Menagerie Intime

Archivar para el mes “julio, 2011”

Frederico (no confundir con otra entrada que se llama Federico)

Me he dado cuenta de que desde hace unos días solo escribo de cosas que me pasan en la actualidad relacionadas con situaciones que he vivido en la cárcel. Supongo que es porque ahora, cada día, pienso en lo que hacía hace un año, en cómo ha cambiado mi vida de un verano a otro y, porqué no decirlo, en todo lo que he aprendido. En la cárcel y después de ella.

Ayer, sin ir más lejos. Ayer compré un frederico. Un electrodoméstico de esos que les metes cervezas calientes y al ratito ya están frías. Quien habla de cervezas, habla de chuletas, agua, botellas de té y comidas y bebidas variadas. He de decir que a pesar de no comprarlo para mi, sino para mi empareja,  lo conseguí a un precio muy asequible. Y es que a veces, a gitanito, no hay quien me gane. Pero esto no es lo que quería escribir hoy.

Decía que a raíz de comprar el frederico ayer, me acordé de los fredericos que teníamos en la cárcel. Todos último modelo. Por ejemplo, en la celda 35, la primera celda en la que viví cuando me llevaron a la tercera sección de la cárcel, teníamos un cubo de plástico azul. Ese era nuestro frederico. Le habían hecho un par de agujeros en la parte superior, antes de llegar al fin del plástico, de manera que el cubo nunca se llenara de agua. Lo teníamos puesto en un bidel que nadie usaba, con el agua fría corriendo a todas horas. Durante todo el día y toda la noche. En el cubo metíamos las cocacolas que Vincenzo compraba, los tupperware con filetes de carne que la madre de Tibi le traía una vez a la semana, las botellas de agua para que se mantuvieran ajenas al calor del verano romano… cositas así.

En la celda 30, la segunda y última en la que viví, teníamos como frederico una triste fuente de plástico, de esas que utilizábamos para recoger la comida asquerosa que nos repartían. En esa celda éramos mucho más estoicos, por lo que solo utilizábamos el citado plato para enfriar la botella de té que hacíamos cada mañana y que con tanto gusto y frescor nos bebíamos por la noche, en la cena. Para optimizar el rendimiento del electroméstico, cubríamos la botella con un paño de cocina hecho con alguna toalla vieja de vete tú a saber qué preso. Un pequeño chorro de agua caía sobre el trapo de manera continua, de forma que este se mantuviera siempre mojado y, a su vez, enfriara el líquido elemento que tanto nos haría disfrutar en las veraniegas tardes.. Se trataba este frederico, pues, de uno con mucha menos capacidad y más ecológico que el de la 35, la verdad. Sobre todo porque solo teníamos el agua corriendo durante el día. Por la noche no había nada que enfriar. Si el ministro Sebastián me leyera, nos daría un premio a la eficiencia energética. Por lo del cortar el agua por las noches y porque íbamos sin corbata. Para ahorrar aire acondicionado, claro.

Contaba la sección tercera, también, con un arcón congelador que hacía las delicias de los presos. Un solo arcón congelador, cerrado a cal y canto, con llave y candados incluidos, situado en la planta baja, justo al lado de la oficina de la Brigadier. El horario de apertura del congelador era de 11 a 12 de la mañana. Tres días a la semana (si no recuerdo mal, eran los lunes, miércoles y viernes). Debido a ese horario, nosotros, los de mi celda, la 30, no metíamos nada allí. Digo lo del horario porque el que los marcó (llámese el Director del Penal) lo hizo a mala idea, sin lugar a dudas. A saber. Los productos congelados que se podían comprar en la cárcel se repartían los sábados. Ya de por sí venían a medio congelar, la verdad, pero eso tiene un pase. El caso es que el director de la cárcel te obligaba a tenerlos en la celda hasta el lunes a las 11 de la mañana, momento este en que si querías, podías bajar y guardarlo en el arcón comunitario. Por todos es sabido que los productos congelados, una vez descongelados, no se deben de volver a poner a temperaturas bajo cero. Bueno, todos no sabemos eso. Había presos que tras tener una bandeja de frutos del mar (denominación errónea, supongo que debida a un error tipográfico, ya que por su sabor, presencia y textura deberían haberse denominado “frutos del mal”) 48 horas en su armario de la celda, los bajaban al congelador. Con dos cojones. Miedo me daba pensar en cuántas personas padecían de diarreas durante esos días.

