Menagerie Intime

Archivar para el mes “febrero, 2011”

>Necesidades

>Si hace unos meses alguna persona se me acercaba mientras paseaba por la calle o mientras me tomaba una cerveza con mis amigos y me pedía algo de dinero yo, simplemente, se lo daba. Supongo que por el hecho de no sentirme culpable de la puta vida que esa persona vivía. Se me acercaba, pedía y yo le daba. Fácil y simple.

Desde que salí de la cárcel eso ya no es así. Y no es así porque me he dado cuenta de que el que quiere algo, el que realmente necesita algo, se busca la vida para conseguirlo. No lo roba. No lo pide a lo loco. Se busca la vida.

Así he aprendido que si en la cárcel uno quiere fumar y no tiene dinero, se compromete en limpiar la celda tres veces en semana y el resto de compañeros le pagan el tabaco. O se compromete en limpiar la celda de otras personas tres días en semana para que ellos le suministren el tabaco. Si es un fumador empedernido se compromete con los de su celda y con sus vecinos para que, trabajando seis días a la semana, pueda fumar tranquilamente.

También he aprendido que si una persona quiere lavar su ropa con Ariel liquido y no tiene dinero, debe comprometerse en hacer un barco con palillos de dientes (si es habilidoso) o debe proteger a alguno o debe, incluso, atizar bien fuerte (y sin piedad) a la persona que se le encargue. Y todo para lavar la ropa.

También pasaba que si querías comer caliente de vez en cuando, si no tenías dinero, debías encargarte del cambio de sábanas de todas las camas de tu celda (con el asquito que eso puede llegar a dar), o tenías que dejar como los chorros del oro el baño de la celda, o tenías que levantarte todos los días temprano para recoger la fruta y el pan, o debías de sacar a diario la bolsa de basura cuando venían a recogerla a la puerta de la celda…

A fin de cuentas, que si necesitabas algo en la cárcel y no tenías dinero para comprarlo durante los días de compra, tenías que hacer algo a cambio. El resto de presos te ayudábamos hasta tres veces. A la cuarta se corría la voz de que no tenías “ni una lira” y tenías que comprometerte seriamente en hacer algo para conseguir lo que necesitabas. Tenías que trabajar.

Aunque suene raro, la cárcel me ha ayudado a comprender que cuando venían a pedirme dinero y yo simplemente lo daba, estaba alimentando la cultura del no esfuerzo. Del no hacer nada. Y creo que, en este sentido, la cárcel me ha ayudado a ser mejor persona.

Ahora o te esfuerzas o no te doy nada. Aunque simplemente hagas malabares en el semáforo. Eso, para mi, ya es un esfuerzo lo suficientemente grande como para recibir algo a cambio. He aprendido que es verdad eso de que más cornadas da el hambre. Y de que el que quiere algo, si no se le da a lo fácil, se esfuerza por conseguirlo. Hablo del esfuerzo por conseguir algo que necesitabas. Más adelante os hablaré del esfuerzo que suponía, en la cárcel, saldar una deuda o un favor pedido a la persona menos indicada (que, normalmente, eran los que más podían ayudarte)

Anuncios

>Cómo están las cosas

>Pasa una cosa muy curiosa. Más que curiosa, surrealista. Veréis.

Mi abogado (representándome, claro) ha tenido cuatro reuniones con la fiscal y con el juez que me tuvieron encarcelado sin motivo desde el día 15 de junio hasta el dia 8 de octubre, y en arresto domiciliario entre el 8 y el 29 de octubre. Total: cuatro meses y medio. En esas reuniones (a tres de ellas he asistido yo, personalmente) mi abogado ha planteado un acuerdo tanto con la fiscal como con el juez. “Le pagan a mi cliente XXXXXX euros, le dan un papel diciendo que se han equivocado, que lo sienten con todo el alma, y esto se acaba. Nadie más se entera del error. Ni prensa, ni tribunales ni el Sursum Corda” (esta coletilla del Sursum Corda es muy de Nicola, el abogado).

