Menagerie Intime

Archivar para el mes “diciembre, 2010”

>Google Street View

>Durante el tiempo que estuve en la Comunidad, entre el 8 y el 29 de octubre , pasaron muchas personas por allí. Algunas ya estaban cuando yo llegué, y siguen allí. Otras llegaron después para quedarse, y todavía están allí. También estaban los que iban de permiso, de fin de semana, o dos o tres días entre semana, en función al delito cometido, a la pena cumplida y al carácter del juez.

Entre los que llegaron cuando yo estaba allí y todavía están, recuerdo un serbio. Un gitano serbio que era un personaje. Un personajazo. Un chaval joven, con 6 hijos al que se le daba muy bien bailar a lo Michael Jackson. Necesitaba medicación para dormir porque le daban ataques de ansiedad por las noches y por esto no bebía alcohol con nosotros. Por eso y porque estaba prohibido tener alcohol en las habitaciones. Claro que siempre había alguno como yo que se saltaba las reglas, pero eso es otra historia. El caso es que beberte media botella de tequila, esperar media hora después del último chupito y verlo bailar entonces, era un epectáculo. Un rato memorable. Un momento histórico. Unos minutos en los que la tristeza y la soledad salía por la ventana para no volver hasta el día siguiente. Cuando lo recuerdo no puedo dejar de sonreír. De alegrarme.

Se llamaba Gianic, pero lo llamábamos Ibraimovic. No sé porqué le pusimos ese nombre, pero con él se ha quedado. A algunos nos llaman Malaguita sin ser de Málaga y sin comprender los motivos y también tragamos.

Gianic, además de ser un artista del mundo del espectáculo (prometo que intentaré llevarlo al programa de Jesús Quintero y forrarnos ambos de forma lícita), era especialista en robos. En robos en casas con mucha pasta. Era especialista en robar y reventar cajar fuertes. Así de tranquilo lo decía. Una noche nos explicó la gran diferencia entre una explosión producida por TNT y la producida por dinamita. Nos explicó con cuántos gramos de TNT podía reventar una caja fuerte con una puerta de 15 centímetros de espesor. Y cajas fuertes de esas, no las tienen las personas normales en su casa… Nos explicaba cómo hacer que el efecto de la TNT se multiplicara por mil, llenando la caja fuerte de agua y haciendo que el TNT explote justo en el momento adecuado. Muy profesional.

Recuerdo el día en que me vino a la habitación con un ordenador que no tenía pinta de haber sido comprado a su nombre. Me pidió que lo reseteara todo. Que lo formateara e instalara una serie de programas. Claro, lo hice. Favor, con favor se paga. Y bastante bien lo pasaba a su salud.

Cuando estuvo todo hecho me dijo “Ahora, a trabajar”. ¿Él? No es por nada, ¿eh? No me interpretéis mal, pero no tenía mucha pinta de ser un lumbreras de la informática. No tenía pinta de ser un aventajado Bill Gates serbio. Con el tiempo me explicó lo de trabajar. Me hizo gracia. Bueno, gracia, lo que se dice gracia, no, pero sí es verdad que era ingenioso.

Resulta que, una vez localizada la víctima del robo, utilizaban google street view para llegar con exactitud a la casa, para conocer qué negocios había cerca. Para saber exactamente dónde quedaba el domicilio del incauto. Ya veis. La gente que iba a robar no sabía de números. No sabían distinguir los números. Confundían el portal número 46 con el 49. Y buen lío se hubiera montado si entran en la casa que no es. Sin dinero y a lo loco.

