Menagerie Intime

Archivar para el mes “noviembre, 2010”

>Como una Patena

>Los presos que llevaban mucho tiempo en la cárcel marcaban muchas de las reglas de comportamiento del resto. Marcaban las normas a seguir, las pautas de educación mínimas exigibles a cada persona. También marcaban la ley. La pena que te podía caer por incumplir alguna de las leyes. Y ante eso no se hacía distinción. Podía ser el más simpático de la sección, pero si metías la pata te aplicaban la ley con todo su peso.

El ejemplo es fundamental como forma de aprendizaje carcelario. En cierto modo es lógico y normal que sea así. Las reglas y las leyes eran iguales para todos, incluso para los que las marcaban. Y ellos no se las saltaban. Las cumplían. Y por eso gobernaban en la sección. Por eso eran los líderes de la misma. El que quiera dedicar a dirigir equipos de trabajo tiene que quedarse con esta copla. Las reglas están para cumplirlas. Y el líder tiene que ser el primero en hacerlo. El que nos las cumple es el jefe, pero eso es otro cantar, y antes o después tendrá problemas. Por soplapollas.

Una regla fundamental en la cárcel es la limpieza. No solo la higiene sino la limpieza general de la sección. Se exigía que cada celda hiciera limpieza dentro cada tres días. Se exigía que los pasillos estuvieran limpios, como una patena. Porque está claro que somos presos, delincuentes, malandrines, timadores, gente de mala vida, pero una cosa es vivir como cerdos.

Recuerdo el día en que a un rumano se le ocurrió tirar una colilla al suelo. En el pasillo. Y la tiró y ni siquiera fue para pisarla y apagarla. Era la desgana en persona. Y eso lo tendría que pagar. Tendría que aprender.

25 colillas de cigarros se comió. Una detrás de otra. Mientras se le increpaba, mientras se le decía que era un guarro, que cómo tendría su casa llena de mierda, que si no miraba por lo limpio… Esta última frase se la dije yo. Es una frase que mi madre le decía mucho a mi hermano pequeño. Supongo que estaba tan hasta los cojones de escucharla que pensé que iba a martirizar al rumanito. Cuando les expliqué a todos, entre risas, de dónde venía esta frase le dijeron al rumano “venga y esta última colilla a la salud de la madre de Spagna”. Y tuvimos risas durante una semana con la frasecita. Claro que cuando les dije que si mis paellas estaban ricas, las de mi madre lo estaban más, se acabaron las risas. “Habrá que probarlo cuando salgamos todos”. “Los cojones. Os llevo a todos a casa de mi madre y se muere”. “No, hombre. Tú dile que somos muy aseados y que miramos por lo limpio”. Y me reía. Y, os va a sonar raro, era feliz. Coño, me respetaban a mi y a la madre que me parió.

Mientras me decían lo de que son muy limpitos me acordaba de un amigo de Londres. Él siempre me recomendaba que me ennoviara con tal o con cual chavala, según el día. Fuera con quien fuera siempre argumentaba lo mismo: “Es limpia, aseada y de buena familia”.

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>Duchas

>Todos los días, invariablemente, tenía lugar un ritual. Era el momento de la ducha. Y digo que era un ritual porque los presos hacíamos las cosas con mucha parsimonia y con mucha dedicación. Y prepararse para la ducha no iba a ser para menos. Para algunos era el momento más importante del día. Para otros, simplemente una imposición social.
Estábamos algunos para los que ir a la ducha era ir a un parque de atracciones. De esos con cataratas y agua por todas partes.

En cada planta había una habitación con duchas. En cada habitación había tres placas de ducha y tres duchas deficientemente equipadas. Les faltaban las chapas que tapaban los sumideros, les faltaban las manillas para abrir y cerrar el agua, así como para regular la temperatura. Por faltar, faltaban hasta las “alcachofas” que hacen que el agua caiga en mil chorros. Por lo tanto la ducha no era tal, sino que era ponerte debajo de un caño más o menos pobre de agua que caía directamente de la tubería. Las partes de la ducha que faltaban era muy deseadas por los presos. Con eso se podían hacer cuchillos para cortar comida o piel, cutters para hacer trabajos manuales u operaciones a corazón abierto. Eran partes que, una vez afiladas contra el suelo, hacían las delicias de los delincuentes. Supongo que el director de la cárcel lo sabría, porque en los casi cuatro meses que he estado allí no han repuesto ni uno solo de esos artefactos.

