Menagerie Intime

Archivar para el mes “mayo, 2011”

Ganado

En la cárcel no había megafonía. Tampoco había teléfonos a los que avisar a los presos. Ni siquiera había servicio de habitaciones que se pusiera en contacto contigo en caso de que fuera necesario. Alguna que otra vez estuvimos tentados a quejarnos en recepción por el mal servicio prestado, así como por el hecho de el cambio de sábanas solo se realizara una vez a la semana, pero siempre desistíamos. No era una situación cómica, desde luego.

El caso es que escuchar cómo algún guardia gritaba tu número de celda o, directamente, tu primer apellido, te hacía estar alerta. Gritos que recorrían toda la galería, que la inundaban de una punta a otra. Que iban desde una escondida planta baja hasta una alta tercera planta. Gritos a lo que tenías que responder con celeridad si no querías recibir la más que segura reprimenda y el más que probable golpe por parte de los guardias emputados. Gritos que yo comparaba, todos los días, en los mismos que los cabreros dan a las cabras descarriadas. Y así era cómo me sentía. Como una cabra. Como una cabra a la que perdían el respeto.

El motivo de que gritaran tu nombre podía ser muy variado. Si lo gritaban a primera hora de la mañana era porque te llamaban para firmar en un libro, denominado modelo 13, en el que se reflejaban todas las comunicaciones que tú mantenías con el Juzgado, con tu abogado o con la fiscal. Yo fui un asiduo del “modelo tredici”. Me pasé todo el verano enviando solicitudes para que me dejaran llamar a mi familia. Cada tres días. Invariablemente. También podía ser que te llamaran para ir a la enfermería. Nunca pisé la enfermería de la cárcel. Y es algo de lo que me alegro solemnemente. Supongo que era una de esas estancias en las que, a buen seguro, entras sano y sales con siete enfermedades pegadas (y digo siete por no decir mil).

Si te llamaban sobre las 10 de la mañana, si gritaban tu nombre a esa hora, es porque tenías carta certificada y tenías que bajar a firmar el recibí de la misma y para que la abrieran, como era costumbre, delante de ti. Como era costumbre cuando te la daban. Ese tipo de cartas, normalmente, se perdían en el camino. Y si se perdían las certificadas, mejor no pensar qué pasaba con las ordinarias.

Si era miércoles, jueves o viernes y te llamaban entre las 11 y las 13 estabas de suerte. Tu familia había venido a verte.  Cuando decían “coloquio familia” yo nunca prestaba atención. Sabía que para mi no era. Más que nada porque la fiscal no lo permitía. Más que nada porque no pude recibir visitas en el tiempo que estuve en la cárcel. En una de las cartas ordinarias que sí me llegaron recibí una foto de mi hermano mayor, con muchos menos kilos de los que le recordaba, sentado en la puerta de Regina Coeli. Por detrás, escrito a mano y con su letra, simplemente ponía “Sintiéndote cerca”. El abogado español le había hecho pensar que si se plantaba allí, en la puerta, le dejarían pasar a verme, así, a lo loco. Maldito cabrón.

Cualquier día entre semana, de lunes a viernes, entre las 10 y las 15, te podían llamar para ir a coloquio con tu abogado. Era uno de esos momentos en los que, a pesar de no salir de la cárcel, te sentías libre. Salías de tu sección, caminabas por pasillos que, las primeras veces, parecían un mundo irreal, una exploración. A pesar de ir esposado, esa caminata, esos 5 minutos que había desde la sección hasta llegar al área donde te esperaba el abogado sabía a gloria.

Cuando llegabas a la zona en la que estaban los abogados esperando, te hacían esperar en una pequeña celda en la que estaba prohibido fumar pero en la que todo el mundo se saltaba la norma. Estábamos en la cárcel, joder. Allí todos, o casi todos, nos habíamos saltado la ley. Me gustaba ese momento “celda común de seis metros cuadrados con 14 o 15 personas metidas a la vez”. No solo me sentía cabra cuando gritaban el nombre. En aquella celda me sentía ganado. Bovino, concretamente.