En ninguna de las reuniones se ha obtenido resultado satisfactorio. Tanto la fiscal como el juez alegaban que pedíamos demasiado dinero y que ellos no estaban dispuestos a desembolsar tal cantidad de sus bolsillos porque les parecía exagerado. Ante esto, Nicola siempre daba los mismos argumentos: el salario mensual que yo percibía antes de ser arrestado por error (demostrado por mil documentos de la que encontes era mi empresa), los daños psicológicos causados (una persona decente en la cárcel, rodeado de auténticos criminales… bla bla bla 😉 ), los daños morales (casi cinco meses separado de su hija pequeña, sin poder siquiera llamar a su familia, desasistido legalmente durante casi un mes, etc…) más la pasta que el abogado tiene que cobrar. Total, que no es nada exagerado lo que se pide. Sobre todo si se compara con todo lo que pueden llegar a perder los dos adalides de la justicia italiana: sueño, prestigio e incluso el trabajo.

Hace unos días, la fiscal dijo que sí. Que estaba de acuerdo con firmar el acuerdo. Que ella pagaba su parte con tal de que nadie más se enterara de la putada que me habían hecho. Ante esa afirmación, Nicola le pidió que presionara un poco al juez, porque el acuerdo “o lo firman los dos o no vale de nada”.

Nicola ha mantenido hoy una reunión con los dos, de nuevo. A esta no ha hecho falta que yo fuera. El juez sigue diciendo que no acepta el acuerdo. Ante esta negativa, Nicola ha sacado de su cartera un puñado de folios. Concretamente dos puñados de folios. Uno para el juez y otro para la fiscal. Según me ha comentado por teléfono (y como lo conozco, me lo creo a pie juntillas) simplemente les ha dicho: “Aquí tienen una copia de la denuncia y la justificación de la misma que mi cliente va a presentar, ahora mismo, en contra de ustedes. Para que vayan preparando su defensa. Si pueden”. Por secuestro de personas, con el agravante de abuso de autoridad y tres cosas más que no he entendido bien (aunque Nicola crea que habla bien el español, no es así…). Tres minutos más tarde, Nicola ha llamado a uno de sus asistentes, que estaba esperado en la puerta de la Questura di Roma, para presentar la denuncia. Y la ha presentado. Con dos cojones.

Así que aquí me veis, denunciando a una fiscal y a un juez. Contando ahora los días que faltan para que me llamen a declarar para explicar, de nuevo, todo lo que pasé en la cárcel. Sé que, al final, la indemnización que me den no será, ni por asomo, la que hemos pedido. Solo espero que se haga justicia. Solo espero que reconozcan el error que han cometido conmigo. Aunque, a decir verdad, y viendo a Berlusconi donde lo veo a diario, no confío mucho en la justicia. Por lo menos no en la italiana.

>De sangre y de carne

>El otro día, por circunstancias que ahora no vienen al caso, volví a lavarme en una duchas comunes. Claro, no pude evitar acordarme de las veces que me he duchado en la cárcel. Y no pude evitarlo por las reacciones que tenían las personas que estaban allí, en las duchas de unas instalaciones pijas, cómodas, con agüita caliente y todo. No pude evitar pensar en las duchas de la cárcel. Aunque no tuvieran mucho que ver con las cálidas y limpias duchas en las que estuve el otro día.

Allí me encontré con los típicos gilis que se duchan en bañador. Bien sea por pudor, por miedo o por no vacilar del tamaño de su carajo. A estos, a los que se duchaban en calzoncillos, se les daba un par de golpes. Por tontos. Y entre golpe y golpe se le quitaban los calzoncillos. Sin mayor pretensión que hacerles ver que nada pasa por ducharse desnudo. Que el recibir un poco de agua fresca en los cojones no hace mal a nadie. Lávate bien, guarro.

También estaban los que miraban. Los que para pasar el tiempo mientras esperaban a que alguna ducha quedara libre, se entretenían en mirar los carajos de los que nos duchábamos en ese momento. Como si estuviera en una barra libre de pollas. Como si se estuviera ejerciendo su derecho de “busque, compare y si encuentra algo mejor…” Como si se estuviera comparando consigo mismo. A estos, si estuvieran en la cárcel, se les hubiera dado una paliza. Así. Sin miramientos. Por listos. Por no tener claro de qué palo iban. Golpes por doquier.