El momento ducha comenzaba antes de llegar a la ducha, claro. Comenzaba cuando estabas en tu celda y decidías que era la hora de la ducha. Como estaban abiertas desde las 9 hasta las 14, podías decidir tu horario. Tu momento. Los presos que tenían albornoz se lo ponían directamente en su celda. En un bolsillo el gel, en el otro el champú. En los pies las tan obligadas como inservibles chanclas. Obligadas para no coger nada malo en los pies. Inservibles porque el agua estancada llegaba casi hasta los tobillos. Y al agua patos. Caminito. Se recorría todo el camino desde tu celda hasta la ducha con el albornoz cerrado. No era cuestión de verle las pelotas a nadie por el pasillo. Los que no teníamos albornoz (a pesar de que más de un preso me dijo que me dejaba o me daba el suyo… yo para mis cosas soy muy mirado y una cosa es que estemos encerrados y otra muy distinta que seamos unos puercos, coño) hacíamos el camino con el pantalón corto y una camiseta puestos. Al principio, los primeros días en la sección sí vi a más de uno entrar y salir a la ducha sin camiseta. Fue recriminado por los demás presos. Aquí no queremos ni verte las pelotas ni el pecho. Por mucho que te guste enseñarlo. Tres golpes bien dados fueron suficientes para que aprendiera la lección.

Desde mi encontronazo con el nazi de la celda 32 Albano no me dejaba ir solo a la ducha. Siempre iba con él y con Cipria o Rolando. Protección. Y mientras nosotros estábamos en la ducha, no entraba nadie a esperar. Los que tenían que esperar su turno, esperaban de pie fuera. Una cosa es enseñarnos el cipote entre nosotros y otra que sea de dominio público. Y los tres allí, desnudos, nos reíamos, nos tirábamos agua encima. Agua fría, claro. Nos escondíamos los botes de jabón. Hasta que Albano se enfadaba medio en serio medio en broma. Recuerdo el día que vino con nosotros a ducharse Fabio. Estábamos Albano, Fabio y yo en las duchas de agua fría (que es muy buena para la piel) de la tercera planta. Y entre bromas y jodiendas, Fabio le tiró un trozo de pastilla de jabón al suelo a Albano. Se dio cuenta de lo que había hecho cuando tenía a Albano montado a caballito encima suyo. Diciéndole que se agachara a recoger el jabón. Cosas que pasan en la ducha. Mejor no bromear.

Ninguno hacía mención a tamaños, formas, colores y variedades de carajos que se veían. “Aquí somos todos tíos y sabemos lo que tenemos entre las piernas. Y el que ponga especial atención probará más de uno, verás cómo al día siguiente no pregunta”. Y era así. Nadie comentaba nada. Nadie miraba nada. Cosas que tiene estar entre amiguetes. Duchándote en la cárcel.

>La spessa. La compra.

>Estar en la cárcel es una putada. Una putada gorda. Estar en la cárcel sin una lira en la cuenta es una putada gordísima. Es motivo más que suficiente para estas bien jodido. Para ser el hazmerreír del os demás presos. Es causarle una putada grande al resto de compañeros de celda que tienen que mantenerte. Porque a pesar de lo que pueda pensarse, si no tienes dinero, el resto de compañeros de celda te ayudan en lo que pueden. No te pagan lujos, pero te ayudan en los productos personales y en la comida.

Cuando yo llegué a la sección tercera, fui ayudado por Barone, por Tibi y por Vincenzo. Y eso no se olvida. Ellos se encargaron de comprarme cuchillas para afeitarme, jabón para ducharme, cepillo y crema de dientes… hasta la comida la compraban ellos. Lógicamente, cuando yo pude recibir dinero en la cuenta, me dediqué a pagar de vuelta todo lo que me habían dado. Estuve tres semanas haciendo la compra en la celda. La spessa.

Si no tienes dinero en la cárcel tienes que conformarte con lo que los demás te quieren dar y con la comida que dan en el vitto. Una porquería. Si no tienes dinero en la cárcel tienes que estar de pedigüeño a diario, a fin de conseguir algo de café, azúcar y hasta bombonas de gas para poder beber algo caliente por las mañanas. Más de una vez tuve que frenar los pies a algún preso porque pensaba que mi celda era un supermercado. Más de una vez tuve que poner a alguno en su sitio diciéndole que en la puerta de mi celda ponía “35” y no “supermercado gratis”. Y no dudaba en decirle algo así cuando cogían confianza. Una cosa era ser bueno y solidario con el resto de detenidos y otra cosa era ser gilipollas.

