Menagerie Intime

Archivar para el mes “marzo, 2011”

>Ratificado

>Ayer fue uno de esos días en los que casi todo son buenas noticias. Casi todo.

Ayer fue el día en que tuve que ratificar mi denuncia contra el juez y la fiscal que me tuvieron secuestrado en la cárcel durante 4 meses y medio. Y me ratifiqué. Más que nada porque ninguno de los denunciados han querido llegar a ningún acuerdo conmigo ni con mi abogado.

Fue una situación graciosa. Muy graciosa. Aunque, a buen seguro, podría haberlo sido aún más. Nicola, mi abogado, me pidió que me hiciera el loco. Que tuviera la mirada perdida, que fuera vestido con colores chillones, mal peinado y a medio afeitar. Eso es lo que Nicola me pidió, pero no es lo que yo hice. Se trataba de dar pena al juez, de hacerle ver cómo una estancia, por corta que sea, en la cárcel puede destrozar mentalmente a una persona. Poco antes de entrar a la sala le dije a Nicola que no íbamos a jugar. Que no íbamos a hacernos los locos para pedir más pasta de indemnización. Y no lo íbamos a hacer porque no me apetece que me miren con ojos de pena. Y no lo hicimos porque recordé las palabras que Albano me dijo cuando yo salía de la cárcel: “Nunca bajes la cabeza por esto. Has estado en la cárcel y has vivido para contarlo. Sin mayor problema”. Por eso, y por mil cosas más que tengo en mi cabeza, no me hice el triste. Ayer era un día de alegrías, no de tristezas.

El juez simplemente me hizo un par de preguntas, algo rápido y fácil de responder. Mi abogado me hizo alguna más, todas encaminadas a demostrar cómo los carabinieri, la fiscal y más tarde el juez de mi caso cayeron en el error de considerarme culpable de un delito que no había sido aún juzgado, y de cómo se me negaron derechos básicos como efectuar alguna llamada en el momento de mi detención (así como llamar a casa una vez a la semana mientras estaba en la cárcel) o el tener acceso a asistencia legal (estuve un mes sin abogado alguno que me defendiera e informara de mi caso).

Me sorprendieron las sensaciones que tuve mientras respondía. Nada de nervios (aunque eso ya lo suponía de antes), nada de malestar, nada de tristeza, nada de alegría. Simplemente un tono neutral. Muy cercano al desprecio, pero neutral. Supongo que parte del preso pendenciero que fui aún está guardado en lo más profundo de mi…

Creo, firmemente, que esta actitud de tranquilidad y de control emocional por la que pasé ayer fue fruto de la visita que realicé por la mañana, justo antes de ir a declarar. Pasé por la cárcel. Por Regina Coeli. Y me paré en la puerta, mirándola con todo desafiante. Le di una vuelta a todo el perímetro. Desde fuera iba haciendo un mapa mental de la cárcel. El mismo que tantas veces hice desde dentro. Fui asignando número a los edificios que veía en cada momento, fui cambiando estos números por los nombres de los presos que conocí y que estaban en cada una de las secciones. Fui asignando nombres a cada una de las ventanas que veía de la sección tercera. Y fui comprobando cómo, a pesar de lo que puede parecer desde dentro, el tiempo pasa, el tiempo fluye, el tiempo corre. Y no se detiene. Por suerte.

Ya por la noche, y con el único fin de recibir noticias de la cárcel, quedé para cenar con Popeye. Por un momento, y mientras estaba con él, el mundo me pareció una enorme paradoja. Yo, el preso, el detenido, invitando a cenar a Popeye, el guardián, el Policía Penitenciario. El mundo al revés.

Entre ensalada y bebidas varias me fue poniendo al día de todo. Me dijo que la mayoría de los presos que conocí están bien. Que algunos salieron; que otros, a pesar de que también salieron, volvieron a entrar. Me dijo que muchos me enviaban saludos. Incluso me llegó a dar un par de cartas de dos presos de los que aún no os he hablado.

Me dijo que Rami está bien, muy entero, comandando la sección a su forma, haciendo maldades a diario y sabiéndose a salvo de todo por la amistad que nos une a Popeye y a mi. Y eso no tiene porqué cambiar.

No todo fueron buenas noticias, como decía al principio de esta entrada. Me comentó, con pelos y señales, cómo unos guardias habían descubierto el teléfono móvil que tenía Albano desde diciembre, cómo por culpa de un infame le habían tenido un mes y medio solo en aislamiento y cómo no le dejaban ni salir al patio. Me comentó cómo le habían trasladado a una prisión de alta seguridad, justo el día siguiente de que un juez, con más gloria que pena, revisara su condena tras su apelo. Le han quitado 10 años de condena. Su condena definitiva es de 20 años, de los cuales ya lleva cumplidos casi 3. Como leyendo mi mirada me dijo que sí, que ya se había encargado de darle el nombre del infame a Rami y que ya había pasado su temporadita en el hospital. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen, cojones.