Así que nuestro grupo de gitanitos serbios delincuentes son un claro ejemplo del uso de las nuevas tecnologías. “Entra en el edificio de color amarillo” – decía por teléfono – “el que está entre un bar con las letras rojas y una tienda de muebles con grandes cristaleras. ¿Lo ves?” “Sí, sí, lo tengo. Entramos”. Y todo gracias al uso del ordenador, de la tecnología. De google street view. No me diréis que no tenían la cabeza preparada para el delito. Mientras alguno en la comunidad usaba su ordenador para ligar con chicas a través de facebook y otro escribía un blog contando sus aventuras y desventuras en la cárcel, había una persona, Gianic, que realmente sacaba partido del ordenador robado, que realmente sacaba provecho a la inversión en internet que había hecho. Más adelante le enseñé a descargar música. Pero eso no os lo cuento aquí, por si Sinde me lee. No la vayamos a liar y vuelva a acabar en el trullo.

>Una de Navidad, claro.

>“Me llena de orgullo y satisfacción” estar fuera de la cárcel en estos días, claro. Poder disfrutar de mi hija, de mis padres, hermanos y amigos, como si nada hubiera pasado. Como si hubiera sido un año normal. Como si no hubiera estado en prisión 135 días. Como si nada hubiera pasado.

Claro, no puedo dejar de pensar en que sí han pasado muchas cosas. En que sí hay gente que no podrá disfrutar tanto como yo en estos días.

Me contaban los presos veteranos, los que ya habían pasado estas fiestas en la cárcel, que son días tristes allí. Son días más duros que los de agosto, en los que no se reciben ni visitas de abogados ni casi noticias del exterior. A pesar de que se tratan de realizar actividades variadas, los presos no dejan de echar de menos a sus familiares. Lógico, ¿no?

Ayer hablé con una amiga por teléfono. La llamé para desearle unas buenas fiestas, para decirle que seguía vivo, a pesar de que no la he podido llamar antes. Y me dijo que para ella era ejemplar el cómo había llevado el tiempo que he estado allí. No. Ejemplar es cómo hay gente que se levanta todos los días, incluidos los de Navidad, sin esperanza alguna de ver a las personas a las que quiere. Y siguen vivos. Y luchan por salir adelante. Con más pena que gloria. Pero luchan y no se suicidan. Ellos son ejemplares. Esa actitud es ejemplar.

Yo, que no soy religioso, que no me gusta la Navidad, que siempre vi estas fechas como un trago que hay que pasar, como una penitencia por alguno de mis pecados en mis vidas pasadas, encenderé hoy una vela por ellos. Por todas las personas que están encerradas. Por todos los presos que no pueden ver a su familia. Por todos los padres de familia que no podrán acariciar a sus hijos esta noche. Por todas las personas que, pese a merecer estar en cárcel (no justifico a ninguno que esté allí por motivos de peso), sufrirán todas estas ausencias hoy. A alguno de ellos les envié cartas la semana pasada para que les llegaran a tiempo. Espero que las hayan recibido. Espero que sepan que, al menos este año, estoy con ellos. En la distancia, pero pensándoles.

Os deseo a todos unas buenas fiestas en compañía de vuestras personas queridas. También a vosotros.

>Tabaco y café. Solución al paro.

>Si para algo me han servido estos cuatro días seguidos que llevo ahora en España, es para darme cuenta de que tanto la televisión como los políticos, todos, que tenemos en nuestro país, no paran de apuntalar una idea básica en la democracia. A libertad de expresión. Y como yo soy un defensor de casi todo tipo de libertades, incluyendo la de darle un toque de atención de vez en cuando a quién se lo gana, voy a ejercer este, mi derecho a explicar mi ideas. Que no es otro que el decir gilipolleces sin ton ni son. Como muchos de los tertulianos que salen en los programas de “información”.

He de decir que esta, mi opinión, está basada en una serie de estudios antropológicos llevados a cabo durante mi estancia en la cárcel. Como he dicho en varias ocasiones (no sé si lo he llegado a escribir aquí o no) la cárcel es una microsociedad, un ejemplo casi real de lo que te encuentras fuera de ella. Una sociedad con “ciudadanos normales” a escala.

