángeles de la guarda y que lo serían por siempre. Que no me preocupara por nada. Que todo saldría bien. Tiempo al tiempo.

Al día siguiente escribí una carta a mi hermano mayor. Le dije que sabía la situación económica, que sabía lo de mi madre, lo de mis hermanos menores y lo de que él se había convertido, contra todo pronóstico, en el valiente de la casa. Le di instrucciones muy concretas sobre a quién llamar en caso de necesitar sacar dinero de mi cuenta del banco, de cómo actuar en las situaciones venideras. Le informé de que mi salida sería en octubre. Le expliqué, de forma muy concreta, la visita que me había hecho mi abuela y de todo lo que me había dicho.

De su respuesta, que llegó casi diez días después, recuerdo una frase muy concreta: “Pues no voy a tener más narices que creerte, porque supongo que donde estás, con esos muros tan gordos,  este tipo de información no llega tan rápido”.

Los pies en la tierra

En la cárcel aprendí muchas cosas. Muchas.

Mentiría si dijera que el periodo que pasé allí no me ha servido para tratar de ser mejor en mi día a día, en mi vida cotidiana. Así que sí, a diario me acuerdo de lo que pensaba allí, de lo que aprendí. Y lo intento aplicar.

Una de las cosas más importantes que aprendí es qué es un verdadero hombre. No hablo de ese tipo de persona que se pone after shave sin siquiera pestañear ni sentir el escozor de la piel seguido de un sudor frío. No hablo de tíos cualquiera. Hablo de hombres.

Como digo, en la cárcel aprendí que un verdadero hombre es aquel que, una vez decidido algo, se planta con los pies firmes en la tierra y defiende, a capa y a espada, lo que piensa. Lo que quiere. Puede ser que haya decidido matar a un vecino porque pone la música alta por las noches o también puede ser que haya decidido luchar contra viento y marea para tener una vida mucho más feliz. Pueden ser muchas cosas las que se decidan, pero eso es, para mi, un hombre. El que lucha por ellas.

Recuerdo que otra de las cosas que aprendí en la cárcel, y esto lo aprendí justo en el momento en el que por primera vez sentí una reja cerrarse a mis espaldas, fue que para nada vale hacer planes anticipados. Para nada vale preocuparse por qué hay que hacer en un determinado periodo de tiempo. No merece la pena vivir agobiado, pensando siempre en el futuro, casi sin disfrutar del presente. Con un soplo de viento, con una mala alineación de los astros, todo se puede ir al garete. No puedes pasar la vida tratando de cubrir casuísticas, posibles problemas, incidencias que puedan surgir ante tal o cual plan. Porque hacer eso, significa vivir agobiado. Y vivir agobiado en el hoy significa no disfrutar del día a día. He aprendido a que vivir con la cabeza en el futuro no es más que vivir en el mismísimo cuento de la lechera. Es vivir sin tener los pies en la tierra. He aprendido, y este es el resumen de esta lección, que todo futuro, por certero y seguro que parezca, es incierto. No merece la pena pasar agobios, no. En Israel, país al que me encuentro unido por un motivo muy especial, hay un dicho popular que dice: “Mientras el hombre hace planes, dios baraja y reparte las cartas”. Pues eso.

He aprendido en la cárcel que la prisa mata. Esa era una frase que yo repetía mucho antes de caer preso en Roma y es una frase que sigo repitiendo mucho. La diferencia es que ahora, cuando la digo, comprendo todo su contenido. Soy consciente de que es real. De que la prisa, en la cárcel y fuera de ella, mata. Te mata anímicamente en la cárcel, porque cuando tienes prisa, no dejas de mirar el reloj, y cuando no dejas de mirar el reloj, las horas parecen que pasan más lentas, parece que son más largas las cabronas. Te mata físicamente porque, una vez muerta la moral, lo único que te queda es colgarte de una ventana con una soga preparada, con cariño y esmero, trenzando los jirones de tela arrancados a las sábanas. La prisa, definitivamente, mata.

Aprendí, durante mi cautiverio, que no merece la pena perder el tiempo en hacer cosas inútiles. Tampoco merece la pena perder el tiempo con personas inútiles. Mucho menos merece la pena perder el tiempo haciendo cosas que no quieres hacer, cosas impuestas en plazos impuestos. Y no merece la pena porque tenemos una sola vida y porque dentro de esa vida, tendremos momentos que no nos gustarán. Casi mejor que esos momentos lleguen solos. Nada de buscarlos.