La spessa, la compra, se realizaba cuatro veces en semana. Cada celda tenía un cuaderno en el que escribía lo que quería recibir. Se hacía en columnas, indicando el nombre de la persona a la que la compra debía ser cargada. En nuestro caso solo teníamos tres columnas: Rami, Mimmo y yo. No siempre Mimmo tenía dinero. Tampoco Rami. Lo que estaba claro es que yo hacía la compra en la celda. Desde que empecé a recibir dinero de mi expareja. Nuestra relación ya está confirmada.

Cada día recogían el cuaderno de cada celda, a fin de anotar lo que se pedía. Los miércoles y los viernes recibíamos la compra de comida. Pasta, salsa de tomate, huevos, sal, pimienta, cosas así. Los jueves era el día de los artículos personales: Champú, batoncillos para limpiar las orejas, sobres, sellos, cuadernos para escribir, bolígrafos para escribir o para sacar ojos… Los sábados se recibía la verdura y los congelados. Algún que otro día compramos algún helado o alguna pizza congelada. En momentos especiales. Las paellas se hacían los domingos porque yo quería que se hicieran ese día y porque los mariscos congelados llegaban solo el sábado.

La spessa, la compra, podría verse, desde fuera, como un hecho normal de cara a mantener el bienestar de los presos. Nosotros los presos lo veíamos como un negocio redondo para el director de la cárcel. Los precios estaban demasiado inflados. Era todo demasiado caro en comparación con el mundo exterior. Más si cabe si se tiene en cuenta que la cárcel hacía pedidos al por mayor y que almacenaba el producto en el almacén. Así, por ejemplo, nos cobraban 1,89 euros por un kilo de pasta. Cuando fuera se compraba por bastante menso de un euro. Cobraban 3.10 euros por media docena de huevos. A más de medio euro cada huevo. Así se consideraba cada huevo como un artículo de lujo. 5 euros cada paquete de 300 gramos café. 0.90 euros cada paquete de 200 gramos de sal. 3 euros cada paquete de 1 kilo de azúcar.

Nosotros, que nos gustaba practicar las matemáticas para saber lo que nos estaba engañando, llegamos a calcular que el director de la cárcel se embolsaba alrededor de 12000 euros mensuales en concepto de “robo en la spessa de los detenidos”. Y eso nos enfadaba. Pero no se podía hacer nada. O comprabas allí o te jodías, claro.
Había límites para la spessa. Una persona no podía gastar más de 110 euros semanales entre todas las compras. No más de 440 euros de gasto mensual por cada preso. Cuando todos los presos de una celda tienen pasta, es una buena cantidad. Cuando solo uno o dos son los que hace la compra y los que tiran del carro de la celda, es poco dinero. Más de una vez nos cancelaron la compra a nosotros porque yo había gastado más de la cuenta. No te bastaba con estar preso. Encima tenías que llevar al dedillo la cuenta de lo que gastabas. Porque si gastabas un euro de más, te cancelaban toda la compra. No solo una parte. Y si eso pasaba te hacían una gran putada.

Yo tuve la suerte de hacerme amiguete de Tony, el responsable de las compras en la sección. Todo gracias a las paellas que le hacían llorar por los recuerdos que le traían. Y eso me ayudaba a que no me cortaran mucho la compra. Hacía sus triqueñuelas para que no fuera así. Y si me la cortaban, se dedicaba a recortar algo de cada celda a fin de darnos todo lo que habíamos pedido a lo largo de la semana. Es lo que tiene caerle bien a algente. El ser gracioso.

Y a los que se les cortaba la compra no decían nada. Simplemente se le había entregado el producto a Spagna. Se te devolverá la semana que viene. Ni se te ocurra tocarle los huevos. Quería decir, dejarme sin entregar los huevos que había pedido.

>Maurizio

>En la celda 18 había un hombre muy afable. Maurizio se llamaba. Siempre me pareció simpático. Siempre me hizo gracia verle con su bigotito tan bien arreglado. Siempre me reía cada vez que lo veía salir a dar su paseo matutino en pijama. Para él no se había hecho madrugar, estaba claro.

