Menagerie Intime

Archivar para el mes “abril, 2011”

>Delicuente vs Inocente narcotraficante

>Fue el día 12 de julio. Lo recuerdo como si fuera ayer porque fue el primer día que hablé con un abogado en Italia. Lo recuerdo aún mejor porque fue el día en el que ese abogado me dijo que iba a estar en la cárcel entre 8 y 20 años. Ese día.

Fue por la tarde mientras, tratando de limpiar mi cabeza de la mierda que me había dicho el abogado, jugaba a las cartas. Mientras jugaba a la escoba con Ekezie. Mientras ganaba a las cartas a Ekezie sin mucho mérito. Él no sabía sumar, así que usábamos el juego de cartas para que aprendiera. Al equivocarse en una suma le dije, con mucha sorna, que no hiciera “patatí-patatá”, sino que se fijara bien en los números y los sumara son tranquilidad. Él, de repente, empezó a reírse y a decir que sí, que lo haría con tranquilidad. Que yo tenía 20 años por delante para estar tranquilo.

Le tiré las cartas al rostro. Me levanté. Y puse mi cara justo enfrente a la suya. Muy cerca. Por un momento, por un microsegundo, llegué a desear que no se levantara él. Medía casi dos metros, era negro como el tizón y fuerte como un tren de acero. Pero luego me dio igual, la verdad. Le grité. Como nunca antes lo había hecho. Gritos que venían del estómago, del corazón. Vísceras.

“Yo no he hecho nada. Yo estoy aquí por error. Y antes o después se sabrá. Antes o después. De todas formas, si hubiera hecho algo, si fuera verdad eso de que he traficado con no sé cuántos cientos de kilos de coca, ¿qué hay de malo? ¿Acaso ese delito es peor que los que tú cometes, pedazo de mierda? Dime, ¿a cuántos tíos has atracado? ¿A cuántos tíos, grandes y fuertes como tú? ¿A ninguno? ¿Cuántas veces te has enfrentado a alguien sin navaja de por medio? Los cabrones como tú son los que deberían de estar en la cárcel toda su puta vida. Toda la vida. Os aprovecháis de lo grandes que sois y vais por ahí atracando y asustando a chicas, a muchachas que quedan con miedo de por vida. Eso es lo que tú haces, delicuente de mierda. Y encima tienes el valor de ponerte a llorar cuando recibes la notificación de que te han puesto otra denuncia porque te han reconocido por fotos. Un mierda, eso es lo que eres. Un mierda que cree que puede hacer lo que quiera. Pero eso dejará de ser así el mismo día en que encuentres a alguien capaz de pararte los pies. Y a lo mejor tengo que ser yo”. Y mil lindezas más.

Cuando acabé de hablar, ya tenía cerca a Vincenzo, Baba, Barón y Tibi. Todos de mi lado, dispuestos a saltar sobre Ekezie en caso de que intentara hacerme algo. Ekezie solo me miraba asustado. Se había vuelto blanco. Tardó un minuto en empezar a llorar, dos en pedirme disculpas, tres en abrazarme y cuatro en volverse a relajar.

Esa noche, al acostarnos, Tibi me dijo que tratara de no dormir profundo, que no se fiaba de Ekezie. Él y Barón harían guardia para que no pasara nada. Yo le dije que no se preocuparan de nada. Que durmieran tan a gusto como lo iba a hacer yo. Hay veces en las que las palabras duelen más que las cuchilladas. Y comprendí que es cierto el refrán de “más vale una vez colorao que ciento amarillo”. Y entendí, esta vez por mi propia experiencia, que hay que tener miedo de los que no tienen nada que perder. Justo como yo ese día. Y Ekezie, tras mi insensata demostración, ya me temía. Y me respetaba. Desde ese día me refería a Ekezie como “delincuente”. Y él agachaba la cabeza y asentía a todo lo que yo decía.

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>Pelotazo

>Las mañanas en el patio de la sección tercera pasaban apacibles a pesar de tener los horarios muy marcados. De 9 a 10:30 se usaba para correr o andar haciendo círculos, marcando el perímetro del patio (por el interior). Eran 34 pasos de largo, y 12 de ancho. Luego otros 34 de largo y otros 12 de ancho. Así acababas cada vuelta. Un patio pequeño, si tenemos en cuenta que estábamos casi 200 personas en la sección de forma permanente. Yo, por costumbre, contaba las vueltas cada vez que pasaba por la cancela que cerraba el paso a la galería, a los pasillos donde se situaban las celdas.