Iba a darle un par de cartas pero al final, comprendiendo lo inútil de darle la que estaba escrita a Albano, no lo hice. Simplemente le pedí que le diera su carta a Rami y que le metiera el dinero que le di en su cuenta para que pudiera comprar sus útiles de aseo en la cárcel. Al principio me miró con mala cara, como si él no pudiera hacerlo. Bastó una simple mirada, una sonrisa y una pregunta del tipo “¿puedes meter un móvil y no puedes meter dinero?” para que se guardara la carta y los billetes en un sitio seguro. La noche era larga y no podía permitirse el lujo de perderlos.

Anuncios

>Por los aires

>Desde que cambié de celda, de la 30 a la 35, todas las noches, a las 20:40, pasaba algo mágico. Por lo menos para mi.

Era uno de esos momentos que no por mucho repetirse se hacía menos intenso. Era un momento tan especial como ansiado durante todo el día.

Todas las tardes, todas, a la misma hora, veía desde la ventana un avión acercarse a Roma. Lo veía apuntando directamente con sus luces. De frente. Sin desviarse nunca ni un milímetro de su rumbo. Todas y cada una de las tardes de verano.

Cuando llegaba esa hora, cuando el reloj estaba a punto de marcar las 20:40, yo dejaba de hacer todo lo que estuviera haciendo, me subía en un taburete cerca de la ventana y miraba, absorto en mis pensamientos, cómo el avión se acercaba. Ya podía estar viendo la televisión, jugando al póker, leyendo o haciendo manualidades. Todas las tardes sin excepción usaba esos cinco minutos de mi día para soñar.

Soñar con que volvía a volar. Soñar con que salía a la calle e iba directo al aeropuerto a coger un avión que me llevara de vuelta a casa. Soñar con que todo el embrollo que se había creado iba a acabar pronto. Tan pronto como debería haber acabado.

Miraba, a veces con lágrimas en los ojos, cómo las luces del avión se acercaban lentamente, sin hacer ruido, sin grandes aspavientos. Simplemente llamando mi atención.

Hace unos días volví, fugazmente, a Roma. Una conexión aérea me llevó de nuevo a la ciudad. Mientras el avión se acercaba al aeropuerto pude distinguir, claramente, la estación de trenes de Termini. No llegué a ver el edificio de Regina Coeli. Tampoco pude evitar emocionarme porque, por fin, volvía a volar. Como antes. Como siempre. Y tuve una sensación de alivio que me emocionó.

A pesar de que no eran las 20:40, se me saltaron las lágrimas. De emoción, como decía. El pasajero que iba a mi lado, que me miraba con sorpresa, comentaba que era lógico que me emocionara al ver tanta belleza desde el cielo, que era lógico que llorara al llegar a Roma. Sobre todo si era mi primera visita a la ciudad. Yo, simplemente, le miré con cara de desprecio. “Sabrás tú – pensaba- si es mi primera vez. Sabrás tú, gilandón, porqué se me saltan las lágrimas”.

El próximo lunes volveré a Roma. Esta vez a pasar 48 horas allí. Y sé que durante el acercamiento a la ciudad, mientras el piloto del avión piensa en cómo lograr un aterrizaje perfecto, yo pensaré en la cárcel y en los que allí quedaron. Y me volveré a emocionar pensando en aquel avioncito que, a diario, me daba el oxígeno suficiente para aguantar otro día allí dentro, y otro, y otro, y otro más…

>Pulsera

>Este fin de semana he visto una película que me ha gustado mucho. Se titula “Un ciudadano ejemplar. En ella se ve un par de veces (una en palabras y otra en imágenes) lo importante que son los recuerdos familiares en la cárcel. La importancia que tienen las pequeñas cosas a las que antes, quizá, no dabas tanta importancia.

En la película se habla de la pulsera de cuentas que una hija hizo para su padre. Se dice que cuando el preso ingresó en la cárcel, solo presentó problemas cuando le dijeron que se quitara esa pulsera. También se ve la expresión de alegría del preso cuando, en un momento dado, le devuelven esa pulsera.

Cuando yo ingresé en la cárcel, aquella noche del 15 de junio, un policía penitenciario me pidió que dejara todas las cosas que tenía en los bolsillos sobre una mesa, ya que esas pertenencias se quedarían en “consigna” hasta mi salida. Revisando mi cartera, encontró una foto de mi hija. Sin que nadie le viera me la dio mientras me guiñaba un ojo cómplice. Nunca pude agradecerle ese gesto de amabilidad dentro de un escenario tan duro como aquel. Simplemente me dijo: “Toma, te ayudará”. Y la guardé en el bolsillo del pantalón haciendo un gesto casi ortopédico con mis manos esposadas.

