Menagerie Intime

Archivar para el mes “octubre, 2010”

>Las noches de los transferimientos

>Regina Coeli no era una cárcel penal. Los presos estábamos allí de forma temporal. Es una prisión de paso. Si tu proceso se tiene que hacer en Roma, estás en Regina Coeli hasta el mismo, hasta que te llegue la sentencia definitiva. Cuando eso sucede, pasas a estar en la lista de transferimientos. De cambios de cárcel.
Existe la creencia de que los mismos guardias de cada sección hacen la lista de transferimientos semanales. La verdad es que la lista viene de la Procura y que, si bien se puede modificar un poco, el número de personas a transferir no puede cambiar. Así, por ejemplo, Popeye me comentaba que si una persona no recibe visitas familiares, si no tiene dinero para comprar nada en la cárcel o si su comportamiento no es bueno, los guardias se encargan de añadir su nombre a la lista mientas quitan el de otra persona.

Había dos tipos de transferimientos. Más que dos tipos, dos horarios. O te avisaban a media mañana o te avisaban de madrugada. Cuando llamaban por la mañana, quería decir que no te iban a enviar muy lejos. Alguna cárcel situada cerca de Roma. Un trayecto que se puede hacer en una dos horas de viaje en coche. Si te llamaban de madrugada, era muy mala señal. Te ibas a freír espárragos. Lejos lejos. O a Calabria, o a Sicilia, o a Puglia, o a Milano. Todos esos sitios con cárceles viejas, con mala fama. No sólo por el edificio en sí, sino también por las personas allí encerradas. Una cárcel penal debe de ser un acojone!

Recuerdo a hombres grandes como carros llorando como nenazas. Menos mal que Pérez-Reverte no los vio 😉 Con miedo. Los recuerdo a todos porque antes de que los transferimientos se hicieran, yo ya los conocía. Popeye. Así me daba tiempo de despedirme de mis compañeros y amigos. Recuerdo cómo lloraban Torre, Okeke, Piero, Giorgio, Claudio, Marco, Toni, Bruno, Ivano, Leonardo, Luigi… Como magdalenas. Y nosotros tratábamos de darles ánimos con poca convicción.

El miedo por el posible transferimiento se transformaba en nerviosismo ante lo desconocido, una vez que se confirmaba el movimiento. Después, mediante carta, me han llegado noticias de todos y cada uno de ellos. Todos afirmaban que en Regina Coeli habían estado muy bien. Mucho mejor que en las cárceles en las que estuvieron después.

Del único que no me pude despedir fue de Baba. Se lo llevaron una madrugada a Enna (Sicilia) sin avisar. Fue una decisión de última hora. Cuando a la mañana siguiente lo busqué y no lo vi recoger el desayuno sabía que algo raro había pasado. Una semana después me envió una carta con su dirección y con detalles de su cárcel.
Seguí buscando a Baba cada día mientras estuve allí. Me faltaba mucho. Le cogí mucho cariño. Espero, de verdad, poder verlo pronto.

Mañana van a transferir a Rolando a Lecce. Espero que allí la vida le vaya bien. Aunque, a buen seguro, no lo va a tener fácil.

>Transferimiento

>Me acaba de enviar Popeye un mensaje para decirme que mañana transferirán a Rolando. Se lo van a llevar a otra cárcel. Explicaré con más detenimiento mañana en qué consistían estos cambios.

Ahora sólo puedo decir que estoy preocupado por Rolando. Espero que se cuide bien hasta que empiece a tener confianza con sus nuevos compañeros.

Lo van a mandar a Lecce. A tomar por culo de Roma.

>A ver si sigues jugando con la pelotita ahora…

>Tenía varios amigos que vivían en la celda número 38. Personas a las que respetaba por su edad, por su tranquilidad y por el tipo de delito que habían cometido.