Por eso quiero plantear una reflexión. El paro en España no bajará hasta que el Gobierno liberalice, totalmente, Tabacalera. Ahí llevas. Y si esto lo dijera algún malandrín en la tele, se hinchaba de ganar pasta. Pero yo os lo explico gratis. Porque el conocimiento debe ser así, libre.

A día de hoy, en la sociedad normal , como en la de la cárcel, hay poco que hacer. Hay mucha gente desempleada, parada, que se aburre. Que se cansa de no hacer nada. De no madrugar. De ir cada dos o tres meses a sellar el paro y de poner el cazo para llevarse el dinerete que el Estado, en representación de todos, le paga. En la sociedad normal, como en la de la cárcel, cuando no se tiene que hacer nada, se fuma. Se fuma mucho. Se fuma y se bebe café. Y que eso se haga en la cárcel, trae un beneficio mínimo al Estado, claro, porque el número de reclusos no es tan significante como el número de personas “normales”.

En la cárcel, como en la sociedad normal, se prefieren los vicios a la necesidad. Muchas personas vi que no tenían qué comer, pero que compraban tabaco de liar o incluso cigarrillos para tener suficientes para toda la semana. Somos una sociedad viciosa. Y de eso se aprovechan.

Llegados a este punto la relación es simple, claro. A más parados, más aburridos. A más aburridos, más fumadores. A más fumadores, más ingresos para el Estado. Más dinerito que entra en la caja. Clinc clinc, caja. Y la gente no tiene para pagar hipotecas, no tiene para comer, no tiene para hacer regalos de reyes, no tiene para invertir en bolsa, pero para tabaco no falta nunca. Que no nos falte el cigarro entre la mano y la boca. El día que el Gobierno deje de ganar pasta con los fumadores, con los aburridos, con los parados, el paro empezará a descender Porque ya no interesará que haya gente aburrida.

Sé que mi teoría puede parecer simplista, pero echadle un vistazo. Pensad un poco en ella estas Navidades, veréis cómo antes o después me dais la razón.

Por otro lado, y si los políticos quieren no solo mantener, sino incluso aumentar el número de parados, recomiendo que compren Cafés Saimaza, el café de los muy cafeteros. Y entre tabaco y café estaremos todos servidos. Todos los parados enviando, de nuevo, todo su dinero de vuelta al Estado. Un ciclo que se repetiría por los siglos de los siglos. Y mientras Colombia y los países productores de tabaco crecen, nosotros menguamos.

>Los italianos son unos sapos

>Como psicólogo que soy, he de decir que siempre me interesó el área social. La psicología social es un amplio campo que se encarga de estudiar, entre otros aspectos, la validez o no de los estereotipos nacionales. De cómo se crean y de cómo evolucionan. Si cuadran con la realidad o si son totalmente creados. Nunca creí en la validez de estos estereotipos. Solo ahora me doy cuenta de que quizá, solo quizá, algunos de ellos son reales. Por ejemplo los de los italianos. Esas personas superficiales, siempre con gafas de sol y camisetas de modernito que nos levantan a las chicas en verano cada vez que llegan con sus gritos a la playa. Hoy, además, quiero añadir un dato importante. Un matiz fundamental para entenderlos. Los italianos son sapos. Y cuando hablo de sapos, hablo de chivatos, de infames. De cabrones. Y hablo con conocimiento de causa. Los meto a todos, y el que pueda que saque los pies del plato.

Ayer me pasaron un par de cosas curiosas. Al principio nada hacía presagiar que estaban relacionadas entre sí, pero al final del día me di cuenta de que había una relación causa-efecto clarísima. Veréis.

Después de comer fui al Coliseo a tomar café y a aprovechar la tarde comprando varios regalos de navidad, travestido de Paris Hilton. Puto consumismo. Bien. Al llegar a la estación de metro, intenté comprar dos billetes más, por si las moscas. Siempre me gustó llevar alguno de más, aunque esta vez sabía que iba a necesitar los dos en esa misma tarde. Introduzco mi moneda de 2 eurazos en la maquinita y me imprime un billete. Uno. No dos. Y se queda con el euro de cambio. 2 euros por un billete de metro. Está bien que los italiaos sean piratas, pero que también enseñen a las máquinas a serlo… Sinceramente, me quedé con cara de gili. Con unas ganas locas de salir, coger una piedra y tirarla contra el Coliseo. Protestar por el euro robado.