Allí, mientras esperabas a que me llamaran para entrar en la habitación con el letrado entendías, también, qué es la cárcel, cuál era la mentalidad de la mayoría de los presos. Lo fantasmas que eran algunos y lo discretos que eran otros. Allí, en aquella celda de reja maciza en color blanco, conocías a presos de otras secciones, te enterabas de qué pasaba en los otros brazos de la cárcel, preguntabas por fulanito o por menganito, algún preso que de tu sección pasó a otra por mala conducta, porque era un infame o, simplemente, porque sí. Allí pasábamos los nombres de los chivatos, de los que cambiaban de una sección a otra con el único fin de sentirse protegidos sin saber, que en la cárcel, la única protección te la brinda el ir de cara, con la cabeza bien alta y los cojones bien gordos. En aquella celdita se fraguó una de las palizas más memorables que yo viví. La que le dieron –dimos- al tóxico gordo de la sección segunda que se quedaba todos los domingos con las flores de la misa. Esa paliza, tras la que pasó de ser tóxicodependiente a, simplemente, dependiente. Esa paliza que antes o después tendré que contar.

Había días en los que me tiraba allí, en aquella celda, en la antesala del pasillo que conducía al abogado, media mañana. Y lo hacía con gusto. Nicola, mi abogado, sabía que allí, apretujado, estaba en mi salsa. Que me gustaba ver todo lo que veía, escuchar todo lo que escuchaba y conocer a todos a los que conocía. Por mero interés antropológico. Y como lo sabía, siempre hacía que me llamaran de la sección el primero de todos y que me devolvieran el último. Y eso lo hacía una o dos veces a la semana. Tanto fue el cántaro a la fuente que al final se compró un abono transporte. Tanto iba yo al coloquio con el abogado y tan buena era siempre mi conducta, mi educación, que un buen día dejaron de ponerme las esposas y daba ese paseíto de 5 minutos, que pasaba por la parte interna de la puerta principal de la cárcel, hablando y contando chistes con el Brigadier encargado de mover a los presos dentro de la cárcel de un sitio a otro.

Alguna vez, entre risas, le dije al Brigadier, mientras pasábamos por la puerta “el día menos pensado pego una carrera y salgo por la puerta grande”. Él, muy serio, con ademán de circunstancia y con la voz engolada me respondía, siempre: “Estás a 20 metros de la libertad, de la calle. Solo te pido que lo hagas un día que yo no esté trabajando. No vayas a joderme, my friend”.

28 de septiembre

Recuerdo la tarde del 24 de septiembre como una de las más felices. Recuerdo el fin de semana siguiente, los días 25 y 26, con el mismo nerviosismo que se apoderó de mi durante aquellos días. Recuerdo el lunes 27 como el día más largo de mi estancia en la cárcel.

Me acuerdo tan bien porque aquella tarde, la del día 24, vino un guardia a llamarme a la celda. Justo después de repartir la cena. Era el momento del día en el que se recibían en la cárcel las notificaciones del Juzgado. La verdad es que no lo recuerdo porque el guardia me llamara, ya que ese ritual se había repetido ya en nueve ocasiones anteriormente, a lo largo de todo el verano. Lo recuerdo tan bien porque esa tarde, al recoger con desidia el papel del Juzgado, el guardia que hacía funciones de escribano me sonreía mientras me miraba. “Ahora sí”.

“Ahora sí”. Ahora, ya, por fin, el juez y la fiscal daban su aprobación a que pudiera llamar por teléfono. A que pudiera comunicarme con mi familia. “Ahora sí”. Ahora, ya, por fin, podría pedir permiso al director de la cárcel para que me dejara llamar por teléfono 10 minutos a la semana a casa. 10 minutos que, como pude comprobar poco después, te colman el alma de alegría, de tranquilidad, de tristeza, de malestar. De emociones.

Por primera vez desde que estaba en la cárcel tenía una esperanza. Por primera vez, mi estancia no se basó en dejar pasar el tiempo, sino que pasó a convertirse en desear llamar. Y ese error, esa sensación, llenó el fin de semana de nervios.

Pedí permiso para llamar el martes, 28 de septiembre. La noche anterior, la del lunes, fue la única noche que pasé en vela mientras estuve allí. Había decidido hablar con mi hija y con Sarit. Tenía 10 minutos para hablar con ellas. Y no paraba de darle vueltas y estructurar todo lo que quería decir.