Torre. Un milanés que estaba por blanqueo de capital. Delito de cuello blanco. Un tipo curioso al que le gustaba, sobre todo, jugar a ajedrez para demostrar lo bueno que era. Había pagado a su abogado 20000 euros para que lo sacara. El abogado sólo vino a verle una vez después de cobrar. Desde entonces había desaparecido y él tenía la esperanza de que estaría trabajando en el caso. Muchas veces, de coña, nosotros gritábamos desde el ventanuco de la puerta “Torre, avvocatto!” para echarnos unas risas con él. Un día respondió en español. “Cabrones”. Fue lo único que dijo medio riéndose medio llorando.

Massa. Otro milanés. De 60 años. Por timar al Estado. Delito de cuello blanco también este. Hablábamos de cómo hacía los timos. Un crack. ¡Cómo le sacaba dinero al Gobierno Italiano! Muy italiano. Yo lo respetaba por su edad. Lo llamaba “tío”. Zio. Por el respeto que le tenía y por la edad.

Claudio C. Napolitano. Un tipo bastante raro. Estaba porque le habían parado por un accidente de tráfico sin consecuencias graves, pero al registrarle le encontraron 20 gr de coca –no en botella, sino en sobre- . Su trabajo normal era hacer timos. Éste no los hacía al Estado, sino a empresas privadas. Estoy seguro que entre Massa y él se crearon una serie de sinergias que harán las delicias de los timados. Claudio C. (lo de C es por su apellido. Había otro Claudio del que otro día hablaré, Claudio B) salió libre sin cargos. Su abogado demostró que el polvo que llevaba era para consumo propio.

Había un par de personas más en la celda 38, pero no tenía una gran relación con ellos. De hecho, y haciendo memoria, hoy me doy cuenta de que casi no crucé palabra alguna con ellos.

Cuando Claudio C. salió, les metieron a un chaval napolitano. Una persona de esas que no muestra respeto por nada ni por nadie. Un chaval carne de cañón. Iba a hacer demasiadas galeras en su vida. Eso se comprendía sólo al mirarle. Un buscador de follones y de peleas que piensa que se puede vivir en grupo haciendo tu santa voluntad. Tuvo suerte de caer en nuestra sección. Tuvo suerte porque ninguno le explicaría las reglas mejor que nosotros.

Se ve que le gustaba el fútbol, porque no respetaba la hora de caminada, sino que se ponía a dar pelotazos a diestro y siniestro, sin importarle que los demás estuviéramos andando o corriendo en el patio. El día que le dio un pelotazo a Dibhi, un tunecino con el que yo bajaba al patio cada mañana (menos los martes), se ganó su castigo. A pulso. Porque en lugar de pedirle disculpas se jactaba de haberle dado. Estaba recién llegado y no sabía nada todavía.

El caso es que al hablar con sus compañeros de celda, con Massa y con Torre me dijeron que no lo aguantaban. Que llevaba con ellos desde la tarde anterior y que desde entonces los tenía amenazados a todos en la celda. Que escupía en el suelo, que se paseaba desnudo por la celda, que ponía el canal de la tele que él quería y hasta la hora que él quería.

Es un líquido blanco que se vende en tetrabrick y en la etiqueta tiene la foto de una vaca. Sí. Estaba claro. La había buscado y la iba a encontrar.

Cipria, Okeke, Ekezie, Ivano, Fabio y Marco hicieron lo que tenían que hacer. De nuevo siguieron las instrucciones de Albano. Un lunes yo les pedí a Torre, Massa y Claudio C que estuvieran listos para salir de su celda al día siguiente a las 9 en punto, que iríamos a la Biblioteca Central más temprano. Era muy importante que salieran de su celda en cuanto abrieran las puertas. No era recomendable ver lo que iba a pasar en su celda. El comando de rápida intervención hizo lo que se había planeado. Llegaron a la celda 38 a primera hora de la mañana, con las puertas recién abiertas. Sacaron al napolitano de la cama. La bolsa de basura cubriendo la cabeza no podía faltar. También la bomboleta de gas otra vez cumpliendo funciones de anestesia. No queríamos que los gritos se escucharan en la planta baja. Esto se hizo para garantizar el puesto de trabajo a Popeye. De buena gana se lo hubiéramos hecho sin anestesia. El caso es que con secos golpes le partieron una pierna. Y también la otra. Cuando Popeye bajó a la planta baja, lo sacaron de su celda y lo dejaron desnudo en la puerta. Con las piernas rotas.

