Menagerie Intime

Archivar para el mes “junio, 2011”

Mechero

El día 23 de julio, viernes, me llevaron al Tribunal por primera vez. Mi abogado italiano había conseguido una vista de urgencia con el único fin de que yo pudiera pasar todo el mes de agosto y septiembre fuera de la cárcel. Posiblemente lo pasaría en una comunidad, sin poder salir, pero no en la cárcel. En un ambiente más cordial.

A pesar de que la vista estaba fijada para las 12 del mediodía, el procedimiento interno del penal obligaba a los presos a salir de la cárcel por la mañana temprano. Por eso, ese día, me levanté especialmente temprano. Tan temprano que cuando el guardia de turno vino a despertarme, a las 6 de la mañana, yo ya llevaba una cafetera entre pecho y espalda.

Antes de salir de la cárcel, antes de montarnos en un autocar blindado, pasábamos por un humillante ritual que incluía volverse a desnudar delante de los guardias para comprobar que no llevabas nada peligroso con lo que fueras capaz de preparar tu huida en el traslado. Luego grilletes, recoger una bolsa con dos manzanas (ya que pasaríamos todo el día fuera y esa sería toda nuestra comida), abrazo del guardia para que no intentaras correr y al autobús. Siempre pensé que un viaje Madrid-Barcelona de madrugada en autobús era incómodo. Claro que nunca había pensado en cómo puede ser que te lleven por el centro de Roma encadenado a otro preso por una muñeca y por la otra a una barra fija de hierro. Eso es incomodidad. Si el preso al que te amarran es, además, un tóxicodependiente que no para de dar el coñazo preguntándote si tienes un mechero para encenderse un cigarro, el viaje es apoteósico.

Una vez en el edificio del Tribunal, y conducidos como el ganado que éramos, nos enclaustraban en una celda pequeña con otros 6 presos. Apenas teníamos espacio para movernos y había un banco que hacía las veces de confesionario entre nosotros. Decidimos, casi sin hablarlo, usarlo de forma rotatoria. Así todos nos sentaríamos un poco a lo largo del día. Estuve allí, en aquella mierda de celda, encerrado todo el día. Desde las ocho de la mañana que llegamos hasta las cuatro de la tarde, que salimos de vuelta a la cárcel. El juez que tenía que decidir sobre mi libertad, el que llevaba mi caso, había decidido tomarse el día de descanso. No había ido a trabajar alegando no sé qué enfermedad, por lo que el juez suplente encargado de cubrir esta baja y las próximas vacaciones del juez titular, decidió que no quería ni verme. Que él no quería tomar ese tipo de decisiones sin ser aquel su tribunal exclusivo. Sin haber leído nada del caso. Así que ni me llamaron para declarar, ni para que me vieran la carita de bueno que tengo.

Mi abogado sí consiguió conseguir permiso para bajar al calabozo a verme y comentar la jugada del día conmigo. Mientra Nicola me hablaba, me iba dando cuenta de lo miserable que puede ser el mundo, la vida. De lo duro que es albergar esperanzas y que te las tumben con un solo soplido. De lo difícil que sería salir de allí. De que pasaría, como poco, otros dos meses más en la cárcel (agosto y septiembre eran meses perdidos a la hora de hacer algún trámite).

Dos minutos después de que Nicola se fuera, justo dos minutos después, mi compañero de esposas, el tóxico, volvía a preguntarme por el mechero. Un segundo después, y sin yo saber cómo lo hice, me vi cogiéndole del cuello con la mano que tenía libre y empujándole contra la pared con todo el peso de mi cuerpo. No sé cómo lo hice. No sé de dónde saqué esa fuerza. Pero con mi metro y medio mal medido me vi amenazando a aquel pobre dependiente que me ponía los nervios a flor de piel. “No tengo mechero, no tengo mechero, no tengo mechero. Te lo he dicho mil veces ya. Y deberías de haberte dado cuenta. Si lo hubiera tenido, hace tiempo que estarías ardiendo vivo”.

Argentina

Hace un año, la selección española de fútbol se batía en cuero en los campos verdes de Sudáfrica con el único objetivo de ganar un Mundial.

Mientras tanto, yo me defendía de mi, del miedo y de la cárcel. Puede parecer tópico, pero es real. Una de mis grandes preocupaciones al ingresar en la cárcel era que no me abrieran el culo. Con el tiempo me di cuenta de que se tipo de historias solo ocurren en las películas mal documentadas. En la cárcel pueden pasar cosas peores que esa. Mucho peores.