Así que ahora, por todo esto que he escrito, veo al frederico como un utensilio inútil. Un armario de frío que ocupa un espacio que bien podría estar dedicado en la cocina a otros menesteres. A veces hasta me descubro mirándolo con indiferencia, incluso con rencor. Está claro que donde se ponga un chorrito de agua fresquita…

Venganzas

Mi madre es mucho de dichos. Quiero decir, que le gusta mucho relacionar las cosas que le pasan en el día a día con algún refrán aclaratorio. Supongo que son cosas de madres. Muchas veces la he oído decir, en tono amenazante un “Ya pagará el francés el vino que se bebió”, aludiendo de soslayo a la venganza y a la paciencia infinita como herramientas que han de estar unidas para conjugarse correctamente.

Está claro que mi madre, por suerte, no ha estado en la cárcel. Lo digo porque allí, paciencia, lo que se dice paciencia, se tiene a raudales, pero cuando se trata de vengar, castigar o incluso corregir alguna acción errónea de cualquier preso, la paciencia se esfuma. Así que, desde un punto de vista carcelario, la paciencia y la venganza no han de ir necesariamente juntas.

Piernas rotas, brazos con multitud de profundos cortes horizontales, ojos sacados de su sitio, escaramuzas en las escaleras… todo era fruto de la venganza y de la poca paciencia. Y yo mientras, casi a diario, pensando en el refrán de mi madre… A veces, muchas veces desde luego, dejaba de pensar en lo que mi madre decía y me agarraba a otro refrán muy castizo “A todos los cerdos les llega su San Martín” (y el tuyo ha llegado ahora mismo). Lo del paréntesis lo añadía yo. Concretamente, tu merecido lo recibirías al día siguiente de hacer las fechorías, al día siguiente de ser delatado. Sin juicio y sin posibilidad de justificarte. Con saña y con maldad. Así son las cosas.

Tengo claro que en la vida, como en la cárcel, la venganza fría duele más, pero no cumple con el efecto corrector de la conducta deseado, ya que se corre el riesgo de que las personas no sepan porqué se les pasan las cosas. Así que, desde hace un tiempo, las venganzas las prefiero rápidas, por favor.

Me he acordado de estas situaciones hoy. Y me he acordado porque he visto a un vecino soplapollas, el mismo que ayer me desinfló las cuatro ruedas del coche (según el resto de vecinos lo hizo para que yo entendiera que, a pesar de estar permitido, no debía aparcar delante del muro de su casa. Se ve que no es la primera vez que lo hace. Para qué usar las palabras, si se puede joder al personal). Lo he visto, digo, cambiando todas y cada una de las ruedas de su furgoneta de reparto de lencería. Algún cabrón ha pasado esta noche y le ha reventado las cuatro ruedas. Porque para qué desinflarlas, si se pueden rajar. Navaja albaceteña importada a Israel incluida.

Prometo que yo no me he manchado las manos de grasa, que yo no he sido. Quizá lo único que se me puede reprochar es que me haya reído de mi vecino. Bueno, que me haya reído y que le haya dicho “como no eres francés, sino ruso, han debido de tomarte por un cerdo, así que hoy es tu San Martín”. Ahora solo falta comprobar que mi vecino ha aprendido la lección.

Y así he vuelto a casa sonriendo, tan tranquilo. Pensando en el cerdinski y en San Martiniski. En eso, claro, y en otro dicho de mi santa madre. “Dios no se queda con nada de nadie” (aunque seas ruso).

Frío

Ayer, en un viaje de placer, he ido a un spa. Un lugar de esos en los que a base de rociarte con agua, a veces calentita, a veces fría, alegan que tu salud mejora.

Mientras estaba en una de las duchas frías que me dieron, no he podido evitar pensar en el verano pasado, en la cárcel.

No he dejado de pensar, digo, en lo terso que tenía el cutis tras las duchas frías que me daba a diario. Frías porque el agua caliente, o incluso templada, estaba cortada. Concretamente estuvo cortada desde el día 15 de julio. Cuando salí de la cárcel, el 8 de octubre, aún no había vuelto.

La falta de agua caliente fue la mecha que encendió algunas de las protestas que los presos tuvimos en contra de la dirección de la cárcel, incluso avaladas y  permitidas por los policías penitenciarios de nuestra sección.

Algunos presos, muy comprensivos con la postura de la dirección de la cárcel y, también supongo, muy calurosos, alegaban que esa medida era fundamental para mantener el orden y para que los detenidos no fuéramos violentos. El día en el que, a pesar de ducharse con agua helada, le dieron una paliza, su teoría quedó echa añicos. No. No prevenía los problemas de violencia en la cárcel.