Una de las cosas de las que también me percaté en la cárcel, que ya la sabía, pero que surgió allí con más fuerza, es que quería, quiero, ver crecer a mi hija. Quiero ayudarla a hacerse una persona limpia, buena. Quiero sufrir con todas y cada una de sus caídas y disfrutar después con todas y cada una de sus levantadas. Las primeras con algo de ayuda, las siguientes ella solita. A lo torero. No quiero dejar de besar sus manos, sus ojos, su frente ni sus pies cada día. No quiero dejar de oír su risa. Como tan bien explicó mi amiga Carmen un día, a los cuatro vientos: “No quiero perderme ni una sola de tus risas de cascabel, quiero ver cada día tus rizos al viento, comprobar cómo los zapatos te quedan pequeños. No quiero estar ausente en ninguno de tus fracasos, quiero celebrar cada uno de tus pequeños logros, ser lo último que veas al dormir. No quiero más nunca estar lejos de ti, no quiero ser tuyo en la distancia”.

Así que aquí estoy. Momentáneamente en Israel, disfrutando del hecho de ver crecer a pasos agigantados a mi hija, con los pies en la tierra. Aprovechando el tiempo todo lo que puedo. Sin pausa, pero sin prisas. Tratando de no dejar que nada me agobie, que nada me enturbie este momento y no haciendo más planes que los estrictamente necesarios y haciéndolos, además, por orden de ejecución. Nada de correr a lo loco.

He tomado una decisión. Me ha costado mucho tomarla, pero ya estoy inmerso en ella. Ya no hay vuelta atrás. Y eso significa que, como el hombre que he aprendido a ser, la voy a llevar a cabo. Voy a defender mi postura ante quien haga falta. Voy a mantener mi postura a pesar de todo y de todos. Y lo voy a hacer a mi manera. Porque hay cosas que nadie puede hacer por mi.

Prometo que hoy se me han saltado las lágrimas al aplicarme after shave en la cara. Pero eso, ya, no me importa. Y no me importa porque hoy me he dado cuenta de que tengo los pies firmes en la tierra.

Los panes (de los peces hablaremos otro día)

Todos los días, en la cárcel, nos ocurría lo del chiste ese de la familia de pobres, cuyos hijos preguntaban a su padre continuamente cuándo iban “a comer pan de hoy”. La respuesta del padre, siempre impertérrito, era la misma cada día. “Mañana, hijo. Pan de hoy lo comeremos mañana”.

Pues, como decía, eso mismo nos pasaba a nosotros, a los presos. A pesar de que el pan lo repartían cada mañana, a razón de tres bollos para cada preso, desde el mismo momento de recogerlo  se notaba correoso, pasado. Del día anterior, vamos.

Los lunes eran los días en los que el pan se repartía, supongo, solo para justificar un trato humano a los detenidos. Pan del viernes. O del sábado, en el mejor de los casos.

Recuerdo que, cuando estaba en la sección séptima y luego en aislamiento total, lo recogía para partirlo en trocitos pequeños y dárselo a las palomas que danzaban alrededor del Tíber. A pesar de lo absurdo de la situación, era un pasatiempo más. Así ocupabas entre media y una hora del día. Del largo día.

Cuando me cambiaron a la sección tercera, concretamente cuando me mudé a la celda 35, nosotros, los de mi celda, dejamos de recogerlo. A pesar de todo, nos daba pena tirarlo. Preferíamos que fuera la conciencia de los carceleros la que se llenara de remordimientos. Luego nos dimos cuenta de que no les remordía nada. Simplemente no lo tiraban. Lo volvían a poner en el saco común y lo repartían al día siguiente. Así que volvimos a cogerlo para tratar de aprovecharlo de alguna forma.

A veces hacíamos una especie de bizcocho con la miga del pan, con algo de leche, algo de agua y azúcar. Lo justo para que nos otorgara, por un momento, la sensación de libertad que habíamos perdido. Lo justo. Concretamente, un bocado. El resto lo regalábamos a los presos que no tenían una lira. A pesar de estar malo, sabíamos que se lo comerían con pasión. Es lo que había.

Prometo que una vez vi cómo usaban los panes como proyectil. Fue en una batalla campal, en el patio. Por suerte ese día yo iba a la biblioteca y vi el movimiento de personal desde la ventana de las escaleras, justo cuando bajaba de la celda a la cancela donde nos llamarían para ir, en orden, a entregar los libros recogidos. Tuvo que ser grande la que se lió. Lo intuí porque cuando volví a la sección no se veía el suelo de piedra y hormigón del patio. Estaba todo cubierto de pan. Por eso y porque las celdas estaban cerradas a cal y canto. Era la forma de castigarnos que tenían los policías penitenciarios. Tuvimos el patio lleno de palomas durante una semana. Como el otro chiste, ese de “las mil palomas mensajeras. No te ensajero nada, amigo”. Como para haber tenido una escopeta de plomillos y haber comido pajaritos a diario…

Esta vez, y supongo que por el tipo de armamento utilizado en la bronca, como castigo de larga duración decidieron no darnos pan durante una semana. Lo que no sabían es que, en el fondo, nos estaban haciendo un favor.

 

 

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