Menagerie Intime

Archivar para el mes “enero, 2011”

>La primera carta

>Hasta el día 9 de julio no recibí noticias de la familia. Si tenemos en cuenta que me detuvieron el día 15 de junio, puedo aseguraos que estuve 25 días sin saber nada del mundo exterior. Sin saber nada de cómo estaba mi familia, mi hija, la que por entonces era y no era mi pareja.

Os podría decir lo que la recepción de esa carta supuso. O lo mal que se pasa cuando sabes que no tienes esperanza de recibir ninguna noticia del mundo exterior. Pero no lo voy a hacer. Simplemente voy a transcribir aquí a carta que me envió Sarit. La primera carta que recibí en la cárcel. La carta con la que más lloré. Sin duda, el peor momento de todos los que pasé allí.

La carta estaba en inglés. La traduzco directamente a español.

“Hola mi vida

Como ves, hemos vuelto a vivir en Israel. Desde aquí yo puedo controlar mejor la situación. Te echamos mucho de menos!.

Noa y yo te hablamos mucho desde aquí. Estoy segura que puedes oirnos.

En primer lugar, quiero que sepas que te queremos y que te creemos.

Con la ayuda de tu familia, lo cerré todo en España. Estoy haciendo todo lo posible por conseguirte un abogado lo más rápido posible. Aquí, en Israel, he tramitado el pasaporte de Noa y su seguro médico.

No te preocupes por el dinero. Cogí suficiente antes de salir.

Quiero que seas tan fuerte como lo somos Noale y yo. Por supuesto, dime todo lo que necesitas allí y te lo enviaré.

Recuerda “El secreto”. Si lo puedes ver, lo puedes tener. Usa tu imaginación para volvernos a ver juntos y sucederá pronto.

Noa está bien. Es la primera vez que la veo comer con normalidad desde que dejó la guardería. Incluso ha vuelto a tener algo de barriga!

Tú eres nuestra vida. Nunca olvides eso.

Tú eres mi vida y mi familia, no importa dónde estés. No lo olvides.

Te escribiré más. Tengo que salir corriendo a comprarte cosas para enviarte.

Muchos besos de Noale y míos.

PD.- Por favor, intenta escribir más claro. No entiendo bien tu letra!

PD2.- Te enviaré algo de dinero tan rápido como pueda.”

Dentro de aquella celda, dentro de aquel contexto, lloré. Cuando la recibí lloré. Y después de llorar guardé la carta en mi armarito. Para no volverla a leer más hasta el día de hoy. Para entonces, yo ya había entendido que es mejor no pensar. Que los días pasan más rápidos si solo piensas en ti. Si solo miras por ti.

Anuncios

>Hamid

>Cuando me trasladaron de la sección de aislamiento a la Tercera, una de las primera personas que conocí fue Hamid. Me asignaron la celda 30 y él vivía en la celda vecina, en la 29. Al enterarse que había llegado un chico español, pasó a saludarme, a darme la bienvenida. Hamid me ayudó mucho para poder cubrir una serie de necesidades básicas. Me ofreció un pantalón corto para que pudiera quitarme, tras tres semanas, mis vaqueros. Me dio una pastilla de jabón para poder ducharme en condiciones. Me dio un libro para poder leer, un folio, un sello y un sobre para poder enviar mi primera carta a la familia. Me presentó a los habitantes de su celda, entre los que se encontraba Dibhi, el tunecino con el que corría cada mañana. Me explicó los horarios, las costumbres, alguna que otra ley no escrita de la cárcel. Básicamente, explico todo esto para que comprendáis que Hamid es una buena persona. Se desvivía por hacer la vida más cómoda a las personas que tenían a su alrededor.

El hecho de que Hamid hablara español fue muy importante en mi llegada a la nueva sección. La casualidad hizo que Hamid hubiera vivido en mi ciudad, en Córdoba, y que se supiera dónde encontrar la mejor marihuana y el mejor hachís a buen precio allí. Y eso nos unió mucho, claro. Resultó que teníamos conocidos comunes. Y nos reíamos recordando sus caras.