Una de las bazas que jugué en pos de mi integridad física fue hablar poco. Con las personas justas. Tanto en cantidad como en actitud. En la cárcel, eso, te salva.

Recuerdo hoy, no sin cierta sorna, a un nigeriano que bien podría haberse llamado Armario y tener de apellido Empotrado. Lo conocí en el patio de la sección séptima. Ese mismo al que salía 10 minutos al día.

Este negrito (más bien negrón) tenía varias cualidades fundamentales que hicieron que me decantara por él a la hora de conversar. Una de ellas, claro, era su tamaño. Infinitamente superior a la media de las personas que estábamos detenidas. Otra era que, bajo mis ojos y como pude saber después, controlaba a todo el grupo de negros que estaban en la sección. Y eso era controlar al 30% de los detenidos. Otra razón: hablaba inglés. Y yo también. Poco italiano hablaba yo por aquella época. Eso fue una gran ventaja. Una, también, fundamental: le gustaba el fútbol. A mi no, pero sabía que la excusa del Mundial me ayudaría.

Efectivamente, hablaba de fútbol. 10 minutos al día. 10 minutos aguantando al negrito soltándome la plasta. Que si sabía mucho de fútbol, que si había hecho un dineral apostando, que nunca se equivocaba en lo que decía. Yo, cauto de mi, le dejaba hablar, asentía y, muy de vez en cuando, hacía apreciaciones sobre los jugadores de los que comentaba algo, sin saber muy bien si jugaban de porteros o de delanteros. Bastaba hacer una apreciación general del tipo: “Ese jugador es bueno, sino no estaría en la Selección Nacional. Lógicamente”, para que mi recién encontrado amiguete se lanzara y ocupara el resto del paseo hablando de logros y hazañas futboleras de las que yo no tenía ni puta idea. Bastaba ese comentario pueril para que todo el patio, para que toda la sección, viera a ese españolito bajito hablando en buena sintonía con el capo de los negros. Y con eso me bastaba a mi también.

En un momento, en una de esas charlas que tuve con el negrata, me di cuenta de qué era la cárcel. De qué tipo de personajes y de historias me iba a encontrar allí. De que la cárcel, también, está llena de mentirosos y de tíos mierda de los que es mejor cuidarse. Fue en un momento. Fue justo cuando me dijo que había apostado no sé cuántos milles de euros a que la final sería España-Argentina. En ese momento comprendí que el negrito no había ganado apuestas de fútbol en su perra vida, que el negrito no había leído de fútbol en su puta vida y que, posiblemente, basaba sus conversaciones futboleras conmigo en mi pasotismo y desconocimiento del deporte (¿rey?). Era imposible que España y Argentina se enfrentaran en la final, ya que iban por el mismo lado del cuadro clasificatorio. Como mucho podrían haberse cruzado en semifinales, pero nunca, nunca, nunca en la final.

Ese día, en ese momento, cuando el negro hablaba, supe que él basaba su control sobre los negros en el miedo que le pudieran tener. En la fuerza. No en la cabeza. No en que era un líder, sino un temido. Y ese día, justo ese día, comprendí que no debía de tener miedo de nada. Me faltaba fuerza, sí, pero cabeza, lo que se dice cabeza, iba sobrado si comparaba con el resto de los presos. Y ese iba a ser mi fuerte. Iba a aplicar, en circunstancias extremas, las técnicas sobre liderazgo que explicaba en clases con directivos de empresas. Parece ser que las técnicas funcionaron. Estoy vivo. Y coleando.

Hora a hora

Si hace un año me hubieran preguntado qué se puede hacer en una hora, hubiera respondido que pocas cosas.

Si hoy me lo preguntan, soy capaz de responder mil cosas. Aún más si la pregunta es qué se puede hacer en 24.

Ahora, hoy, por ejemplo, vivo cada hora como si fuera la última. Y noto cómo a pesar de volar, aprovecho el tiempo como nunca imaginé.

Ahora, hoy, me acuerdo de mis primeros días en la cárcel, de mis primeros días en la sección séptima. Me acuerdo de cómo el tiempo parecía no pasar. Entre otras razones, supongo, que porque no teníamos reloj. Recuerdo cómo pasaba 23 horas y 50 minutos al día en la celda. Me acuerdo del rumano Marian y del negro Robert. De cómo pasaba el día leyendo el libro que llevaba encima cuando me detuvieron. De cómo lo estudiaba. Recuerdo cómo el único momento del día en que el reloj corría eran los 10 minutos diarios de bajada al patio.