En el patio de la sección séptima, la de “acogida” y la de aislamiento, no pasaban las mañanas. Pasaban 10 minutos al día en un patio a la sombra, siempre con penumbra. Un patio que tenia 12 pasos de largo por 6 de ancho. Imposible hacer otra cosa que no fuera intentar andar esquivando grupo de presos o sentarte en el suelo esperando a que los 10 minutos diarios, a veces más castigo que premio, pasaran.

En la tercera sección, desde las 10:30 y hasta las 11:45, hora en la que se cerraba el patio, se jugaba al fútbol. Había un balón de reglamento muy ajado, con las costuras sueltas, rotas, deshilachadas, que hacía las maravillas de los Tottis, los Raules y los Casillas que, por diferentes razones, estaban presos.

Había un preso, un chaval joven, un tonto a las tres que siempre jugaba de portero. Conforme salías al patio, se situaba en la porquería pintada en la pared que quedaba a la izquierda. Era curioso verle entrenando mientras nosotros corríamos. Así, se ponía en el centro del patio a tirarse sobre el duro hormigón del suelo, emulando estar en una final de la Copa Mundial. Haciendo palomitas sin balón. Tremendo cómo sonaba su cuerpo al caer contra el pavimento.

Este chico, del que no recuerdo el nombre, era el tipo de persona que anda con las palmas de las manos hacia atrás y botando en lugar de caminando. Ese tipo de chaval vacilón que hace de las apariencias un salvavidas.

Cada vez que le marcaban un gol, cada vez que no era capaz de impedir que la pelotita, se colara entre los tres imaginarios palos, descargaba su ira contra la pelota, siempre dándole un pintapié con todas sus fuerzas para que rebotara contra la pared y saliera disparada en cualquier dirección. Siempre se le decía que no lo volviera a hacer, que lo único que iba a conseguir así es darle un mal pelotazo a cualquiera de los que veían el fútbol. Él hacía caso omiso y seguía estrellando la pelota contra la pared y siguiendo la parábola que esta describía hasta acabar cerca de alguno de nosotros.

Un día, un mal día, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Le dio un pelotazo a la persona a la que no le tenía que haber dado. A la menos indicada.

Entre tres personas lo levantaron una palma del suelo y lo transportaron, literalmente a hombros hasta el tigre. Un pequeño retrete que teníamos al fondo del patio, separado del resto por un pequeño muro de ladrillo decorado con azulejos burdeos.

Esos tres mismos, leales y defensores a capa y espada de la amistad forjada en duros momentos, fueron los que se encargaron de hacerle comprender que no quedaba bonito seguir dando pelotazos con esa fuerza. Los azulejos, rotos a base de golpes secos, sirvieron de cuchillos que marcaron sobre su piel, sobre sus brazos y su cara, estrías sanguinolentas. Heridas causadas con el único fin de no hacerte olvidar la lección. Porque, como ya he dicho varias veces, en la cárcel la letra sí entra con sangre.

El retrete del pequeño excusado sirvió para romperle la nariz. Cualquiera tiene una caída. El objetivo último de esta rotura no era otro sino el castigar a las personas que molestan. Una forma eficiente, como otra cualquiera, de evitar que salgas al patio durante un mes. Claro, para qué darte aviso de palabra, pudiendo explicártelo sin esfuerzo alguno.

Y todo por un pelotazo mal dado. No quiero pensar qué le podría haber sucedido a un defensa del Real Madrid, leñero como él solo, si jugara allí a fútbol. Lo que sí entiendo es porqué los guardias se negaron, en repetidas ocasiones, a crear un equipo de fútbol entre ellos y jugar una liguilla contra los presos. Lógicamente, con o sin árbitro, el resultado de lesionados estaba claro.

>Trabajar

>La semana pasada me ofrecieron un buen trabajo. Mal remunerado en principio, pero buen trabajo.