Con el tiempo, llegué a decubrir lo que ya intuía. Hamid era una buena persona, cuyo gran delito había sido llevar una vida (demasiado) desordenada. Una vida condenada a huir, a vivir con lo puesto y a salir corriendo.

Hamid, iraní de nacimiento, se vio obligado a dejar su país junto a su mujer y su madre. Nunca le pregunté por los motivos. Me bastaba ver cómo se le ponían los ojos llorosos cada vez que hablaba de su país, cada vez que recordaba su vida allí. Lo que sí me comentó es que tuvo que entrar en Europa, hace 10 años, con un pasaporte falso, con otro nombre y apellidos. Con ese pasaporte se movió y trabajó en España, en Francia e Italia. Hizo el pasaporte falso tan suyo que creó su propio personaje. No tenía su pasaporte oficial, así que todos los documentos que tenía que mover, lo hacía bajo nombre falso. Así, por ejemplo, cuando sus hijos nacieron en Italia, quedaron registrados en el Registro Civil como hijos del pasaporte falso. No como hijos de Hamid. Eso es llevar una vida desordenada, y lo demás es tontería. A causa de eso, por ejemplo, sus hijos no tenían acceso al colegio en Italia. Su pasaporte falso estaba caducado y no sabía cómo hacer uno nuevo. Ir a la Embajada de Irán y hacerse un pasaporte real no era una opción viable. No olvidéis que salió huyendo de allí.

Si ni siquiera tenía a sus hijos bajo su nombre, imaginaos un coche. Nunca llegó a hacer una transferencia de nombre de los coches que compraba. No le fue necesario. Siempre se fiaba de amiguetes, de vendedores con cara de buenos. Siempre se fiaba.

Un mal día, mientras iba conduciendo por el GRA (como la M30, pero en Roma), la policía le paró para comprobar los papeles del coche. Al verificar que el coche estaba siendo buscado por haberse utilizado en el robo de unos turistas brasileños, la policía le cogió y le metió en la cárcel.

Él siempre decía que era inocente. Que no había hecho nada. Que posiblemente fuera el dueño anterior del coche. Que él no tenía nada que ver en ese robo. Pero eso no le importaba a nadie, claro. Por lo menos a nadie que trabajara para la justicia italiana.

Pasó en la cárcel algo más de un año. 14 meses. 14 meses recibiendo cada jueves la visita de sus hijos y de su mujer. Me contaba que su hijo le decía siempre “Tranquilo, papá, que en casa cuido yo de mamá y de la hermana. Además, yo sé que pronto vas a salir y volverás con nosotros”. Y me lo contaba entre lágrimas. Y lloraba porque su hijo tenía 6 años. Y lloraba porque no veía esperanza ninguna de que se solucionara su asunto. Y lloraba de impotencia. Y lloraba porque la cárcel, a veces, te hace llorar. Aunque muchos lo ocultaran y se hicieran los duros.

Dos días antes de que a mi me excarcelaran, justamente el día 6 de octubre, Hamid fue a su proceso. A su juicio. Y el juez dictaminó que no estaba probado que él fuera el que robó. De hecho estaba probado que él no había hecho nada. Y ese mismo día, por la tarde, vino a despedirse de mi a través del ventanuco de la puerta de mi celda. Y, de nuevo, lloraba. Porque no se lo creía. Porque estaba libre después de mucho tiempo. Porque se había demostrado que él era inocente. Y porque era un tío sensible.

Quedó en llamarme cuando viniera a España. Quedó en pasar por Córdoba y en irnos juntos a comer. A tomarnos unas cañas en la Corredera. A disfrutar de la vida libre. A reirnos de todos. Esta vez, de las caras de algunos de los que quedaron en Regina Coeli.