Lógicamente, el enfado no era por el euro en sí, sino por la sensación de tonto que se te queda cuando te roban. Parecía que los italianos no habían tenido bastante con el hecho de haberme robado casi cinco meses de mi vida y me estaban estrujando a más no poder.

Con resignación hice las compras debidas. He de decir que esa sensación de gastar pasta hizo que me olvidara del euro perdido. No hay mal que por bien no venga. En este relax, tuvieron mucho que ver un par de vendedoras que no me quitaban ojo de encima. Yo pensaba que ellas creían que iba a robas, pero cuando sus sonrisitas se hicieron más evidentes, descarté esa idea.

El caso es que después tuve que coger el autobús para volver a la comunidad donde he dormido estos días. Y yo no tenía ticket, claro. Así que, como un campeón, y desafiando el reglamento, me monté en el autobús sin billete. Esta claro que no tenía el ticket, de forma física, en mi, pero lo había pagado, y moralmente eso me daba la razón. Mientras esperaba el autobús, un amigo italiano, Mateo, me llamó y estuve comentando la tarde tan divertida que había pasado. Guiños de morenas incluidos.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Cuando el autobús salía de la estación de Laurentina, se montaron los revisores. Y en un segundo pasaron por mi cabeza la maquinita del metro, el euro perdido, las caritas de las vendedoras y el impávido Coliseo. Todo a la vez. Como hay situaciones que a fuerza de sucederse se hacen normales, mantuve la calma. No debería decirlo, pero ayer no fue la primera ni será la última vez que me monto en un autobús sin pagar. Así que, con toda tranquilidad, puse en práctica la “técnica del orejas”. Técnica creada en Londres y perfecccionada a base de parar en los puestos de control de velocidad de la tan temida policía rusa. Os prometo que pocas sensaciones son tan satisfactorias como “hacer un orejas” en medio de Siberia y salir victorioso. Básicamente, la técnica consiste en no responder. En hacer ver que no entiendes un carajo de lo que te dicen. De no soltar una palabra en el idioma local. Y esperar. La paciencia hace el resto. Es como estar hablando con la pared. Solo que en este momento tú haces el papel de pared. Y eso es una ventaja.

Y allí estaba yo. Sonriéndole al revisor. Con las manos cargadas de bolsas de compras. Con mi conciencia tranquila porque habia pagado el euro de ese viaje. Sin soltar una palabra en italiano. Ni una. “No entiendo, amigo. ¿Pero los autobuses no los paga el Ayuntamiento?. Nada, que no sé qué me quieres decir. ¿Ticket? ¿Eso qué significa?. Nada hombre, que no ha manera de enterarme de qué me quieres decir. ¿Qué necesitas dinero? Pues en Madrid por lo menos te cantan, no te vienen uniformados a pedirte la pasta”. A punto estuve de salir victorioso. A puntito. Cuando el revisor se retiraba, a mi se me ponía carita de ganador. Fue justo en ese momento, en ese mismo momento, después de 5 minutos de charla, cuando una señora italiana, cuando una hija de puta italiana, se dio la vuelta y dijo: “Que no te engañe, que habla italiano bien. Antes de coger al autobús ha estado hablando con un amigo suyo que se llama Mateo y le ha dicho que…bla bla bla …” comenzó a relatar toda, TODA la conversación que había tenido con Mateo. Cotilla. Chivata. Infame. Sapo.

Yo la miré, supongo que con cara de desprecio. Y le hablé. Ya en italiano. “Señora. Menos mal que ha escuchado la conversación en la que hablaba de las compras de navidad, y no aquella en la que le conté a Mateo cómo me cagué en los muertos de una infame”.