Me ofrecieron hacer los manuales de formación y las presentaciones para una serie de Masters que una importante Universidad Española va a impartir durante los próximos años Así, a priori, se trata de escribir 37 temas, relacionados todos con la gestión económica de las empresas, con la gestión de los recursos humanos y con las habilidades directivas, entre otros. 37 temas, a razón de 80 páginas como mínimo cada tema. Unas 3000 páginas. Un trabajo interesante, la verdad. Se da el caso de que los manuales tienen que estar finalizados antes de la primera semana de septiembre. Decía lo de mal remunerado porque cuando pregunté por mis honorarios la respuesta fue: “900 euros por todo el proyecto”. Yo simplemente miré a mi interlocutor, sonreí de forma socarrona y le dije: “Pero yo qué soy, ¿rumano o marroquí?”.

No es que yo sea un cabrito. Es que en la cárcel era así.

Hubo un día, en la cárcel, en el que Popeye, la Brigadiera Anna y el Capo Posto me llamaron a la oficina de la planta baja para hablar conmigo. Tuvimos una reunión que duró unos 7 minutos. Todos ellos sentados, yo de pie, con las manos atrás, firme como una vela. En actitud de respeto hacia ellos. Como siempre.

En dicha charla me ofrecieron trabajar en la sección. Trabajar en la cárcel. Yo llevaba apenas dos meses en la cárcel y ya me estaban ofreciendo trabajo allí. Había personas que llevaban allí años y ni siquiera estaban entre los candidatos. Ni los habían estado nunca ni lo estarían jamás.

Los trabajos en la cárcel sirven para cubrir aspectos básicos como la limpieza, el reparto de comida, el cambio de sábanas y cosas así. Además, los laborantes, los trabajadores, están dando paseos por la sección por la tarde, mientras el resto de celdas está cerradas. Y dan paseos para ayudar al resto de presos a llevar o traer cosas de unas a otra celdas. Así, si necesitabas un huevo para la cena y no o tenías, llamabas a voces al laborante, él venía, y le decías que pasara por la celda de al lado y que pidiera un huevo para ti. Un trabajo infame, sucio y pesado por el que pagaban 100 euros mensuales que solo podías usar para comprar en la cárcel, lógicamente.

Yo, con mucha educación y respeto, con mis manos atrás, les dije a las tres autoridades: “Verán, yo no es que me crea más que nadie, no es que tenga dinerito fresco en la calle y mi familia se encargue de hacerme llegar. No es que con ese dinero esté viviendo medianamente bien aquí, en la cárcel. Tampoco es porque no me guste trabajar, no me entiendan mal, ¿eh?. Que yo soy muy trabajador y me dedico al 100% en las tareas que me encomiendan. Lo que ocurre es que no quiero trabajar aquí. Más que nada porque sé que llegará algún preso italiano toca pelotas que pensará que soy su esclavo y que tengo que estar pidiendo favores para él por todas las celdas mientras ellos están encerrados. Y yo eso lo aguantaré una o dos veces, pero a la tercera que me falte el respeto la liaré, y al día siguiente le esperaré en el patio por la mañana y tendré que degollarlo. Porque uno aquí tiene un reputación que mantener. Y tampoco es plan. Estoy aquí encerrado por error y al final me voy a ganar una pena de verdad” Así, con sonrisita en la cara. Con la misma sonrisita que puse la semana pasada a la de los Masters.

El Capo Posto, que era el jefe de la Brigadiera, o sea, el que cortaba el bacalao allí, dijo, con una sonrisa no menos socarrona que la mía: “Tranquilo, para ese tipo de trabajos tenemos a los rumanos y a los marroquíes. Tú no eres como ellos. A ti te íbamos a dar un trabajo de capataz, para que no te esforzaras mucho y ganaras más que ellos, pero tienes razón. No lo necesitas y no es plan de obligarte”.

Cuando volví a la celda, no pudimos parar de reírnos de Sebastián. Él si era rumano.

>Ayer me tocó a mi

>En mi última entrada, explicaba la felicidad que sentí el día 8, cuando pude, sin ningún problema, sin ningún impedimento, preparar café y felicitar a mi padre por su cumpleaños.

Ayer me tocó a mi. No que me prepararan café, pero sí que se me acercara mi hija por la mañana temprano andando de puntillas mientras yo me hacía el dormido. Y cuando estaba muy cerca, muy cerca, me dio un beso fuerte. Y me dijo: “Papi, cumpleaños feliz”. Y me lo dijo en tres idiomas. Y me lo cantó en tres idiomas. Y no pude ser más feliz.

Ayer me tocó a mi ser feliz.