>Palmolive

>Tengo, en el lavabo de mi nueva casa, un portajabones y una pastilla de jabón Palmolive de color verde. Y los tengo allí, a pleno rendimiento, para no olvidar. Para no olvidarme de que el olor de esa pastilla de jabón, o de una como esa, me acompañó a diario durante el tiempo que estuve en la cárcel.

La pastilla de jabón en concreto me costó 1,98 euros. Un precio excesivo para una pastilla de jabón normalita, nada fuera de lo común. El jabonero costó algo más. Recuerdo que más de 5 euros, pero menos de 6. Durante la mayor parte de mi estancia en la cárcel me negué a comprar el jabonero. Me parecía tirar el dinero. Durante mucho tiempo metía el jabón en una botella de agua cortada por la mitad. Me di cuenta de lo engorroso que era cargar con la media botella a la ducha, así que caí en la tentación de comprarme el estuche para guardar el jabón. Y así dejé que me engañaran en la compra de los jueves.

Con respecto a la pastilla de jabón, recuerdo exactamente cómo compré una de sobra para guardarla, para abrirla cuando estuviera establecido, fuera de la cárcel; para recordar, cuando quisiera, el olor que desprendía mi ropa interior. Para recordar, cuando quisiera, cómo se ducha uno con una pastilla de jabón y agua fría. Para recordar, cada vez que me diera la gana, cómo se puede ser feliz cuando no se tiene nada. Cómo se puede vivir en el límite de la dignidad, basando esta en un poco de jabón verde.

Recuerdo el día que de “remanguillé” el cura de la cárcel le metió a Rolando un MP3 para escuchar bachatas y mariconadas varias. Lo recuerdo porque, como estaba prohibido tener ese tipo de artilugios en la cárcel, Rami tuvo que improvisar un escondite seguro para el aparato. Fabricó una funda de jabón Palmolive para el MP3, para poder esconderlo. Y lo hizo partiendo por la mitad una pastilla, vaciándola por dentro de jabón, y sellando la grieta que quedaba con agua y mucho arte.

De todo eso, y de mil cosas más, me acuerdo cada vez que hoy me lavo las manos. Cada vez que voy al lavabo, abro el grifo de agua caliente y meto mis manos bajo el agua con la pastilla de Palmolive entre mis manos.

>Kymera

>Durante 21 días, entre mi excarcelación y mi puesta en total libertad, estuve viviendo en una Comunidad destinada a alojar a personas que estaban en arresto domiciliario, pero que no tenían domicilio fijo en Roma o que, a pesar de vivir en Roma, no vivían con nadie más. Arresto domiciliario significaba que debías estar sin salir de tu casa,o de la Comunidad, en ningún momento. A diario, y a horas variadas, una pareja de Carabinieri pasaba a controlar que estabas, que no habías salido. Que no te habías escapado.

En el caso de la Comunidad, podías salir de la casa, pero no de los perímetros del jardín. Esta Comunidad fue creada por la Iglesia a fin de ganar pasta (aunque digan que lo hacen por razones humanas). Me resultó muy curioso el hecho de que, a pesar de seguir gestionada por un cura, admitieran a Kymera en ella.

Kymera, que no es su nombre verdadero porque no lo recuerdo, era un transexual. Venia de la cárcel de Rebbibia, la más nueva de Roma (lo que no significa que sea nueva). En esa cárcel hay una secciones de mujeres y, dentro de esta área, subsección para homosexuales y transexuales. Supongo que el llevar a Kymera a una sección normal le hubiera resultado un trastorno importante. O no. Porque estoy seguro que se la hubieran enculado a diario. Varias veces.

Su mote, Kymera, viene de un grupo que participó en X Factor italiano. No es por el hecho de que el grupo Kymera estuviera formado por una pareja de homosexuales, que también, sino porque era clavado al de los pelos largos. Mirad el vídeo y lo estaréis viendo a él.