Recuerdo y me sorprendo. Me sorprendo porque no me he vuelto loco. Me sorprendo porque, a pesar de todas las circunstancias, fui capaz de adaptarme a aquel encierro, a aquel sistema de vida. Me sorprendo de que nunca pasara por mi cabeza el quitarme la vida. El que nunca me viniera abajo y el que siempre mantuviera la moral y la integridad altas.

Me sorprendo, como digo, de la cantidad de cosas que puedo hacer en una hora. Me sorprendo de poder recorrer 110 kilómetros, ir de una ciudad a otra, mientras que en la cárcel solo podía optar a ponerme en una u otra postura en la cama.

Sorprendido. Ahora sé qué es la libertad. Y ya nadie me la podrá quitar.

100.200

Hoy se cumple un año de mi detención. De mi injusta detención, de he añadir.

Hoy se cumple un año de que me asignaran un número de detenido. Un número de matrícula que me fue asignado al entrar en la cárcel romana de Regina Coeli.

Me correspondió un número redondo. El 100.200. Soy el preso 100.200.

El mismo número que hoy luzco tatuado con números romanos en mi antebrazo derecho. Para no olvidar.

Pelados

Hoy luzco una considerable maraña de pelo en mi cabeza. Un pelucón que, a veces, hace que algunas personas se confundan y piensen que llevo un casco en la cabeza, pero no siempre fue así.

En la cárcel, concretamente, no fue así. Siempre iba con el pelo corto, bien corto. Por higiene, sobre todo. Hace poco me preguntaron cómo me cortaba el pelo allí, y comprendí que no os he contado la historia de Andrea, el peluquero.

De edad muy similar a la mía, con barriga prominente, pelo peinado a cepillo y perilla muy cuidada, teníamos un peluquero en la sección. Concretamente estaba estudiando para ejercer ese oficio cuando se declarara su libertad. No sé porqué estaba en la cárcel ni cuánto tiempo le quedaba allí hasta completar su condena. Lo que sí que tengo claro es de que como no aprendiera a pelar mejor, no tardaría en volver a la cárcel de nuevo. Porque eso no era un corte de pelo. Eso era un delito.

Solía pelar en la sección tercera los sábados por la mañana. Concretamente, y para que aquello no pareciera una feria más que una peluquería, pelaba un sábado a cada planta. Así, pelaba un día a los de la planta baja, otro a los de la primera, otro a los de la segunda, después a los de la tercera y volvía a comenzar el ciclo. Los pelados eran gratis y no eran obligatorios. No solía tener mucha clientela. Pero eso no lo comprendí hasta que me peló por primera vez.

Incauto de mi, me decanté, esa primera vez, por un pelado a lo Valentino. Un pelado a tijera, como un hombre clásico debe hacer.  Como se ponía a pelar en una pequeña sala que había en la planta baja (concretamente en la que el cura intentaba, una vez a la semana, meternos mano sin éxito) no había espejo, ni silla reclinable ni ningún otro aparejo profesional. Simplemente una máquina de pelar a bocados, unas tijeras sin punta (de esas de cortar las uñas a los bebés) y un pseudo-peluquero que con más pena que gloria sudaba tinta china para tratar de igualar el cabello.

Me dejó, esa primera vez, echo un cristo. Cuando me miré en el espejo de plástico del cuarto de baño de mi celda no pude más que maldecir y cagarme, literal y lógicamente, en su puta madre. Por el pelado y porque ahora tendría que esperar un mes para arreglarme el estropicio.

A las cuatro semanas, como mandan los cánones, pasé por la “peluquería” de nuevo a pedirle que me recortara con máquina, solo con máquina, al 1. Así lo hizo. Así lo intentó, debería de decir. Me dejó la cabeza como una bola de billar con saltos. Unos pelos más largo que los otros me daban un look de desarraigado, de dejado de la vida innegable. Parecía un anarquista recién sacado de Leicester Square. Me dejó, esa segunda vez, echo un Judas.

Dejé pasar el tiempo, con la única intención de que ese tiempo hiciera su trabajo y cubriera las calvas de la forma más digna posible. Y así pasó.

He de decir que por unos días llegué a comprender a todos aquellos presos que, tras tirarse una tarde entera en el cuarto de baño afeitándose la cabeza con cuchillas BIC, lucían cicatrices sangrientas en el cuero cabelludo. Lucir cicatrices no es nada comparado con lucir esa sensación de haber sido esquilado. Llega a ser hasta algo más glamouroso. En la cárcel.

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