A mediodía, a la 1. A esa hora me llamaron para bajar a llamar. Más concretamente me llamaron para contestar el teléfono. Un guardia llamaba desde una centralita y luego pasaban la llamada a tu módulo.

Sorpresa. Sarit no se esperaba que yo llamara. No sabía que ya tenía permiso para hacerlo.

Llanto. Realmente, en la noche en vela, llegué a pensar que no me emocionaría. Que sería capaz de mantenerme frío.

Alegría. Al fin. Estaban bien. Me sentían cerca. Me hablaban todas las noches. Y yo casi las sentía.

Tristeza. Por el abandono. Por haberle hecho creer a mi hija que estaba trabajando. Por haberle hecho creer que todo estaba bien. Mejor así. Pero tristeza.

Recuerdo que le describí a Sarit la cárcel como si fuera un “hotel malo, de esos que no llegan ni a tener puntas de estrella”. Recuerdo cómo sentía a Noa brincar detrás del teléfono. Cómo escuché su risa, cómo sentí sus sonrisas. Cómo le prometí que pronto estaría con ella. Cómo le dije que se portara bien, que no le diera guerra a su madre. Cómo me dijo que quedaba un mes para su tercer cumpleaños. Recuerdo cuando me dijo que había estado con el brazo escayolado parte del verano y me partió el alma. Aunque yo eso ya lo sabía. Recuerdo mil sensaciones. Mil sentimientos.

Me acuerdo perfectamente de la rabia que sentí cuando la llamada estaba a punto de acabar, cómo le dije a Sarit que llamara a España, a la familia, y que les dijera que ya podía llamar. Que el lunes siguiente, 4 de octubre, llamaría a casa de mi padre porque era su santo. Y porque estaba, ya, hasta los cojones de no poder felicitar a nadie. Recuerdo el beso que ella me mandó. El beso que Noa me mandó. El “papá, te quiero mucho cartucho”. El “te echo de menos, papá” final, a voces.

Lo recuerdo todo de esa llamada. La tengo clavada. En la cabeza y en el corazón. Recuerdo cómo sentí odio por aquellos que me arrebataron el tiempo junto a mi hija. Recuerdo cómo les llamé, a voz baja, miserables. Y no lo olvidaré nunca.  Recuerdo.

Ahora, con el paso del tiempo, con la distancia que dan los kilómetros y los meses, tampoco puedo alejar de mi esa sensación. Sin ninguna obligación, sin ninguna cárcel de por medio, he puesto distancia entre mi hija y yo. Sigo viviendo a 5 horas de avión de ella. Y a pesar de llamarla a diario, a pesar de hablar con ella mucho tiempo todos los días no puedo dejar de sentir que ahora, el miserable, soy yo.

Armador

Yo lo llamaba Federico, aunque su nombre real bien podría haber sido Chin lu o Chun li, que al caso viene a sonar de una forma muy parecida. Federico, digo que yo lo llamaba. Sin ningún motivo en especial. Sé que podría haberlo llamado Julito o Tomasín, incluso Niño de la capea, pero me decidí por Federico. Y es lo que hay.

Federico era un chino al que conocí, también, en la cárcel. Era un chino que no hablaba ni una palabra de italiano y que, a duras penas, pronunciaba alguna palabra correcta en inglés. Aún así, él y yo nos entendimos. Como pudo me contó que le habían detenido por un soplo. Alguien le había señalado con el dedo y fueron directos a por él. Me decía, entre risas, que tenía un club de prostitución de lujo en el dentro de Roma y que al entrar la policía al mismo, encontraron una importante cantidad de un tipo de droga aún desconocida en Europa. Y lo decía, digo, riéndose. Jactándose de su proeza. Federico era, por lo tanto, un tipo que manejaba mucha pasta. Mucha pasta. También él. Como Vincenzo.

Salía poco al patio, la verdad, pero cada vez que salía, causaba sensación. Solía ir con un kimono de seda. Literal. Tenía 8 o 9, pero sus dos favoritos eran uno púrpura y otro rojo. Alguno que otro intentó reírse de él, incluso atizarle un mal golpe, pero esas ganas se vieron completamente domadas el día en que nos vieron a Albano, a mi y a él paseando por el patio. Ese día, ese mismo día, Federico sabía que su vida en la cárcel sería más llevadera.