Tendría unos 50 años. Llevaba en cárcel 10. Había recurrido su sentencia en la Corte de Apelo y esperaba que le cambiaran su condena. Le había caído cadena perpetua. Así, como se oye, con todas las palabras. Cadena perpetua. En Italia todavía se usa. Y es literal. Te mueres en la cárcel. Estás allí hasta el último día de tu vida. En este caso, podrías ser considerado un tío con suerte si te morías pronto. Si no, estabas jodido.

Maurizio venía conmigo a la Biblioteca Central los martes. Yo solía quedarme al final de la cola de presos porque siempre allí estaba él. Era un poco cojo y no podía correr mucho, así que me pegaba a él y le daba charla. Descubrí que era bien simpático. No era solo cuestión del ridículo bigotito que se arreglaba a diario. Era cuestión de sentido del humor.

Tenía tanto sentido del humor porque era muy inteligente. Lo que pasaba era que había aplicado esa inteligencia al mal. No la había utilizado para hacer nada útil. Simplemente para planificar golpes perfectos que nunca llegaban. El último golpe que dio fue grande. En el sentido más general de la palabra. Grande. Un secuestro a un empresario más o menos famoso italiano. Secuestro con todas las de la ley, ¿eh? Su planificación anticipada, su escapada, su zulo, su pedida de rescate, sus fotos a diario con el periódico de cada día para certificar que el secuestrado seguía con vida… cosas así. Un campeón. Un golpe perfecto. El secuestrado no le dio guerra ninguna en los dos meses que estuvo con Maurizio. Y no lo hizo porque estaba muerto. Lo mató el mismo día en que lo secuestro. Dice que no le aguantaba su llantera. Que le daba dolor de cabeza. Que no podía dormir. Pero lo mató con mucho arte. Con mucho ingenio. Con mucho humor. Con mucha inteligencia. Aplicada al mal, claro.

Decidió matarlo de un tiro. Una cosa rápida. Una cosa que no se notara mucho. Que no dejara mucha huella. Un tiro a bocajarro. Hasta aquí nada de inteligente. Claro, Maurizio pensó que, como el secuestro ya estaba hecho, lo menos que podía hacer era tratar de cobrar el rescate, así que decidió llevar a cabo un plan casi perfecto. Crímenes perfectos. Lo explicaba así, como si estuviera dando un briconsejo, mientras te daba para que leyeras los recortes de prensa viejísimos que hablaban de él.

1.- Desnudó al secuestrado.
2.- Le dio un tiro en el pecho.
3.- Le tapó la herida. Bien vendada.
4.- Cortó al exsecuestrado, ahora muerto, por la mitad.
5.- Metió el tronco superior del muerto en un frigorífico. Puso especial interés en que quedara con los ojos abiertos.
6.- Se deshizo del tronco inferior.
7.- Cada día sacaba al muerto del frigorífico, le ponía un periódico del día en las manos, le ponía los labios en forma de sonrisa y le echaba una foto. Cada día.

Así podía seguir pidiendo el rescate a pesar de que el muerto estaba vivo. Y si le pedían pruebas de que el empresario estaba vivo, tan fácil como ponerle el periódico del día y echarle la fotito. Sin necesidad de decirle gilipolleces del tipo “mira al pajarito” o “di patata, subnormal”.

Me diréis que estoy loco, pero el plan es bueno. Menos gastos no se pueden tener en un secuestro, ¿eh? Para qué gastarte dinero en dar de comer a un hombre al que no conoces de nada, si lo puedes matar y quedarte con todo el rescate, íntegro…
Por todo este carrusel de malas ideas y de lamas artes, Maurizio estaba en cárcel. No era para menos. E iba a estarlo toda su vida. No era para menos tampoco.
Ahora dedicaba sus días a dibujar, pintar y hacer manualidades varias. Fue él quien hizo los dibujos que pusimos en las velas de los barcos que hicimos. Y lo hizo sin pedir nada a cambio. Ni siquiera un mínimo rescate.

Nunca le pregunté cómo lo cogieron. No era una cosa que me interesara mucho, la verdad. No es mi intención hacerme secuestrador-carnicero-fotógrafo-cachondón a estas alturas. Lo que sí le pregunté es desde cuándo llevaba ese bigotito. Vamos, si llevaba ese bigote cuando dio este golpe. Me dijo que sí. Yo me reía. Simplemente le dije: “ Bueno, al menos sabemos que si este hombre te vio la cara antes de que lo mataras, murió con una sonrisa en los labios”. No le hizo gracia. A mi sí.