>Cumpleaños

>Hubo un aspecto que en los cuatro meses y medio que pasé entre la cárcel y la comunidad en la que me tuvieron en arresto domiciliario, esto es, entre el 15 de junio y el 29 de octubre, me agobió mucho. La verdad es que fueron varios los momentos en que me agobié, fueron varios los momentos en los que sentía, aún con más fuerza, el dolor por esta detención sinsentido. Ahora me acuerdo de esos momentos con rabia, con la misma rabia contenida que tenía mientras pasaban los días.

En la celda teníamos un calendario común colgado en la pared. En ese calendario cada uno apuntaba lo que quería, los días significativos para él. Así, por ejemplo, Rolando tachaba los días, uno a uno. Sebastián hacía la cuenta atrás de los días que le quedaban para el juicio. Ramírez apuntaba los días que podía pedir llamar a su familia (dos lunes al mes, alternos). Yo, que no soy ni más ni menos familiar que cualquier persona, pero si hay una cosa que siempre he cumplido, estuviera en la parte del mundo que estuviera, es pasar los cumpleaños de mis familiares y de mis amigos con ellos, apunté los cumpleaños que me iba a perder cada semana. Así, resultó que me perdí 18.

He faltado al cumpleaños de Fran, al de Pepita, al de Christopher, al de mi tía Tani, al de mi hermano Miguel, al de Sarit -por entonces mi pareja o ex pareja o lo que fuera en aquellos momentos-, al de mi hermano Alfonso, al de mi tía Alfonsi, al de Carla, al de mi tío Rafael, al de David, al de mi hermano Antonio, al de Dean, al de mi tía Isabel, al de mi madre, al de Israel, al de mi amigo Dani y al de Alba, mi sobrina, y al de Noa, mi hija.

18 cumpleaños saltados. 18 cumpleaños en los que he estado ausente, en los que no he podido ni siquiera llamar para felicitar, para explicar mi situación. 18 cumpleaños y entre ellos los más importantes. Sin duda lo que más me dolió, lo que más me agobió fue no estar en el tercer cumpleaños de Noa. Faltar al de todos mis hermanos y al de mi madre también fue muy duro.

A pesar de estar esos días bien bajo de moral, bien agobiado, bien jodido, siempre intentábamos hacer algo en la celda para celebrar esos días. En todos menos en el de Fran, que me pilló recién entrado a la cárcel y con esperanza, aún, de que se solucionara todo pronto. Así, el año que viene, cuando esté celebrando el cumpleaños de mi hermano Alfonso me acordaré de cómo les ganamos unos helados jugando a las cartas a los de la celda de al lado y de cómo los disfrutábamos el día 8 de agosto. El 12 de septiembre (dos días antes del cumpleaños de mi madre) recordaré cómo hice paella para 50 personas para celebrar el cumpleaños de mi madre. El día que celebremos el próximo cumpleaños de mi hermano Miguel, no tendré más remedio que acordarme de aquellas pizzas, compradas a precio de oro, que cenamos a su salud. Pizzas congeladas echas en sartén, pero a su salud. No podré evitar sonreír cuando, celebrando el cumpleaños de mi hermano Antonio, piense en cómo nos bebimos el alcohol puro que hicimos, un chupito a secas y otro con café. Ese alcohol casero que a pesar de saber a rayos y de rasgarnos todo el esófago nos aportó unos minutos de felicidad. Recordaré cómo una de las primeras entradas de este blog estuvo dedicada a mi amigo Dani por su cumpleaños. Porque yo ya estaba en la comunidad y porque no podía estar con él. Del de mi sobrina Alba y del Noa, mi hija, no recordaré nada. Esos fueron los más duros. Y esos días, esos dos días, no se los perdonaré a nadie. No podré olvidarlos. Y prefiero que ese rencor siga anclado en mi. Porque así no me olvido. Hasta las últimas consecuencias.

Hoy, como casi de costumbre últimamente, me he levantado temprano. He hecho café. He preparado tostadas con tomate. He esperado a que se levantara mi padre. Y cuando ha entrado a la cocina, me he acercado a él sonriendo, le he plantado dos besazos como los que siempre le doy y le he dicho, a gritos: “FELICIDADES, PAPÁ”.

Hoy, ya, nadie puede negarme lo que durante un tiempo se convirtió, extrañamente para mi, en un lujo.

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