Me han multado. Por el billete de autobús. Quieren que pague 50 euros. Dicen que me llegará el papel de la multa a casa, a la dirección que di, que es la de la comunidad. De momento dudo entre pagarla o no, la verdad. Supongo que cuando les llegue la carta y me la reeenvíen decidiré qué hacer. De momento no puedo dejar de sentirme jodido. Dicho en castizo. Cornudo y apaleado.

>Felicidad

>Según la segunda acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que aún limpia, fija y da esplendor a nuestra lengua, a pesar de sus tan controvertidas últimas decisiones, felicidad es “satisfacción, gusto, contento” y yo, desde ayer, soy feliz. Siento esa sensación de felicidad que te embarga cuando haces alguna cosa que te gusta. Alog que quieres y debes hacer.

Desde el sábado estoy de nuevo en Roma. De nuevo en Roma. Casi como volver a casa. Y he vuelto a la comunidad en la que estuve entre los días 8 y 29 de octubre. He vuelto porque, justo antes de irme, me comentaron que tal día como ayer, harían una fiesta para felicitar la Navidad a los benefactores de la casa. Y yo ya soy benefactor. Pasé de ser habitante a benefactor. Y como favor personal me han dejado dormir aquí. Con ellos. En la que fue mi habitación y mi cama. Podría haberme ido a mi hotel en Roma, al hotel de Giulia. Pero no sería igual. Nada sería igual.

Desde que llegué, he descubierto porqué lo pasé tan bien aquí. Porqué me reía tanto aquí. Porqué hice tan buenas migas con todos los delincuentes que viven aquí. Y todo esto ha ayudado a llegar a sentirme muy bien con ellos.

Hoy recordábamos los madrugones interestelares que nos metíamos para arreglar el huerto, aunque luego no lo haya cuidado nadie desde que me fui. Hemos recordado porqué llamábamos “mulo de carga” a Francesco, que trabajaba todo el día. Hemos recordado cóo todos los días limpiaba el pasillo de la planta alta y el salón comedor sin quejarme, sin importarme si mientras fregaba el suelo, alguno entraba a beber algo de agua y me pisaba el suelo. Hemos recordado mi juego de “di un número” para asignar los turnos para lavar los platos. Lo he recordado, sobretodo, yo. Porque me he dejado camelar, como si fuera tonto, y he fregado los platos en los que han comido 300 personas. Con ayuda de algunos, claro. Y ellos pensaban que me habían camelado. Hemos recordado cómo mi habitación, la número 10, se convirtió en la verdadera bodega de la casa. Nunca faltaban tequila, limoncello, licor amaro… Cositas así para alegrarnos la existencia noctura. Hemos vuelto a recordar cómo les ganaba a las cartas. Es increíble lo fácil que puede llegar a ser ganar cuando las personas que juegan en contra está cociditas gracias al alcohol. Hemos bailado canciones típicas albanesas, todos sin camiseta y abrazados en la celda del clan albanés. Nos hemos reído de los días en que venía la puta de turno y aliviaba algunas conciencias en el cobertizo. Hemos vuelto a jugar a futbolín con una bola de papel de plata. Hemos vuelto a darle de comer a los gatos musulmanes que rondan alrededor de la casa. Gatos musulmanes porque los musulmanes de la casa planean matarlos algún día y comérselos. Y para no tener problemas con Alá, se dedican a darles comida a diario, siempre y cuando no sea cerdo.

Y he sido muy feliz. Muy feliz. Muy feliz. De nuevo aquí, en la comunidad. En la Isola dell´Amore Fraterno – que es como se llama- . Muy feliz con todas y cada una de las personas que viven aquí. Recordando aquellos 21 días en los que viví aquí. Aquellos 21 días en los que, a pesar de seguir bajo arresto, pude empezar a setirme libre.

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