La mayoría de los presos, yo incluido, nos inclinábamos a pensar que la institución penitenciaria se ahorraba el gas para calentar el agua y que con ese ahorro, el director, como buen italiano ejemplar, se iba de putas. De picos pardos.

El caso es que no era tan molesto el ducharse con agua fría como el que lo tuvieras que hacer en una habitación cuya puerta y ventana estaban siempre abiertas, situadas estratégicamente una enfrente de la otra, haciendo así que una corriente de aire te golpeara cada vez que salías chorreando. Eso era frescor, y no lo que producen los caramelitos de menta cuando te los comes. Eso era frío.

Ayer, decía, en el spa, me acordé de todo esto. Tuve la misma sensación, la de estar en la cárcel. Y encima, pagué por ello.

Porco Dio.

 

 

 

Otro error

Podréis comprobar en el enlace que os dejo que no he sido el primero en ser confundido con la persona equivocada.

Podréis comprobar que otro español también pasó 8 meses en la cárcel por error. Y eso que había fotos del que buscaban, que si no…

Si a mi me ofrecieran 85.000 euros por lo que pasé, se los metería al juez por el culo. Uno a uno. No por el dinero, sino porque no es capaz ni de imaginar cómo se vive allí dentro, en la cárcel.

Por desgracia, no seré el último en pasar por esto.

Los errores ocurren. Cosas que pasan.

http://www.corriere.it/cronache/11_luglio_05/il-medico-scambiato-per-un-narcos-in-cella-otto-mesi-luigi-ferrarella_86ca4058-a6ce-11e0-bbaa-d83a3b6f7958.shtml

Elefante

Hace unas semanas escribía aquí que volvía a Roma por un mero aspecto formal del proceso. A pesar de no tener la obligación de asistir a las vistas del proceso que he abierto en contra del juez y la fiscal que me tuvieron preso, quise volver y estar allí de forma presencial. Por el proceso en sí y porque esos días, si todo iba según lo previsto, me iban a devolver todos mis objetos personales que los carabinieri cogieron de mi casa cuando hicieron el registro pertinente tras mi detención.

Merecía la pena ir a Roma solo para ver cómo liberaban los bienes secuestrados durante casi un año. Parte de mi vida.

Y así fue. Los carabinieri, y siguiendo el mandato del juez, me entregaron lo que habían cogido de mi casa. Casi todo.

A pesar de que aún faltan cosas por entregarme (que no han sido entregadas todavía porque alegan que se han perdido, aunque en el folio de secuestro están muy bien especificados), volví de allí muy contento.

El motivo de mi felicidad no era el verme, de nuevo, usando mi ordenador MacBook Air. Tampoco era el tener en mi mano el GPS que usaba en todos mis desplazamientos por Europa. El que tan bien conoce los recorridos que hay desde todos los aeropuertos que he pisado y todos los hoteles en los que me he alojado.  GPS que ahora usa con alegría mi cuñado, que es un sol. Tampoco me alegré por la impresora, la verdad. Sentí por ella una alegría tan pasajera que se la regalé a Nicola, mi abogado. Varios útiles personales, del tipo cuadernos con notas de trabajo y pequeños pen drive de poca capacidad fueron a la papelera directamente.

Sí me alegré un poco más cuando vi que me devolvían un disco duro en el que solo tenía las fotos y los vídeos que había tomado el verano anterior con dos amigos, mientras pasábamos el tiempo yendo desde Madrid hasta Mongolia en coche. Me alegré porque creo que es la única copia que tenemos de todo ese material. También porque hay un vídeo en el que se demuestra que también se cayó el cubrecárter cuando D conducía. No solo cuando conducía yo. Así que el día que lo vea, se enterará de lo que es cimbrear.

El objeto que sin duda me hizo más feliz fue volver a tener en mi mano, en mi bolsillo, mi llavero. Un llavero de madera. Un llavero comprado en la India. Un llavero que me regaló mi amiga Laura cuando volvió de aquellos lares. Un elefantito negro, con una manta pintada en color naranja y con dos cascabeles en las patas. Laura. Esa amiga a la que veo de higos a brevas, pero a la que siempre tengo en la cabeza porque me da mucha energía, mucha fuerza y mucha paz interior. Laura. Esa chica que confirma que la amistad es pura. Laura. En la que tantas veces he pensado mientras estaba en la cárcel. Laura. Que tanto me ha ayudado, sin ella saberlo.

Solo por eso, solo por este elefante, solo por ese recuerdo de Laura, volvió la pena volver a Roma unas horas.

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