>Atraco

>Flípalo, Eustaquio. He salido de mi hotel a mediodía porque había quedado para comer con un amigo mío y me han intentado robar. Me han intentado atracar a punta de navaja. A mi. En el centro de Roma. Y me he reído. Y el chaval se ha puesto nervioso.
Un chico joven, de unos 20 años. De rasgos sudamericanos. Y me ha dicho en italiano algo así como “dame lo que llevas encima o te rajo”.

Y me he reído.

“Vamos, no me jodas, picha”. Así, en español le he respondido. Y me reía.

Su cara era un poema. No sabía si salir corriendo, si clavarme el cuchillo, o si echarse a llorar. “Tranquilo, quillo, que las navajas de Albacete también las afila el diablo. No me vayas a pinchar por error y te metas en un follón”

Y él seguía “Ah, hablas español, dame el portafolio, todo”

“No llevo. Voy ligero de peso desde que he salido de Regina Coeli”

El amigo con el que había quedado, exdetenido, claro, ya venía andando a paso ligero hacia él, mientras yo le decía con la cabeza que no, que no se tenía que preocupar.
El atracador, muy nervioso y con más pena que gloria, me ha soltado un “te rajo” muy poco convincente. Muy poco convincente. Pero más vale no hacerse el héroe, que nunca se sabe. Tibi ha llegado a tiempo para quitarle la navaja de la mano y para darle un par de mamporros, si yo no lo hubiera evitado.

“Tranquilo, que no te va a pasar nada. Anda, vamos a hablar, que creo que te hace falta.”

Y nos hemos metido en una cafetería en la que estoy muy bien mirado. Cosas de ir a diario. Y entre Martinis a 10 eurazos cada uno y paninis hemos estado hablando, Tibi y yo, con este muchacho. Con Jesús.

Es peruano. Tiene 20 años. Lleva un año en Roma. Tiene una hija en Lima, con su mujer que también vive allí. Quiere traerse a su familia a Italia, pero no encuentra la forma de hacerlo. Habla un buen italiano. Su abuelo era de aquí y se preocupó porque aprendiera el idioma.

Tibi y yo le hemos puesto al día de nuestras experiencias en la cárcel. Hemos estado hablando con él. No se creía que yo, con mi chaqueta y todo, hubiera estado en la cárcel. No se creía que yo, con mi chaqueta y todo decidí sobre el futuro de algunas personas de la sección. No lo creía hasta que Tibi se lo confirmó. Hasta que le enseñé la cicatriz de la quemadura en la palma de la mano derecha. Hasta que le dijimos la sección, las fechas en la que habíamos estado en cárcel, las personas que allí estaban. Entonces sí. Se ha dado cuenta de que estábamos hablando en serio. Y los camareros nos miraban. Alguno de los que escuchaban se reían. Me conocen y lo saben.

Y Jesús se ha planteado su futuro como atracador. Sobre todo cuando le hemos dicho que no intimida a nadie, ni a mi. Que es demasiado cutre. Tibi le ha dicho que no es profesional. Literal. Y yo me reía. No me quedaba otra. Hemos contado historias de atracadores de verdad, a los que no les temblaba el pulso si tenían que clavarte el cuchillo. Le hemos hablado de Chacalón, de Rami, de Albano, del nazi de la 32. De nosotros. De nuestro día a día en la cárcel.

Se ha mostrado partidario de dejar la calle. De no hacer más huevadas. Pero tiene la mala costumbre de comer tres veces al día.

A partir del lunes trabajará en mi cafetería favorita. Después de la publicidad que le hago y del pastizal que me dejo mensualmente allí no podía ser de otra forma. Posiblemente alguno de vosotros lo lleguéis a conocer. Trabajará en una cafetería muy visitada por turistas españoles, en la que os cobran 7 euros por un cappuccino. A mi solo 2. Es lo que tiene ser parroquiano. Y Jesús estará allí, trabajando, a partir del lunes.

El martes será la última vez que pase por esa cafetería. El martes será el día que deje Roma. De forma definitiva. Pero eso él no lo sabe. Y el gerente tampoco. Solo espero que le vaya bien. Que tenga mucha suerte. Que Jesús no olvide las historias reales que le hemos contado. Que no se vuelva a hacer el valentón en la calle. Que no se le ocurra volver a atracar a nadie. Es carne de cañón. Y he visto a personas más duras que él llorar en la cárcel. Pedir clemencia Pedir perdón. Y que no se le concediera.

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