También estaban los que, duchándose sin ropa, se dedicaban a mirar a los demás. Una mezcla de los dos anteriores. Estos hubieran vuelto de la ducha a su celda completamente desnudos, sin toalla ni ropa con la que taparse. Mostrando su cuerpo a toda la sección. Y todos sabríamos porqué iba así. Y todos lo tendríamos en cuenta cuando nos lo encontráramos en las duchas. Este tipo de personas son las que piensan que la hombría se mide por el tamaño de nabo o por cuánto te cuelgan los cojones. Sin saber siquiera que hay penes de carne y penes de sangre. Y que la hombría se demuestra en el día a día, en el encarar la vida como viene, sin temblar y sin agacharse. Por muy grande o pequeño que tengas el rabo.

Y allí estaba yo el sábado. Desnudo, duchándome con agua caliente en unas instalaciones con buen olor, extremandamente limpias y deseando, con todas mis fuerzas, que los tontos que me rodeaban pasaran, con más pena que gloria, una temporada en la cárcel. Por lelos.

>Melocotón

>Ayer, en casa, para comer, preparé lentejas. Podría parecer un dato sin importancia, incluso banal. Pero no lo es. Y no lo es porque cuando abrí el recipiente donde las había puesto en remojo, me acordé de ese pseudo experimento que todos hemos hecho (y que a todos nos ha gustado) en el colegio, cuando éramos pequeños. Me refiero a la tarea que nos encargaba la profesora de Ciencias Naturales, en la cuañ debíamos usar una lenteja (o garbanzo en su defecto), el tarro de un yogurt vacío y unos algodones. A ese mismo me refiero. Que levante la mano el que no lo haya hecho nuca.

Me acordé de este experimento, decía, con una sonrisa en los labios. Sonreía porque en la cárcel, y con el único fin de poner algo de color y de vida en la celda, intenté realizarlo. Lógicamente en la cárcel no teníamos yogurth, ni lentejas o garbanzos. Del algodón olvídate también, claro. Visto lo visto, intenté hacerlo a lo bruto. Con lo que tenía. En lugar del vaso de yogurt, usé un vaso de plástico (los que usábamos para beber café). El algodón lo cambié por trozos de tela (vilmente arrancados de la sábana semanal). Como semillita usé el hueso de un melocotón. Concretamente utilicé el hueso del melocotón que le correspondía a Sebastian.

Todos los días, por la mañana, nos daban una pieza de fruta para cada uno. Una pieza de fruta por día y por persona. Eso fue lo más cerca que estuve de una alimentación sana. De esas cinco piezas de fruta, una la usábamos todos los días para hacer té frío. Hervíamos una cacerola de agua con una bolsita de té y con la fruta en cuestión troceada. Para que tuviera algo de sabor. También esa pieza de fruta era, siempre, la de Sebastian. Y no es que a él no le gustara la fruta, que sí. Lo hacíamos así porque Sebastian era el más débil de la celda. Y por eso siempre le tocaba a él claudicar en todo. Dejarse llevar. Hacer lo que los demás queríamos. Si no hubiera sido así, hubiera tardado poco en arrepentirse.

La escala de poder en la celda se manifestaba en las camas que ocupaba cada uno de nosotros. En la posición que cada cual tenía en la litera. Los que dormían en la parte más baja eran más fuertes, más guerrilleros que los que dormían arriba. Los de abajo tenían más huevos que los demás. Y defendían su posición con uñas y dientes. Con comportamientos a veces sacados de los libros que relatan cómo se vivía en la Edad de Piedra.

En nuestra celda (como en todas) había dos literas: una de tres plantas y otra de dos. En la dos camas bajas estábamos Rami y yo. En las del medio estaban Rolando (encima de Rami) y Mimmo (encima de mi cama). En la parte más alta estaba Sebastian. De ahí que siempre fuera él el que se quedara sin fruta. Y sin leche. Y sin café cuando lo preparábamos. De ahí que no tuviera derecho a protestar.