Estando ya en la sección tercera, y por mediación de Tibi, un preso rumano me dijo que quería regalarme una pulsera con el nombre de mi hija. Le pregunté si era capaz de escribirlo en dos idiomas, con dos alfabetos distintos. Me dijo que no tendría mayor problema. Que con paciencia y saber hacer todo se podía conseguir.

Al día siguiente ya tenía yo la pulsera anudada en mi muñeca derecha. Una pulsera hecha con hilos blancos y verdes. Hilos robados a una sábana de la cárcel y a una toalla en desuso. Una pulsera en cuya parte central, en letras blancas sobre fondo verde, se leía Noa – העונ. Una pulsera que me ayudaba a recordar los abrazos y los besos que Noa me daba. Una pulsera que aún hoy conservo, a pesar de que se me cayera y de que no me la puedo anudar más.

En cuanto pude, y en señal de agradecimiento, le compré al chico que me la regaló un paquete de tabaco y otro de papel de fumar. Me costó mucho trabajo que lo aceptara, pero al final sí que se lo fumó a mi salud. Por su esfuerzo a la hora de regalarme la pulsera sin apenas conocerme.

Gracias a esa pulsera superé los momentos difíciles en los que estaba bajo de ánimo. Gracias a esa pulsera recordé que mi paso por la cárcel debía de ser efímero, que antes o después se demostraría el error cometido y que saldría de allí, tal y como pasó. Gracias a esa pulsera conseguí no meterme en líos allí dentro. Estoy seguro de que también gracias a esa pulsera, estoy aún vivo.

Parece mentira lo que una pulsera puede hacer. El efecto que un recuerdo tan pequeño y sutil puede llegar a tener sobre tu ánimo y tu comportamiento.

>Libreta

>

Tengo en casa una pequeña libreta que hice en la cárcel. Ahora es un cuadernito ajado, muy sufrido, pero en su día fue la envidia de la tercera sección de Regina Coeli. Varios presos me pidieron que les hiciera una a ellos. Solo hice una para dejársela a Ekezie. Un negrito muy grande (tan grande como inmaduro) que vivió conmigo un tiempo, mientras estaba en la ceda 30.
Tanto esta libreta como un bolígrafo negro venían siempre conmigo. A todos lados. Los levaba metidos en el bolsillo trasero del pantalón. Y lo llevaba allí porque este cuaderno nació con un fin muy determinado. Nació para ayudarme a no olvidar. Nació para ayudarme a contar mi experiencia en la cárcel.

Para ello, lo doté de varias herramientas básicas que lo hacían especial. En la portada tiene un bolsillo, de forma que pudiera guardar allí papeles varios. Desde que salí, llevo ahí los teléfonos, las direcciones y los nombres de los presos que más me ayudaron allí, de los que pidieron mi ayuda y de los que hicieron amistad conmigo.

En la parte trasera, añadí una hoja de cuadritos. Plegada, para que no abulte mucho. Por si algún día tenía que hacer alguna cuenta matemática simple.

La parte de escritura del cuaderno está formada por las hojas que nos daban para escribir. Blocs de una línea, como niños de escuela elemental, divididos en 8 partes iguales. Ese es el tamaño de mi libreta. La mitad de la mitad de una cuartilla.
En la primera línea, con una sola palabra, escribí toda una declaración de intenciones. Blog. Para eso, y solo para eso, se creó este cuaderno. Para no olvidar nada de lo que yo consideraba que se podía contar de allí.

Cada vez que tengo tiempo, cada vez que me siento delante del ordenador a escribir en este blog, lo primero que hago es abrir la libreta y pasar páginas en busca de algún suceso que contaros. Así puedo leer “exnaxi 32”, “séptimo”, “ agua fría (3 semanas)”, “fundas para mechero” y mil quinientas cosas más. Muchas de ellas aún por contaros.

Hoy escribo sobre este cuaderno porque en los últimos días creía haberlo perdido. Pensaba que no lo volvería a encontrar, que me lo había dejado en cualquier lugar que no recordaba. Me apenó mucho. Lo he vuelto a encontrar. Y eso significa haber vuelto a encontrarme a mi mismo durante el pasado verano. Haber vuelto a saber que estos días en los que “dormí desnudo, en cana y esposado, a la intemperie de la multitud, con un ladrón a cada lado” (según Sabina y Páez) no fueron más que una cura de humildad. Un paso más dentro de un proceso tan duro como necesario.

Navegador de artículos