Alguna que otra vez vino conmigo a la Biblioteca Central a buscar algún libro en chino. Todavía recuerdo las risas que nos echamos con el bibliotecario cuando fue a anotar en el listado de préstamos los libros que se llevaba Fede. Los títulos estaban en chino, así que solo ponía números: “Federico: se lleva los libros 1, 2 y 3”.

Convencí a Fede para que se comprara la maqueta de un barco. Concretamente, y como uno barre para casa, lo convencí para que se lo pidiera a Sebastian. Pagara lo que pagara, siempre algo nos favorecería en la celda, ya que se pagaba en producto y en compras hechas. Así yo conseguía, de forma directa, ahorrar algo ya que era el que pagaba la compras. Así, sin comerlo ni beberlo, me vi haciendo tareas de comercial de un improvisado astillero a escala 1:50. El acuerdo fue claro y no presentó muchos problemas: Fede pagaría a Sebastian 3 camisas de manga larga (para cuando viniera el frío), 6 paquetes de tabaco de liar, 6 paquetes de papel de fumar y 200 euros en productos alimenticios y de limpieza general. Un negociazo. He de decir que le metí tantas ganas por el barco a Fede que cada vez que le pedía algo más siempre asentía. Todo a pagar cuando el barco fuera entregado.

El barco fue una pasada. El único que Sebastian hizo bien. Le ayudé un poco para que tardara poco tiempo en entregarlo y para que Fede lo pagara rápido.  Y así fue. Y pagó. Hasta el último paquete de pasta Barilla.

Así fue cómo inicié mi corta pero prometedora carrera de armador. Tras el barco de Federico vino un catamarán para Stefano. Os va a sonar raro pero cuando me fui de la cárcel, lo hice con algo de pena por no haber podido ver finalizado, con mis propios ojos, ese catamarán que tantos dolores de cabeza y tantas horas de sueño me robó.

>Cinco y medio

>Las celdas, en Regina Coeli, se componen de tres pequeñas estancias. Tres pequeños cuartos de los cuales dos son dormitorios y el tercero sirve de cocina (simplemente porque allí tienes la pila para fregar los platos) y de cuarto de baño, dividido esta tercera estancia por una mampara de cristal totalmente transparente. Otro día entraré en detalles.

He contado, más de una vez, que cada celda, en Regina Coeli, estaba ocupada por cinco personas. Tres en una pequeña zulo y otras dos en el otro. Esto es válido para todas las celdas, excepto para la 35, en la que pasé más tiempo. La que considero como mi celda.

En mi celda éramos, a saber: Rami, Rolando, Sebastian, Mimmo y servidor. O eso es lo que yo pensaba hasta que una de la primeras noches que dormí allí, y como acto normal de persona ahorradora, tras ir al baño por la noche, apagué la luz de la cocina. Rami, que dormía con los ojos abiertos, dio un salto de su cama y me dijo que no apagara la luz, que la dejara encendida. No pude parar de reírme al comprobar cómo un preso veterano como él, curtido en mil batallas y en cuatro cárceles podría tener miedo a la oscuridad. Él, simplemente, me dijo: “No es miedo, es que si no, no puedo dormir con el ruido de platos”.

¿Con el ruido de platos? Al ver mi cara de sorpresa, al notar que no me había dicho nada, procedió. Apagó la luz de la cocina y, mientras los otros tres dormían, no quedamos apoyados en el quicio de la puerta, como si esperáramos a alguna morena que bajara de la grupa de su caballo y nos pidiera fuego, ojos verdes.

Pasaron tres minutos, en los que Rami solo me hacía el signo universal que significa “silencio”. Como las enfermeras en los carteles. Y lo recuerdo porque me acordé de un cartel que había visto poco antes de que me detuvieran. Y me reí en silencio.

De repente, y como por arte de magia, los platos empezaron a salir, ordenadamente, de la caja de fruta en la que los teníamos, fueron dejados en la pila y el agua empezó a correr. Rami me miró, yo le miré acojonado y me dijo: “Tenemos servicio de limpieza, pero solo trabaja por las noches y cuando apagamos la luz. Si se enciende a luz, todo se para en un momento”. Y así fue.