Varias veces Mimmo intentó robar mi cama. Varias veces intentó quedarse con mi colchón, con mis privilegios. A pesar de apreciarle mucho, a pesar de que él tenía mucha más edad que yo, no lo permití. Y no lo permití porque allí, en la cárcel, las apariencias son muy importantes. Hubiera bastado que cualquier preso hubiera pasado por la puerta de mi celda y me hubiera visto dormir en un nivel superior para perder mi status dentro de la sección. Y perder status significaba perder seguridad. Y perder seguridad era estar jodido. Bien jodido.

Por eso no dudé ni un momento en atizar (con la fuerza justa para que comprendiera que no estaba de broma) a Mimmo en la pierna que tenía coja, justamente donde tenía la piel arrancada por culpa de aquel camión que, según decía, le pasó una vez por encima cuando era joven. Y no dudaba en hacerle daño si era necesario. Uno de mis hermanos le ha dicho a Noa (mi hija) desde hace mucho tiempo “Noa, te voy a enseñar a defenderte. Para que lloren tus padres, que lloren los de otro”. Siempre le decía a mi hermano que no le enseñara esasa cosas. Cada vez que golpeaba a Mimmo le decía esa misma frase. Porque el perder la cama era un “o tú o yo” en el que yo no estaba dispuesto a caer.

Así, de esta forma, comprendí de una manera bien gráfica lo que les explico a las personas a las que imparto formación cuando me levanto con el pie derecho. “Es muy bonito eso que os han contado de que el liderazgo tiene cuatro modelos que van desde el más autocrático al más “amiguete”. Pero cada momento, cada persona de vuestro equipo ha de conocer el modelo de liderazgo acorde a ss circunstancias. Lo de ser “colega” de tus empleados no funciona siempre.” Sí. Hay veces en las que hay que utilizar la fuerza. En las que hay que dar órdenes. Como “Mimmo, bájate de mi cama a la voz de ¡ar!”, mientras se tiene el puño cargado.

Por si os lo estáis preguntando, debo deciros que no. Que el hueso de melocotón nunca de abrió. No hizo ni el más mínimo esfuerzo por abrirse, el muy cabrón. Os prometo que lo regaba, que lo ponía al solecito, incluso que le hablaba de vez en cuando. Supongo que sabía que su presencia, más que darnos alegría a nosotros, lo ahogaría en tristeza a él mismo. Hay cosas de la cárcel que ni todas las plantas del mundo pueden cambiar. La tristeza solo es una de ellas.

>Ferrucci. Su historia. O algo así.

>Leo (del que os hablé en mi anterior post) era un tontón. Un pamplinas. Como diría mi amigo Dani, era un mamblás. Si le preguntabas si era de Roma, el te respondía que no, que era de Campo de Fiori (una plaza en el centro histórico de Roma). Orgulloso que estaba de sus orígenes… Tenía alrededor de 40 años y una cara de inocente que no podía con ella.

Se le fue la mano y mató a una chica de la que estaba enamorado porque esta le dijo qu eno quería nada con él. O eso es lo que decían los periódicos. Debido al tipo de delitoque había cometido, lo tenían totalmente aislado para que ningún preso le hiciera nada, por si acaso se le reconocía. El día que su aislamiento acabó, un guardia se aseguró que, en el suelo del patio, varios presos encontraran un artículo de periódico con su foto y con la explicación (supuesta) de lo que había hecho. Eso le hizo la vida imposible. Tan imposible que lo cambiaron de sección. Se lo trajeron a la Tercera. Y eso, que para él podría ser una alegría no lo era. Más que nada porque calló en la celda de Albano. Justo el día en que Dennis salió.