Durante los días siguientes, y mientras la Brigadiera de la sección preguntaba sobre lo sucedido, nadie supo responder con certeza a sus preguntas. Estaba claro que en cárcel un infame lo pasaba mal mal. Días más tarde lo pude comprobar con mis ojos. Y es que si no eres capaz de solucionar tus asuntos en la cárcel como un hombre mejor que te suicides. Así, al menos, haces un favor al resto de presos.

>Tibi

>Ya conté que una de las personas que más me ayudaron cuando llegué a la sección tercera fue Tibi. Estaba en la celda que me fue asignada. En la celda en la que estuve hasta que cambié a la 35, con Rami y Rolando. Era a celda 30.

Tibi es un chaval joven, algo gordito, obsesionado con adelgazar un poco para que su novia Erika lo vea guapo. Era el tipo de presos tranquilos que se tomaban fotos para enviárselas a su amada. Con camiseta y cara de formal. Además, fue el primero en saludar en español. “Buenos días, Spagna” decía. Así me llamaba. Spagna.

Estaba en cárcel por haber robado en un bingo. Él solito anulaba la alarma, reventaba las máquinas de juego y se iba con todo el botín en monedas. La noche en que lo pillaron, llevaba dos mochilas llenas de monedas de euro. Unos 40000 según los carabinieri en la declaración que hicieron tras su detención. Un puntazo. Nos reíamos diciendo que si hubiera buscado la forma de robar ese dinero en billetes de 500 hubiera, por lo menos, intentado escapar.

A los pocos días de cambiar yo de celda, también él se mudó. Cambió a la 37. Por lo que se ve tuvo algún problema con Barone y no quería que la cosa llegara a más. Según me decía, el cambio fue para peor. En su nueva celda había un chico rumano, llamado Anton, que se dedicaba a pedir dinero a la gente. “Si no me da tu familia 10000 euros, me encargo de que te denuncien por algo hecho antes de tu detención y vas a estar aquí más tiempo”. Tibi estaba a punto de acabar la pena. Al día siguiente de esta amenaza, y cuando le vi su cara, supe que algo no andaba bien. A duras penas me contó lo que le pasaba. Me contó que estaba acojonado. Que no sabía qué hacer. Que iba a mandar una carta pidiendo a su familia que pagara. Que él no quería estar en cárcel ni un día más del que le correspondía. Le dije, simplemente “Pienso yo en esto. Tú sólo dime el nombre y apellido de este tipo”.
Cuatro días después, y gracias a la ayuda de Rami y Popeye, Anton recibió una carta. Al abrirla el guardia para comprobar su contenido (este procedimiento de control se hacía a diario con todas las cartas que entraban a la cárcel), pudo ver que el sobre, aparte de una bella carta de amor escrita en rumano contenía un sobrecito con un polvo blanco. 3 gramos de cocaína.

Hoy voy a desayunar con Tibi. Le voy a invitar a un buen café. En el café El Greco. El de más historia en Roma. Hay lujos que unos sólo se puede permitir fuera de la cárcel. Posiblemente el café que me tome hoy no me sabrá tan bien como me sabía el que preparaba Tibi, mientras me enseñaba a sacarle la crema.

Ah!! La recepción de esta carta llevó consigo, de forma inmediata, el traslado a isolamiento de Anton y una pena de dos años más de cárcel. Y le llegó de forma automática. Como las máquinas que Tibi reventaba.

>Libre

>La verdad ha vencido sobre la mentira. La coherencia sobre la locura.

Me acaban de poner en libertad. Sin cargos. Soy inocente. Ahora lo puedo demostrar con papeles.

No obstante, me quedaré aquí, en Roma, hasta finales de la semana que viene. De forma voluntaria he pedido tener un interrogatorio con la fiscal que me ha tenido encarcelado sin aportar motivos durante cuatro meses y medio.

Eso sí, esperaré ese día en un hotel. De cinco estrellas.

Ya os seguiré contando.

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