Desde ese día, y durante unas semanas, me negué a ir al baño por las noches, me negué a apagar la luz de la cocina y me negué, y esto también es importante, a reconocerle a todos que estaba acojonado. Porque esas cosas, cuando las ves así, tan de cerca, acojonan.

>Visitas

>No sin cierta sorna y cierta sorpresa, acabo de leer una noticia, en la que se dice que el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte ha de pagar una gran cantidad de dinero por plagio de un guión de cine. O algo así. Uno de los motivos en los que se ha centrado el juez ha sido la existencia de varias coincidencias en los textos. La que más me hace reír, por motivos que entenderéis, es una que afirma que un preso, tras estar dos años en prisión, fue en busca de una prostituta para saciar sus más íntimas necesidades.

Así, como el que no quiere la cosa, este hecho me ha recordado al día siguiente en que salí de la cárcel. Me ha recordado a ese 9 de octubre, nublado y algo lluvioso, en el que, ya desde la comunidad en la que me alojó durante 21 días, empecé a respirar algo de libertad. Me ha recordado a ese día porque las personas allí acogidas me preguntaron, sin ningún miedo ni tapujo, si quería que llamaran a una prostituta para aliviarme de mi temporada en la cárcel. La pregunta, lógicamente, era retórica. A pesar de mi negativa, a pesar de explicarles que sólo había estado en la cárcel cuatro meses y medio y que era capaz de controlar mis impulsos sexuales bastante bien, me dijeron que no había nada que discutir. Que la iban a llamar. Porque esa era la costumbre cada vez que llegaba uno nuevo a la comunidad. Simplemente me preguntaron por si quería ser el primero en meter. Educación Detalles.

Lógicamente, la entrada de mujeres, de buena o mala vida, estaba totalmente prohibida en el edificio, por lo que para estas ocasiones se habilitaba un viejo corral de gallinas para que la trabajadora del sexo pudiera aliviar, de forma rápida y duradera, a los candidatos. Cuando me levaron para que les ayudara a preparar el nido de amor, no pude más que reírme, no pude hacer otra cosa. Solo sorprenderme de lo bien que tenían distribuidas las tareas y de lo rápido que lo arreglaban todo. Uno se encargaba de colocar el colchón en el suelo, bajo un pequeño techado (dada la previsión de lluvia), otro le ponía una manta por encima. Estaban los que barrían un poco el suelo para darle algo más de lustre. Alguno se dedicaba a tapar un ventanuco con un poco de tela, una suerte de cortinilla que evitaría que los que están esperando a entrar vieran lo que pasaba dentro. Estaba, y siempre era el mismo, el que llamaba por teléfono a la chica. Goran era el telefonista. Poco después supe que le habían encomendado esta misión a él porque era el más socarrón, el más cariñoso de todos y el que, a base de negociar y negociar, conseguía siempre el mejor precio. O la mejor oferta.

La sorpresa fue mayúscula cuando apareció Henry con un jarrón con flores recién cogidas del jardín. “Para crear un ambiente romántico”, decía. Una situación surrealista que me hizo ver que, a pesar de lo que dijeran, no llamaban a la puta de marras solo cuando llegaba uno nuevo a la casa. Luego, más adelante, pude comprobar que mis pensamientos eran ciertos.

Y allí estaban 12 peligrosos ex – presos. 12 rabiosos exdetenidos, empalmándose mientras esperaban su turno de entrada. Preparándose cuando iba a meter, nunca mejor dicho, en caliente.

Por un momento, mientras los veía hacer cola, me vino a la cabeza la novela de Vargas Llosa, “Pantaleón y las visitadoras”. Hoy, tras leer la noticia en el diario me he preguntado si una demanda por plagio contra él hubiera llegado tan lejos. Hoy, tras escribir esta entrada en mi blog me pregunto, no sin cierto resquemor, si el señor Vargas Llosa me denunciará a mi por explicar mis experiencias. Experiencias que cuadran, casi al dedillo, con algunos de los pasajes de su obra. Ya veremos.

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