El caso es que, como también he dicho, me resultó extraño que en una Comunidad masculina, decidieran incluir a un trans. Entre varias opciones, los que allí vivíamos manteníamos que el cura se lo zumbaba a tiempo parcial. Ella nunca soltó prenda. Pero estamos convencidos.

Lo que sí tenemos claro es que Alí sí se la zumbaba. Y él lo hacía a tiempo completo. Tres años en la cárcel es demasiado tiempo. Y cuando las ganas de joder aprietan… No dejaba de ser curioso ver a Alí rezar cinco veces al día, como buen musulmán, negarse a beber alcohol, como buen musulman, negarse a comer cerdo, como buen musulman, pero zumbarse a Kymera, como si fuera el maor pecador del mundo mundial.

Era buena persona Kymera. Muy atenta con todos nosotros. Siempre tenia una palabra agradable para todos. Le gustaba poco hablar de sus cosas. Pero cuando lo hacía, se abría de par en par, y te lo contaba todo, todo, todo. Con pelos y señales.

Había pasado 15 años, completos, con sus días y sus noches, por homicidio. Mató a una pareja que tuvo. Por celos. Con dos cojones. Y decía que lo había matado a golpes. Me costaba mucho trabajo ver a Kymera golpeando al tipo, pero los documentos que enseñó decían así. Matar a una persona a golpes. Sin acritud, y sin ánimo de crear polémica, creo que debe ser una muerte horrible. Ver a tu pareja, transexual, matándote despacito a hostia limpia. Y lo peor, por celos.

Estaba a punto de acabar su condena. De hecho, cuando volví allí a primeros de esta semana ya había salido. Volvía de forma periódica a la Comunidad a pasar el día por allí, zumbadose, esta vez de forma más clandestina aún, a Alí.

El día que me confesó por qué había cumplido condena, me di cuenta de que no te puedes fiar de nadie. No debes mirar la apariencia de las personas. Allí, el más tonto, era capaz de matarte por el mero hecho de disfrutar. Y comprendí que la expresión “lobos con piel de cordero” es más real que la vida misma.

>Paseos triunfales

>Hace un par de días estuve en Roma. Estuve allí 20 horas. Tiempo más que suficiente para recordar la inexistencia de leyes de tráfico. Tiempo suficiente para agradecer, tanto a los Carabinieri que me llevaron a Regina Coeli como a los Policías Penitenciarios que me sacaron de allí, el hecho de que me enseñaran la ciudad desde un punto de vista privilegiado. Estuve en Roma el tiempo suficiente como para darme cuenta de la suerte que tuve. Atravesé todas las calles del centro histórico en un coche con sirenas y lucecitas azules. Bueno, en dos. Y ante eso, los demás coches nos dejaban paso inmediato. Y gracias a eso pude disfrutar de una perspectiva de la ciudad como pocos han hecho. O de cómo morir en el intento. O de cómo relativizar las cosas. Todo.

También tuve tiempo para agradecer a la fiscal que me enviara a Regina Coeli, y no a Rebbibia (la otra cárcel de Roma). Más que nada porque Rebbibia esta al norte de Roma, encuadrada en un barrio suburbial. No es igual entrar en la cárcel con la imagen del Coliseo o del Vaticano iluminada de madrugada que hacerlo quedándote con la imagen grabada en la retina de un yonki metiéndose caballo en vena. No es igual, no. Y, puestos a elegir, mejor estar atrapado en una ciudad que te trae buenos recuerdos.

Recordé antes de ayer mi paseo triunfal por la Plaza Venecia, por la Calle Vittorio Emmanuele II, por el Vaticano. A toda velocidad. Con destellos azules a mi alrededor. Y me pasó una cosa muy curiosa. Me alegré de que todo hubiera pasado así, tal y como pasó. Me alegré de que me pasara en Roma. Imaginad qué putada si me hubiera pasado en Tailandia. ¿Qué monumentos iba a recordar de allí?

Navegador de artículos