Lo primero que nos dijo es que era inocente. Que él no había matado a nadie. Si no llega a ser por su lenguaje no verbal, podría haberle creído. No tenía pinta ni de asesino ni de desequilibrado. Pero sí lo era. Un poco. Albano, Rami y alguno que otro más (entre los que no me incluyo) decidieron echarse unas risas a su salud. Decidieron jugar con él, con su futuro, con su caso.
Sabiendo, como yo sabía, que él sí había matado a Ana María Tarantino. Está claro que una persona que se juega la cadena perpetua (en Italia sí se aplica, íntegra. Se llama “ergastolo”) hace lo que sea por salir. Le propusieron que pagara 10000 euros a fin de proporcionarle un testigo falso en el juicio. Vaya cabrones. Leo, que además de tontón era inocente, estaba dispuesto a darlos. Cuando le pregunté a Rami si iban en serio me dijo que sí. Que buscarían a alguien que recogiera el dinero, pero que no se presentaría el día del juicio. Entonces, le pedirían otros 10000 euros par ir a buscarlo y ajustar cuentas. Vaya mamones. Le querían sisar 20000 euros por nada. Aunque, claro, viéndolo desde un punto de vista frío… para nada le iba a servir ese dinero si iba a pasar toda la vida en la cárcel…

Tras los llantos de Leo y verse con la sábana al cuello (literal) por tanto lagrimeo, pidió cambio de celda. No podía estar con Albano porque le hacía la vida imposible. Os prometo que llegué a pensar que cualquier mañana me lo encontraba muerto. Se cambió de celda. Y cuando pensaba que todo le iba a ir mejor, empezó su calvario. Calvario que duró, exactamente, tres días. Los mismos que tardé en saber qué pasaba.

Sus nuevos compañeros de celda, los de la 24, le daban palizas a diario. No dejaban de atizarle. Por tonto, por inocente y por no defenderse. Cosas que pasan.

El día que vino a mi celda a pedir algo de tabaco y le vi la cara marcada, no pudo callar más. No pudo dejar de contarme cómo le pegaban, cómo le tenían amenazado, cómo le hacían limpiar toda la celda de rodillas. El miedo es una sensación tremenda. Te hace estar más jodido, si cabe, de lo que lo estás ya.

En la cárcel, como fuera de ella, todo se puede comprar. Todo solo hace falta que conozcas a quién te lo puede vender y que puedas pagar el precio que te piden. Se compran las televisiones, se compran las camas, las plazas en una litera alta o baja, se compran los colchones. Se compran, también, las personas. Y la única forma de salvar a Ferrucci era comprándomelo.

Con Albano, Rami e Iván como acompañantes, fue fácil llegar a un acuerdo con los compañeros de celda de Leo. 4 cajas de helado. Ese fue el precio por el que ellos se comprometieron conmigo a no ponerle una mano encima. A no putearlo. De eso nos encargaríamos nosotros. Porque los acuerdos de compra-venta están para cumplirlos.

Leo dejó de tener problemas en su celda. Le respetabany le trataban como uno más. Y empezó a tenerlos con Rami y Albano. Una vez a la semana, tocaba jugar a los golpes. Y Leo, sabedor de su situación, no se quejaba. Bajaba los brazos y se dirigía, por su propio pie, a la celda acordada para recibir su paliza semanal. Eran los miércoles.

A base de golpes supimos que sí, que se le había ido la mano con la Tarantino. Que ambos estaban metidos en un asunto de cocaína con unos napolitanos que les amenazaron. Que se puso nervioso y que la golpeó, primero sin intención de matarla, luego con deseos encendidos de que eso sucediera. Y él hablaba, y Rami le golpeaba con el palo de la escoba y yo tomaba notas. Impertérrito. Como si ya nada fuera conmigo. Tomaba notas. Porque su declaración me interesaba. Porque no sabía cuándo me iba a volver a ver en esa situación: un psicólogo sentado enfrente de un asesino (por error, pero asesino a fin de cuentas), obligándole a decir la verdad a golpes. Tomando nota de sus sensaciones, de cómo se fue encendiendo hasta que empezó a golpear a su víctima. De cómo disfrutó viéndose con el poder suficiente como para matar o perdonar la vida a alguien. Y tengo mis notas bien guardadas. Y las leo de vez en cuando. Para no olvidar. Las tengo tan bien guardadas porque si salieran a la luz en el lugar menos idóneo, podría complicarse su defensa. Su vida. Él sigue manteniendo ante el Juez que es inocente. Y lo hace a instancias de su abogado.

Ahora que lo pienso… es posible que este sea el lugar menos idóneo al que me refería antes…

Navegador de artículos